El horror y el “debate”

El cuerpo abandonado en un charco de sangre tiene el rostro desollado, los ojos vaciados, arrancada su sonrisa con cortes exactos y dejando en su lugar un tieso rictus de sufrimiento. Esa fue la fotografía, en ella se guardó la más cruda expresión del dolor y crueldad. Ese fue el mensaje de los múltiples perpetradores de esa muerte y los responsables también de desaparecer, esa misma noche, a 43 jóvenes estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa. Ese fue el mensaje que nos dejaron a todos los vivos, a todos los que sobrevivimos en esta patria de los ausentes.

Esto no representó un problema para la y los candidatos a la Presidencia de la República, no es problema la permanente desaparición forzada de personas, los miles y miles de ejecutados sin verdad, sin justicia, de cientos de mujeres que han sido violadas, ultimadas y mutiladas en todo lo largo y ancho del país, todo, en completa impunidad. Estos temas fueron para la y los candidatos apenas un punto de la “agenda”, englobado en los términos de “seguridad y violencia” en el primer “debate”.

En primera instancia, el “debate” semejó una producción de excelsa falsedad, prototípica de las telenovelas de Televisa, TV Azteca o de las soberbias y populosas series de Netflix. Los cada vez más preparados “científicos del marketing” lograron construir, durante dos horas, una teatralidad del vacío.


Margarita, la mujer que se “empodera” para defender a todos y todas desde los principios de un tradicionalismo doble moral que ha acompañado al PAN desde su fundación. Un conservadurismo ultra blanqueado y blanqueador. Ahí Margarita la “independiente” que con sobrado y empalagoso histrionismo acompañado de un discursillo liberal habló de sí y para sí misma, el objetivo, convencernos que nos salvará a todos, principalmente a las mujeres ¡porque ella es mujer! ¿Cómo nos salvará? “Fortaleciendo a la policía, con más tecnología, con mayor presencia del Estado, erradicando la impunidad y, sobre todo, con valores. Los valores defenderán a la familia, sumando el deporte, la educación y la cultura. No a través de la amnistía, ella está dispuesta a “defendernos de las propuestas de Obrador”.

El Bronco fue el personaje negado, pero, no por ello, ignorado. Entró para generar un shock al mexicano promedio “ilustrado”, llegó para representar y hablar por ese otro México, el México obtuso, ese México de los machos y de los micromachitos progresistas. Habló en nombre de todos aquellos retadores, brabucones, fanfarrones con chamarra de piel en pueblo chico, vaqueros olorosos a Marlboro, ese sector que aspira a la justicia bronca, expedita. ¿Qué haría el Bronco para lograr la seguridad y erradicar la violencia? “Contratar a los mejores, no más persecución y pistolerismo, es necesario adquirir tecnología, fortalecer la policía cibernética, la centralización de la seguridad en la figura presidencial, más Ejército en las calles, militarizar las escuela–educación y mocharles las manos a los delincuentes y corruptos”.

Anaya, el veterano millennial mostró su aguda iniciativa cuando hace sus tareas escolares, pregonó ser un buen emprendedor, que sabe ponerse la camiseta y ser flexible. Anaya se mostró como el joven que logró desarrollar sus capacidades para alcanzar un óptimo desarrollo humano. Mostró sus habilidades y aptitudes cual ejecutivo trilingüe, como un esmerado trabajador que tiene hambre de protagonizar el ambiente en la oficina, un Godínez gozoso aconsejado por el coaching que le entrena para sobresalir y distinguirse.

Anaya sostuvo que para establecer la seguridad y erradicar la violencia era necesario: “una nueva estrategia de combate, por ejemplo: duplicar el número de policías, apoyarse en el Ejército mexicano hasta que haya buenos cuerpos policiales”.

Meade fue el personaje incoloro, sin textura, sin personalidad y coraje. Otro candidato cuasi ciudadano que, con seguridad, desencantó hasta a los propios miembros de los partidos que lo impulsaron. Un ciudadano que no se encuentra, que no tiene lugar de enunciación como político. Un candidato que se ve confundido, preocupado por las cuentas que tendrá que rendir a sus superiores ante su pésima decisión de aceptar la candidatura y representar lo irrepresentable. Se le percibe ofuscado por no dar los óptimos resultados que ha dado en lo que sí sabe hacer: lo económico y financiero.

Meade apenas profirió su propuesta en términos de seguridad y violencia: “más presencia policial, erradicar la impunidad, la creación de un Código Penal Único e universalizable, mantener el apoyo a la Ley de Seguridad Interior para dar certeza jurídica a las fuerzas armadas en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado”.

Obrador, el último de los mohicanos, el ex priista veterano, el político de las últimas décadas del siglo pasado, el candidato embelesado con el triunfo, enseñoreado con una banda presidencial apócrifa que le fue otorgada por el pueblo, su pueblo y que, con ella, en la maleta, ha recorrido el país por más de una década haciendo intensa campaña política.

Un candidato que espera en ésta, su tercera oportunidad, gobernar el país, para, según él, hacer otra historia. Obrador sostuvo que, para establecer la seguridad y reducir la violencia se debían de “atender las causas que generan la pobreza, dar opciones de estudio y trabajo a los jóvenes, contratar expertos en esta materia para que diseñen el qué y el cómo. Generar el crecimiento económico, el empleo, el bienestar de la población, sin ello, sostuvo, no habrá paz. Propuso también la implementación de una ley de amnistía, lo cual no es sinónimo de impunidad, nadie saldrá de la cárcel.

Como se pudo apreciar, nuestros horrores y tragedias carecieron de atención, no fueron tema en el primer “debate”. La y los candidatos mostraron que están lejos de entender a quienes gobernarán y representarán, sólo no entienden que no entienden. El primer “debate” generó un sentimiento de abandono de la clase política, evidenció la imposibilidad de tejer ilusión, de tener certezas, paz, justicia y, sobre todo, dignidad. Se avizora otro gobierno deshonroso, impropio para la dignidad del dolido pueblo mexicano. Esa dignidad que no deja de caminar, de marchar, de buscar la vida o los restos de los suyos. Que no calla, no para, no olvida a pesar de estar en completa inanición.

Hace días presenciamos, de nueva cuenta, la latencia de la infamia: tres jóvenes estudiantes que se encontraban desaparecidos en Jalisco fueron “disueltos en ácido”. El horror no se clausura con “verdades históricas”, el pasado vive en el presente, la muerte tiene permiso y la impunidad la acompaña, el horro debe ser debatido. La vileza se ensancha, sigue su curso y nadie, de los candidatos –a lo que observamos en el primer “debate”– la detendrá durante el próximo sexenio.