El mal de Schnnier en Movie City

En el centro de la paradoja cohabitan la risa y el mal. Ella ha sido entendida históricamente como una esquirla de la cultura, aún denostada. Por su propia naturaleza, muy pocos se la toman en serio.

Stendhal pontificó que una obra cómica tiene una esperanza de vida de 50 años. Aristóteles escribió algo al respecto, como su naturaleza se lo exigió, pero los monjes consagrados a copiar sus escritos no consideraron indispensable conservar las reflexiones dedicadas a la comedia, lo que dio combustible al genio de Eco, cuya borgeana novela (una paradoja más al tigre), dio a luz al venerable Jordi, un enemigo mortal de la risa, a la que acusa de desfigurar el rostro de los hombres, haciendo que parezcan monos. Y peor aún, la señala de denigrar el espíritu y el intelecto: “La risa es signo de estulticia”, sentencia. Además, alega que quien se ríe “no cree en aquello de lo que ríe, pero tampoco lo odia. Por tanto, reírse del mal significa no estar dispuesto a combatirlo”.

Él, el mal, ha captado siempre nuestra atención. Fuerza destructora, que se contrapone al cosmos. Sinónimo del caos, del que paradójicamente emergió el mundo, se asocia con las tinieblas, la oscuridad, lo marginal. Ha sido divinizado, porque se ha comprendido su necesidad de ser, porque a final de cuentas se reconoce como un componente de nuestra naturaleza, por más esfuerzos intelectuales que hemos hecho para desterrarlo de nuestro espíritu. Ahí sigue, como una semilla oscura, esperando a germinar.


¿Pero qué ocurre cuando se hermana con la risa? Un híbrido singular, pero no contra natura. Son extraños familiares, que comparten genealogía, que se pierde en la oscuridad de nuestra conciencia.




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