El poder de abajo

Con escepticismo y hasta con burlas fue recibida la noticia de que por primera vez en la historia del país, este fin de semana, el Congreso Nacional Indígena y el EZLN habían designado a María de Jesús Patricio Martínez, indígena nahua, como vocera del Consejo Indígena de Gobierno, y futura candidata independiente a la Presidencia de la República en 2018. Para los poderes fácticos del narcoterrorismo de Estado que venimos padeciendo, este acontecimiento no deja de ser una mera “ocurrencia folclórica” de unos cuantos indios atrasados e ignorantes que no servirá sino para hacer escarnio de esas utopías indigenistas tan fuera de lugar en el contexto del capitalismo neoliberal de la acumulación a costa de lo que sea.

Sin embargo, aunque la mayoría de los medios al servicio del poder de arriba, lo callan, lo ignoran o lo denigran, detrás de este nombramiento hay una realidad vigente desde hace más de 500 años: la resistencia de los pueblos originarios al exterminio y el despojo sistemático al que han sido sometidos desde entonces, misma que se ha traducido no solo en rebeliones, sino en la construcción de realidades que demuestran la falsedad de los postulados del supuesto desarrollo capitalista.

Actualmente esa resistencia viva se concreta en la construcción de comunidades autónomas que se autogobiernan y defienden su tierra y sus recursos naturales, no en nombre de su aprovechamiento individual, sino en nombre del respeto al planeta, en nombre de un modo de vida diferente que asegure la pervivencia de la vida humana y de todos los seres vivientes. Y esto, por supuesto, mueve a risa desde la óptica de la acumulación de riquezas, planteada como único fin y objetivo de las sociedades llamadas “modernas”. El poder de arriba, el conformado por el consorcio empresarial–militar, se empeña en negar la existencia del poder real que emana desde abajo, desde la vida cotidiana de las comunidades, sean indígenas o mestizas, pero que comparten el mismo esquema de opresión y explotación que va contra la vida.


Hay que tener cuidado de no caer en la versión del poder de arriba, en el sentido de que este tipo de movimientos y resistencias son exclusivos para indígenas y excluyentes para los no indígenas; que estos movimientos buscan “privarnos” a los citadinos de las comodidades que disfrutamos; que son egoístas porque se niegan a entregar al capital, el agua, la tierra, los bosques. El llamado de los pueblos originarios es claro: se convoca a todos los que no estemos de acuerdo con este sistema, a construir otra alternativa de vida, basada en otros principios que no sean el individualismo y la codicia; no se trata de excluir a nadie, sino de construir juntos otra  realidad; y para ello, nos muestran cada día el camino: la construcción de un poder comunitario más horizontal, la defensa de la biodiversidad, la defensa de la tierra y de los recursos naturales, la negación a seguir alimentando la producción irracional de bienes superfluos a costa de la vida en el planeta, la defensa del derecho a producir y consumir alimentos sanos, a no entregar nuestra salud a la voracidad de los laboratorios, a no entregar la educación de nuestros hijos a un sistema educativo enajenante. Todo esto es lo que está en juego detrás de este gesto cargado de un simbolismo profundo que ojalá podamos percibir desde nuestra realidad, de  forma que entendamos que no se trata de una lucha de “otros”, sino de la misma lucha de todos por la vida.