El empresario

Según Carlos Slim, el empresario, el magnate que ha figurado como el hombre más rico del mundo, México no debe ser Venezuela, Brasil, Ecuador, Argentina o Bolivia, eso no debe ser posible.

Ante la proliferación de las campañas políticas –no así de propuestas de los candidatos y candidata– y ante el embelesamiento de la izquierda por el virtual triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las encuestas y su polémica declaración que de ganar la elección suspenderá la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM), Slim da un manotazo: marca el inicio de las campañas y la agenda para el primer debate.

El empresario se dirige a las multitudes y exige ser escuchado, ser tomado en cuenta. ¿Es el vocero del miedo o es el vocero del poder? ¿Es la voz de la prudencia o de la advertencia? El empresario toma la palabra y nos recuerda a los mexicanos que el neoliberalismo tiene por objetivo reducir el poder al Estado, adelgazarlo, pero, contradictoriamente, solicitarle sea un Estado fuerte, activo y firme para regular los intentos de la sociedad organizada por controlar al mercado. Exige mano dura.


El empresario nos evoca aquel artículo de Fernando Escalante en el que se precisa que el neoliberalismo le demanda al Estado derecho y política. Parece que el empresario exige al Estado derechos y reglas flexibles que sólo se sujeten a observar al mercado, a acompañarlo, pero no a regularlo. Tal parece que el empresario pide política, es decir, decisiones únicamente para ejercer el poder, para que ese poder ponga orden, pero, sin limitar al mercado. Parece que el empresario predica por un Estado–gobierno de leyes flexibles, no un gobierno de hombres, como el que representaría Obrador de ganar la Presidencia de México. El gobierno de los años setenta. Los coros son múltiples, podemos leerlos en el libro El pueblo soy yo de Enrique Krauze. El empresario lanzó la cuerda para amarrar al tigre.

El empresario pide la perpetuidad de la “Telocracia”, es decir: “un gobierno que organiza a sus súbditos, orienta su energía, su trabajo y aprovecha los recursos y territorios para conseguir un propósito deliberado sin importar la igualdad, el bienestar de la mayoría”.

El empresario sostiene no querer un Estado–gobierno de bienestar porque asistiríamos a un sistema de mandato –como en el pasado–, regresaríamos a un gobierno de un solo hombre, no en un gobierno de leyes –el empresario y el mercado, a veces tiene memoria. El empresario nos dijo nuevamente a los mexicanos que debemos creer en el mercado, no en el Estado y gobierno de un solo hombre. Sostuvo que el mercado es la solución eficiente, aunque pretenda, de manera maquillada, transformar el NAICM de un derecho público una mercancía. Ahí radica el riesgo, el miedo, la exigencia o advertencia.

El empresario sostuvo que con esa obra el Estado distribuirá de manera eficiente múltiples beneficios en la zona, trabajo, recursos, modernización, etc. Se le olvida el empresario que, durante más de 90 años, primero como Partido Nacional Revolucionario, después como Partido de la Revolución Mexicana y recientemente como PRI, ha gobernado ininterrumpidamente, y durante décadas, esa zona no ha sido un punto de interés de la política pública de dicho partido, hasta hoy que interesa el NAICM, emergió el interés por beneficiar a dicha población.

Bajo esta lógica, los ciudadanos dejan de ser ciudadanos, dejan de tener derechos, se convierten en consumidores, clientes que tienen necesidades.

El empresario exige la permanencia de un Estado empresa, un Estado de leyes flexibles, no un Estado de hombres, no un Estado de políticas de bienestar ampliadas. El empresario exige la permanencia de las reglas del juego que le han permitido ser el magnate más rico del mundo. Dará la pelea para sostener sus privilegios a costa de lo que sea, del valor de las vidas humanas que han sido cegadas en la lucha por impedir la construcción del NAICM, los desequilibrios ecológicos que la manga obra conlleve, la ausencia de agua en la zonas aledañas, etc., etc.

El empresario propone la permanencia de un horizonte inmoral donde no hay regulación, ni reglas en detrimento del mercado, que él, digna y distinguidamente representa.

El empresario aparece, se desmarca y se apropia, en representación de su camarilla de la agenda política. Le arrebata a Obrador la batuta, lo deja casi mudo. Apenas y pudo responder “que lo haga con su dinero”. Aparece el empresario, se dirige a las multitudes y exige ser escuchado, ser tomado en cuenta y da el manotazo, marca el inicio de las campañas y la agenda para el primer debate. ¿Es el vocero del miedo o es el vocero del poder? ¿Es la voz de la prudencia o de la advertencia?