Ellos y nosotros

Las elecciones federales son muy diferentes a las locales. La elección del presidente adquiere visos más mediáticos, más de producto para televisión. Los candidatos se convierten en marcas que se promueven en spots, programas de entrevistas y en actos multitudinarios.

Las elecciones locales son más a la vieja usanza, más a la vieja escuela de pequeñas reuniones, más regalos en mano, más consejos de los vecinos, más compra de votos, más comidas en los barrios y reparto de despensas. Estas elecciones las protagonizan gente cercana a uno: el vecino, el tío, la familia que no has visto en meses, pero que de un día para otro te presenta al candidato que resulta ser su jefe, un amigo de la infancia, el señor que maneja el transporte público y que de improviso lo encuentras metamorfoseado en candidato a diputado local, al cabildo de tu municipio o como principal “achichincle” del candidato a gobernador.

Este tipo de elección remueve heridas y crea nuevas. Todos encuentran plausible que un conocido, amigo o pariente llegue al poder y todos, por esa misma razón, enloquecen. Las elecciones en Tlaxcala parecen ser un periodo de gracia en el que se permite al amigo –por lo regular ecuánime– volverse un desgraciado, al conocido amable en un promotor del voto amenazador e insistente, al intelectual de izquierda en un chupador de recursos estatales sin ningún tipo de pudor.


Lo cual me lleva a pensar que esas afirmaciones en las que la gente bien pensante grita: ¡Todos son unos rateros! ¡Todos los políticos son iguales! Deberían de cambiarse por unas más reales: ¡Todos nosotros podemos también ser unos rateros! ¡Todos los políticos son iguales a nosotros!

La idea romántica del “Pueblo bueno”, diría el ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, es una falacia, es sólo una mentira para tranquilizar nuestra conciencia. Esos políticos son el reflejo de lo que somos nosotros. Y sí no, volteémonos a ver.




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