El retorno de las brujas

María de Lourdes Alvarado refiere en Mujeres y Educación Superior en el México del Siglo XIX que “hacia mediados de los ochenta del siglo pasado, se presentó un hecho significativo en el ámbito cultural del país. Los días 24 y 25 de agosto de 1887 tuvo lugar en la Escuela Nacional de Medicina el examen profesional de Matilde Montoya, quien tras enfrentar toda clase de obstáculos, logró concluir los estudios superiores y responder con “entereza, sangre fría y aplomo” a las preguntas de los sinodales. El hecho revestía particular importancia, pues rompía una barrera de siglos y contribuía a modificar las representaciones de género tradicionales. No casualmente la escritora Laureana Wright describía a la médica como una auténtica heroína, quien “a fuerza de constancia había logrado vencer a la envidia y dominar a la ciencia”, mientras otra prestigiada autora –Concepción Gimeno de Flaquer– la definía como libertadora de su género y conquistadora del progreso”.

En Títulos y grados académicos otorgados por la Universidad Autónoma de Tlaxcala 19772000  (Tlaxcala, 2001), Raúl Jiménez Guillén destaca que a pesar de que la matrícula de la Universidad Autónoma de Tlaxcala es mayoritariamente masculina, se produce un comportamiento inversamente proporcional a favor de las mujeres, son más las mujeres que se titulan. Al comparar los registros institucionales encuentra que en el periodo 77–80 se habían entregado mil 256 títulos, éstos correspondían en un 42 por ciento a mujeres y un 58 por ciento a hombres. En la siguiente década (81–85) los títulos entregados fueron 2 mil 26 y las mujeres pasan del 41 al 46 por ciento, en tanto los hombres disminuyen del 58 al 54 por ciento, hasta llegar a la década 96–2000 en el que se entregan 2 mil 931 títulos y de estos las mujeres habían pasado del 42 al 58 por ciento, en tanto que los hombres habían descendido del 58 al 42 por ciento.

Podría señalarse que esta generalidad no se registra en todas las profesiones, efectivamente tendrían razón, sin embargo es innegable, en primer lugar que cada día son más las mujeres que se incorporan a las Instituciones de Educación Superior y segundo que lo hacen en profesiones que hasta hace poco años eran territorio exclusivo de los hombres, sin disminuir su presencia en las consideradas profesiones femeninas, lo que refleja de forma clara la feminización de la educación superior, cuando menos es el caso de Tlaxcala y valga un ejemplo, la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UATx).


Tomando como base los números de la matrícula de grado que significa el 96 por ciento del total de la población que cursa estudios en la UATx, ya que la población de posgrado apenas si alcanza el 4 por ciento, es decir no más de 500 personas de una población total de aproximadamente 13 mil estudiantes, encontramos que el 59 por ciento de la matrícula está integrada por mujeres (ver gráfica 1), esta mayoría no se refleja de forma homogénea en todas las divisiones del conocimiento en que se encuentra organizada la UATx.

La Universidad divide en cinco áreas del conocimiento: Ciencias Básicas, Ingeniería y Tecnología, Ciencias Biológicas, Ciencias y Humanidades, Ciencias Sociales y Administrativas, y Arte, Diseño y Arquitectura. En la División de Ciencias Básicas, Ingeniería y Tecnología se ofrecen las carreras de Ingeniería en Computación, Ingeniería Mecánica, Ingeniería Química, Matemáticas Aplicadas, Química Industrial y Sistemas Electrónicos y como podrá observarse en la gráfica 2 todavía mantiene una presencia predominantemente masculina, por cada siete hombres se encuentran tres mujeres.

En la División de Ciencias Biológicas que imparte las carreras de Biología, Ciencias Ambientales, Cirujano Dentista, Enfermería, Médico Cirujano, Medicina Veterinaria y Zootecnia, Nutrición y Química Clínica, nos encontramos que carreras que habían sido territorio de los hombres hoy son de las mujeres, de manera particular Biología y Medicina. La matrícula en esta División es mayoritariamente femenina: 64 por ciento de mujeres por 36 por ciento de hombres (ver gráfica 3).

En la División de Ciencias y Humanidades se ofrecen carreras como Antropología, Atención Integral del Adulto Mayor, Ciencias de la Educación, Ciencias de la Familia, Comunicación e Innovación Educativa, Educación Especial, Filosofía, Historia, Lengua y Literatura Hispanoamericana y Lenguas Modernas Aplicadas, ahí la población de mujeres es del doble que el de los hombres, 68 por ciento versus 32 por ciento.

En la División de Ciencias Sociales y Administrativas que ofrece las carreras de: Administración, Contaduría Pública, Ciencias Políticas y Administración Pública, Criminología, Derecho, Negocios Internacionales, Psicología, Psicoterapia, Sociología y Trabajo Social, y que representa el 50 por ciento de la matrícula total de la UATx, las mujeres son mayoría: 61 por ciento, en tanto los hombres alcanzan el 39 por ciento.

En la novísima División de Diseño, Arte y Arquitectura se imparten carreras como Arquitectura, Artes Visuales, Diseño Textil y Diseño Automotriz, y es de llamar la atención que sea espacio masculino, carreras que apenas inician como Diseño Automotriz tiene una matrícula casi total de sexo masculino.

Afirma Blázquez (El  retorno de las brujas, UNAM, 2008) que “en los textos de historia de la brujería, se sostiene que el concepto de hechicería es una idea muy antigua perteneciente a la cultura popular, a la gente del pueblo, principalmente de los centros agrícolas, que creían en el maleficio causado por hechiceras. La hechicería, la curación y la adivinación formaban parte de una magia practicada por sectores grandes de la población, y tenía un respaldo empírico. Su fin era práctico, inmediato y material: curar, enfermar; atraer la buena suerte, enemistar, enamorar. Esta era la magia llamada baja, y fue la magia perseguida. En cambio, la magia alta, que incluía la astrología, la alquimia y en un primer momento la nigromancia, era una magia culta. Tenía un fuerte respaldo teórico filosófico y eran las élites, como los clérigos y los médicos, las que las practicaban. Su fin era espiritual: el conocimiento de dios. Se la consideraba tanto una magia natural que operaba con base en propiedades ocultas, así como una magia sobrenatural que sólo apelaba a los espíritus benignos. Esta magia, que luego daría lugar a la ciencia moderna, no fue perseguida”.

Y más adelante agrega: “Si bien el conocimiento científico ha tenido efectos muy importantes sobre las mujeres, en la actualidad ha tomado forma un proceso en sentido inverso. Las consecuencias de la presencia femenina sobre las ciencias son muy difíciles de evaluar, especialmente si se considera que se trata de un fenómeno nuevo, pues la crítica feminista sobre la ciencia y la noción de género surgen apenas en el último tercio del siglo XX. No obstante, se comienzan a perfilar diversos elementos que, a pesar de su novedad, forman parte ya de los estudios filosóficos, históricos, políticos y sociales sobre la ciencia. Se trata, sin duda, de uno de los temas que ocupará un espacio importante en estas disciplinas en el siglo actual”.