ELECCIONES DE LO ABSURDO

Las elecciones han sido convertidas en un teatro del absurdo. Los partidos y la clase política no logran avanzar en la construcción de una cultura democrática diferente a la vivida por tantos años de partido único.

En lugar de evolucionar, los procesos electorales retroceden. Las viejas prácticas de control y manipuleo de los electores no desaparecen, ya que las reviven con el cinismo de que todos los partidos no sólo las impulsan, sino las presumen.

La distancia entre los organismos de representación popular y la ciudadanía cada vez es más frágil. De cada 10 electores solamente cinco asisten a ejercer su derecho al sufragio, lo que significa que los ganadores son representantes de minoría.


Ninguno de los candidatos o partidos políticos ha logrado aprender a respetar los resultados. El que pierde busca culpables y lo más socorrido es culpar al gobierno que esté en el Poder Ejecutivo, sobre todo si es del Partido Revolucionario Institucional.

Los perdedores siempre declaran que el resultado es producto de una elección de Estado o de la operación política de un gobierno determinado, cuando todos, sin excepción, hacen uso de la compra de votos, de la coacción y del uso de padrones de programas públicos.

Es común que cuando triunfan lo consideren producto del trabajo, del proyecto, de la identificación con la ciudadanía, de la honestidad política y de la transparencia y rendición de cuentas, es decir, de una actuación pública pura y limpia.

Esta visión maniquea tiene que encontrar un culpable y los enemigos más simbólicos resultan ser los gobiernos federal y estatal, aunque en Tlaxcala si de algo puede acusarse a la administración local es de su indiferencia.

La clase política debería hacer una reflexión crítica del resultado de la elección 2013 y plantearse una nueva relación con la sociedad, si no quiere que las opciones del electorado sean el candigato Morris, Titan el Can, o el burro Chon.




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