Gabo

Uno no sabe cómo, pero de repente quedas envuelto por el torbellino de sus palabras. Sin darte cuenta, ya andas por la página 15 o 20, metido en la vida de los personajes. Así me pasa cuando empiezo a leer (una y otra vez) Cien años de soledad, arrastrado por el embrujo de Melquiades o esa inocencia adánica de José Arcadio Buendía, hasta que llego a las mariposas amarillas, y las enfermedades del insomnio, y a la barbarie del asesinato por cortesía de los gringos.

Llámenlo como quieran. Ahora mismo no lo entiendo. Pocos autores tienen esa capacidad de hechizar. Como una sirena, como un flautista de Hamelin, que te lleva por donde quiere, que no te suelta.

Sus líneas son como hojas de coca: las masticas y te permiten seguir adelante. Dejas de sentir fatiga o hambre. No te suelta. Y cuando por algún azar lo dejas, inmediatamente tienes la necesidad de volver a él. Es magnético, seductor, fascinante. O más: desborda los adjetivos.


Además es profundamente tóxico: si tratas de escribir lo que sea, inmediatamente después de leerlo, su sombra te persigue. Sus palabras resuenan dentro de las tuyas. Te carcome. Y te frustra, porque tú no quieres sonar como él. Pero esa voz te acaba por devorar, por lo que es mejor dejar que se apacigüe su resplandor.

Algunos, zorrunamente, se echaron a sus brazos y se aprovecharon de esa estela que abrió Gabriel García Márquez, lo que llaman realismo mágico. Ejemplos sobran: están como agua para chocolate o habitan casas de los espíritus. Es vivir como enano a hombros de gigante. Hay también los que supieron asimilarlo, como lo demuestran ciertos tramos de Süskind o de Ishmael Reed o de muchos otros que entendieron la raíz del laberinto.

(A final de cuentas, lo que ahí late es el abigarramiento de nuestra cultura: tan barroca, tan dada al exceso, a la exageración, a lo desmesurado. Crónica de lo imposible.)

Cierto, es imposible no sentirse maravillado. Despierta esa feroz envidia. Hace que uno se devane los sesos para tratar de entender cómo lo hizo, a qué magia recurrió para hacer que las palabras quedaran acomodadas de esa manera, para decir lo que dicen.

Lo estudias, lo tratas de reducir a una fórmula. Y todo lo descuadra: es inasible, como todo genio, aunque suene barato lo que acabo de escribir.

Ahora que ya no estará. nos queda lo que queda de todo gran escritor: su obra (y otra vez pido perdón por este lugarzazo común). Habrá quienes no hayan caído rendidos a sus pies, aunque no dudo que todos, absolutamente todos, se han llevado un trozo de sus palabras, sobre todo el portentoso inicio de Cien años de soledad, ese tramo que le leí a Ximena una mañana de sábado, tratando de transmitirle el secreto gozo que germina en esas palabras: “Muchos años después…”. Espero haberlo logrado.

Hasta siempre, Gabo. Vamos a extrañar la luz de tu risa.