El circo de la miseria

Beatriz Patraca

Hace unos años, en 2005, Amelie Nothomb escribió una novela titulada Ácido sulfúrico en la que describía un reality show extremo en el que los participantes sufrían humillaciones de todo tipo a manos de otros concursantes. Finalmente, desde la comodidad de su casa, el espectador decidía con un voto quién era ejecutado en el concurso. La novela denunciaba la doble moral del público que, por una parte se escandalizaba, pero por otra hacía que el programa de televisión tuviera los niveles de audiencia más altos.

Esa misma doble moral del espectador es la que opera con casos como el del niño vendedor de chicles que fue humillado por el servidor público. Lo que empezó siendo un episodio denunciable, terminó convirtiéndose en un circo que involucró a la esposa del presidente y a las televisoras.


La pantalla chica engrandece los temas cotidianos para ofrecerse como la gran aliada de las buenas conciencias al volver espectáculo la miseria. Y es que aunque es verdad que de las anécdotas se pueden obtener fotografías de la realidad, lo que provocan estos casos es hurgar en las carencias del débil sin ningún ánimo de denuncia real. Una vez servido el banquete del morbo y la conmiseración colectiva, todo se olvida.

El caso del programa de televisión de Pakistán es otro ejemplo de lo mismo: bajo el disfraz de denunciar la gran cantidad de infantes abandonados, se regalan bebés como quien regala lavadoras. Es un premio más de la catafixia. En teoría, las familias que adoptan a los niños ya habían presentado solicitudes y habían pasado los informes necesarios, pero ¿era necesario el show?

En su libro, Nothomb escribe que la participación del público en el reality “fue inversamente proporcional al de las últimas elecciones europeas: casi nulo, lo que llevó a los políticos a decir que en el futuro debería pensarse en sustituir las urnas por mandos a distancia”.

Así es la participación interactiva: votamos lo intrascendente, asumimos y criticamos lo que nos indigna, pero somos espectadores de un circo que se cuela por todas nuestras pantallas y nos vuelve cómplices. Incluso a los que ponemos el grito en cielo, nos vuelve cómplices.  Disculpen el pesimismo, pero a veces es complicado encontrar la salida: hablar de esto es alimentarlo e ignorarlo, también.




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