El curioso incidente del perro a medianoche

Tenía tiempo que no leía un libro tan original. Mi hija Sacnité me regaló El curioso incidente del perro a medianoche (Mark Haddon, Mark, Salamandra, Barcelona, 2004, reedición 2012). Es  una novela policiaca que no es como tal porque generalmente son ficción y esta es “verdad”.

Cuando todo mundo anda corriendo tras la zanahoria de la inteligencia emocional, la novela de Haddon nos regresa el valor de la razón, de la lógica como elemento fundamental para comprender y actuar sobre la realidad.

La palabra estúpido adquiere otra connotación. “Los niños de mi colegio son estúpidos. Pero se supone que no he de llamarlos estúpidos, ni siquiera aunque eso sea lo que son. Se supone que he de decir  que tiene dificultades de aprendizaje o que tiene necesidades especiales. Pero eso es estúpido, porque todo mundo tiene dificultades de aprendizaje, porque aprender a hablar francés o entender la relatividad es difícil. Y todo el mundo tiene necesidades especiales, como padre, que tiene que llevar siempre encima una cajita de pastillas … para no engordar, o la señora Peters, que lleva en el oído un aparato… y ninguna de esas personas son de Necesidades Especiales, incluso aunque tengan necesidades especiales” (p. 63).


Un joven que por la noche camina rumbo a su casa y al que le gustan los perros –tal vez mucho más que los humanos, por la facilidad con la que puede establecer una relación con ellos, ya que no expresan más que cuatro emociones–, entra al jardín de una vecina para tratar de auxiliar al perro que está tirado en el suelo.

El perro está muerto y la policía lo detiene y en su basta ignorancia jamás se dan cuenta de que es un niño con características muy especiales –probablemente autista– por lo que al tocarlo reacciona golpeando al policía, razón por la que lo llevan a la comandancia y lo interrogan sobre la muerte del perro.

Al joven no le preocupa quedar encerrado y mantiene ocupada su cabeza haciendo lo que más le gusta hacer: ejercicios de matemáticas. Por cierto, una de sus decisiones al decidir que quiere investigar la muerte del perro y escribir un libro es que los capítulos de esos no serán números cardinales, sino números primos: 2, 3, 5, 7, 11, 13… 233.

Este hecho determina –como buen lector de novelas policiacas y en particular de Conan Doyle– querer hacerle al detective y escribir una novela policiaca que sea “verdad”, porque “las novelas policiacas propiamente dichas, porque son mentiras sobre cosas que no han ocurrido y me hacen sentir débil y asustado.” (p. 33)

“Normalmente, la gente te mira cuando te habla. Sé que tratan de captar lo que estoy pensando, pero yo soy incapaz de captar lo que piensan ellos. Es como estar en una habitación con un espejo de un solo sentido en una película de espías”. (p. 38) De ahí que no comprenda por qué usan metáforas o símiles para hablar y escribir.

Una vez que queda libre, se dirige a su casa y elabora “una concatenación de razonamientos” con relación a la muerte de Wellington, que así se llama el perro y cuya dueña es la señora Shears:

1.-¿Por qué matarías a un perro?

a)Porque lo odias.

b)Porque estás loco.

c)Porque quieres fastidiar a la señora Shears.

2.-Yo no conozco a nadie que odiase a Wellington; de ser así: a) probablemente se trata de un desconocido

3.- Yo no conozco a nadie loco; de ser así b) probablemente se trata también de un desconocido

4.- La mayoría de los asesinatos los comete alguien a quien la víctima conoce. Se sabe que lo más fácil es que a uno lo asesine un miembro de su propia familia el día de Navidad. Eso es un hecho demostrado. Por tanto, lo más probable es que Wellington lo matara una persona que lo conocía.

5.- De ser así. c) yo sólo conozco a una persona a quien no le gusta la señora Shears, y es el señor Shears, que desde luego conocía muy bien a Wellington. (p.61)

Christopher –que así se llama el protagonista– comienza por preguntar a los vecinos si observaron algo que les llamará la atención durante la tarde–noche en que sucedió el asesinato del perro. Su padre le pide que “no se meta  en los asuntos de otras personas”, situación que no comprende porque la vida es producto de la interacción con los otros.

Él quiere hacerlo porque siente no solo afecto por el perro sino también por su dueña ya que cuando murió su madre, ella había cuidado de su casa, de él y de su padre, aunque no entiende por qué su padre ahora dice que ya no es su amiga. El padre no le explica la razón de ese cambio.

Otra de las vecinas, la señora Alexander, le comenta que su padre no quiere que pregunte porque cree que puede dolerle en razón de que el marido de la señora Shears lo abandonó para irse con la madre de Christopher. Esto lo registra en el cuaderno en el que escribe los resultados de su investigación, es decir, su novela policiaca.

Su padre encuentra su cuaderno y al leer esto se enoja, lo toma violentamente y le pega. Al tiempo que pone en el bote de basura el escrito. Cuando su padre no está en casa decide recuperar su actividad de investigador y rescatar su libro, lo que lo lleva al cuarto de su padre en donde descubre que lo ha guardado y está junto a varias cartas dirigidas a él.

Lo primero que le llama la atención es que su madre le haya escrito 18 meses después de muerta. “Madre no había tenido un ataque al corazón. Madre no se había muerto. Madre había estado viva todo el tiempo y Padre me había mentido sobre eso” (p. 145). Lo que le provoca vómito y cuando llega su padre a casa lo ve y le confiesa: “Yo maté a Wellington”.

Al recordar su primera “concatenación de razonamiento”, considera que su padre puede hacerle daño y decide huir de su casa y emprender la búsqueda del domicilio de su madre en Londres. Lo que le significa un gran reto, pues no soporta que lo toquen, ni estar en lugares abiertos, ni donde haya muchas personas.

Lo que salva a Christopher es su gusto por las matemáticas y la ciencia; “el señor Jeavons decía que a mí me gustaban la matemáticas porque son seguras. Decía que me gustaban las matemáticas porque consisten en resolver problemas, y esos problemas son difíciles e interesantes, pero siempre hay una respuesta sencilla al final. Y lo que quería decir era que las matemáticas no son como la vida, porque al final en la vida no hay respuestas sencillas” (p.86).

Lo que inicialmente fue la búsqueda para resolver un misterio: la muerte del perro, se convierte en la construcción de un plan para resolver su propia vida, lo que le lleva a concluir: “porque fui a Londres yo solo, y porque resolví el misterio de ¿Quién mató a Wellington? y encontré a mi madre y fui valiente y escribí un libro y eso significa que puedo hacer cualquier cosa” (p. 264).

A partir de la lectura de la dedicatoria del libro, la que mi hija hizo, entiendo como dice Chistopher: porque “yo no quiero que mi nombre se refiera a una historia… yo quiero que mi nombre se refiera a mí”. Gracias Sac.