Equilibrio subóptimo

El fin de las ideologías, el fin de los partidos y la crisis de la democracia mexicana está hoy en la cabeza de los intelectuales, en la voz de la opinocracia y en las redes sociales. Todo esto pudiera ser una broma de mal gusto si no supiéramos los mexicanos que siempre termina en desdicha. Nuestra historia política reciente nos lo ha demostrado cada sexenio.

La realidad política del país de cara a las próximas elecciones son muchas crisis, profundas crisis agolpadas y, ahora, –o menos que antes– no hay discursos, argumentos, ideas, proyectos ni interés en resolverlas.

Las nuevas generaciones de políticos resultaron ser muy pragmáticos y ágiles para acelerar la supuesta descomposición de las ideologías, los partidos y la representación. Ahora, estos jóvenes políticos buscan a las veteranas generaciones para que les ayuden a enmendar lo segado y, al final del día, no pasa nada, ni se acaban los partidos, ni muere la ideología, ni sucumbe la representación y tampoco fenece nuestra democracia.No fenece porque esté sana, no se acaban los partidos porque sean robustos en representación, no muere la ideología porque esté arraigada en cada uno de los políticos y la defiendan como principio o estatuto, esto no sucede, simplemente, porque nada de ello existe como tal –según nos dicen–, lo que no nos dicen es que sí existe un “equilibrio subóptimo” –como lo llamó John Nash– o momento en el que nadie se mueve. Esta situación se asemeja a una política como farsa oligárquica.


El “equilibrio subóptimo” es el resultado de una suma de conductas individuales, se define como el momento que a nadie le conviene implementar una estrategia, porque al implementarla, puede perder sus privilegios o statu quo. Privilegios y status quo son elementos vitales para el “equilibrio subóptimo”.

El “equilibrio subóptimo” es el estadío donde los actores deciden mejor cooperar que no cooperar, estar dentro que estar fuera, inmovilizarse antes que movilizarse.

Este “equilibrio subóptimo” es una de las explicaciones de la realidad política de cara a las elecciones, es la sinfonía de este baile de impudor, de atroz burla y un evidente desprecio por el ciudadano manifestado día a día por los políticos en campaña y precampaña. Políticos aparentemente “desideologizados”, “pluripartidistas”, “antipopulistas”, pragmáticos y profundamente comprometidos con el “pueblo”.

Cada vez es más evidente que la mayoría de los candidatos o precandidatos actúa bajo un esquema de limpieza personal, han renunciado a sus partidos, a sus principios, ideologías y estatutos para no tener ataduras y servir mejor al “pueblo”.

Claramente podemos observar que esta acción responde al interés de estar dentro, ser parte, tomar decisiones o ratificar dentro del “equilibrio subóptimo”.

Nos han hecho ver como algo natural que los políticos se pasen de un partido a otro, a otro, a otro, ocupen puestos públicos o de elección popular de manera diferenciada: con la camisa roja, amarilla, azul, verde. Después regresan al color rojo, y así sucesivamente siguen adelante con sus carreras políticas. Eso no quiere decir que no tengan partido, que no tengan ideología, que no se guíen por estatutos, es, simplemente, que éstos pueden hacerlo como dormir en otro cuarto, cambiar de baño o caminar de la cochera al patio trasero de la casa, sin ningún conflicto y sin molestar a otro de los moradores.

Los políticos en campaña no realizan una jerarquización de alternativas, de proyectos a corto, mediano y largo plazo, el ordenamiento de sus prioridades está puesto en la maximización de su utilidad, de la ganancia propia. Ser parte, como ya se dijo, del “equilibrio subóptimo”.

La existencia de opciones políticas “marginales” y golpeadas mediáticamente pero que mantienen una ideología, estatutos, programas y una plataforma partidista abierta y, sobre todo, alejada del “equilibrio subóptimo”, que deciden no cooperar y se movilizan aun cuando a nadie le conviene moverse es una promesa para el real triunfo democrático, mantiene viva la esperanza de retomar las ideologías, reformar los partidos y demostrar que no hay ninguna crisis democrática en México.

Todo esto pudiera ser una broma de mal gusto si no supiéramos los mexicanos que siempre termina en desdicha, nuestra experiencia electoral de los últimos años nos ha demostrado que no pasa nada, que ni se acaban los partidos, ni muere la ideología, ni sucumbe la representación y tampoco fenece la democracia, sino que simple, y llanamente, persiste un “equilibro subóptimo” que convierte la política en una farsa oligárquica.