En la Meade

El candidato a la Presidencia de la República del PRI y su alianza es un híbrido, lo reviste un cromatismo especial: puede ser considerado un tecnócrata, político e incluso, para muchos, un intelectual. Es un actor que siempre ha dado buena cara, claros resultados y positivas cuentas a sus superiores. Ha sabido ser buen amigo, callar, soportar, ser discreto y, sobre todo, obedecer.

Estas cualidades podrían ser fáciles de detectar en un priista convencido, añejo, pero este candidato no es, o no emergió de ninguna facción priista, emergió de servir a los múltiples núcleos de poder emanados del pluripartidismo fusionado. Él es el resultado de la consolidación de la democracia, consecuencia de una carrera no política que trabaja para la política, de un sujeto que sin estar afiliado a ningún partido ofrece sus servicios profesionales a éstos ganando así su confianza.

En la práctica, Meade resultó ser –o intenta ser– más priista que algunos viejos priistas, o a la inversa, el éxito del PRI ahora parece radicar en que públicamente no se debe parecer priista.


Es sintomático que Meade recurra de manera tímida a actos de precampaña –ya deja ver en dichos actos cómo será su campaña política– colmada de rituales priistas del siglo pasado, actos que describió muy bien Arturo Rodríguez: “concentraciones masivas, silbatos de ferrocarrileros, matracas y sonoros vítores, mientras en las bocinas sonaban los acordes de “Jesusita en Chihuahua”.

La precampaña de Meade no se alejó de la cultura política partidista y del ritual prototípico del PRI, más es notorio que la ciudadanía ha modificado su cultura política lentamente, cada vez es más difícil para los políticos cautivar a las masas, la sociedad ha encontrado nuevas formas organizativas a través de la sociedad civil, organizaciones no gubernamentales, comités vecinales, barriales, foros, etc. Ha encontrado nuevos canales informativos y comunicativos, alternos o autónomos a los convencionales. La sociedad está hoy más activa, ha madurado sus formas de expresión y organización; además, los jóvenes enfocan desde otro ángulo el ejercicio de la política, brújulas necesitan los políticos para trazar esa geometría.

Meade, durante la precampaña, centró su ataque en Ricardo Anaya, fue su adversario principal, durante la campaña electoral seguirá con esta estrategia para ascender al segundo lugar de las preferencias o para captar el voto del panista duro. Seguirá enarbolando la erradicación de la corrupción, ya que es uno de los grandes males que aquejan al país, sin tocar a fondo el tema de la reforma energética, los precios de la gasolina, la luz, etc., así como los desfalcos de las instituciones estatales durante su gestión en la Secretaría de Hacienda, la inseguridad pública, el desempleo, la pobreza, el narcotráfico, las desapariciones forzadas y la impunidad.

Poca credibilidad tendrá su campaña si no guarda distancia de este fracasado sexenio priista y si, además, no deja esa posición falsa de tecnócrata vestido de político progresista con tintes populares.

A Meade se le encomendó la titánica tarea de rescatar al PRI, limpiar la imagen de un partido que durante 89 años ha sido una pesadilla para mucha de la población mexicana: devaluaciones, catástrofes económicas, saqueo, encarecimiento, enriquecimiento ilícito, casa blancas, corrupción, impunidad, desaparición forzada, fosas, genocidios, depuraciones de rivales políticos, delitos de lesa humanidad, feminicidios, pobreza, narcotráfico, gobernadores ligados al narco, desfalcos estatales, censura de medios, muerte de periodistas, etc.

¿Qué podrá hacer Meade en la campaña electoral? Seguro seguirá el modelo ritual del priismo más añejo como campaña, y en el juego político, ese desde abajo, en la invisibilidad, apostará por convencer y concentrar la musculatura del PRI nacional, la cual se percibe fragmentada, apostará por captar el voto silencioso del panismo más mustio, apostará por la famosa cargada, apostará por la aceitada maquinaria del Estado de México y algunos estados priistas, captará el voto a través del dispendio, uniformará a los medios de comunicación para desplegar su agenda política, atacará a Obrador con furia, habrá algo que pueda herir la reputación del tabasqueño después de tantos cañonazos.

Meade tiene una situación difícil como candidato del PRI, el comienzo de las campañas será su prueba de fuego, un mes tendrá para revertir su propia imagen, convertirse en candidato presidencial, gritará como lo hizo Calderón, será jocoso como lo fue Fox, tendrá el apoyo irrestricto de los grupos priistas como lo tuvo Peña, logrará convencer a los panistas al golpetear a Anaya, dejará a Obrador pasearse con el sobrado poder y la certeza que da el estar arriba de las preferencias electorales o terminará siendo la candidatura de Meade una candidatura fallida como fue la de la Labastida.

Lo que haga Meade o deje de hacer no eximirá que estaremos asistiendo a las elecciones más costosas de la historia “democrática” de este país, tal y como fueron las pasadas elecciones en el Estado de México.

Eso, independientemente de los resultados, es lo más lamentable.