El árbol que da moras

El reciente escándalo provocado por el descubrimiento de que la empresa emblemática del “milagro alemán”, la Volkswagen, ha estado cometiendo fraude al tratar de engañar a las autoridades ambientales norteamericanas, simulando que sus motores de diesel cumplían con los requerimientos de las normas para la emisión de gases contaminantes, además de cuestionar radicalmente la “moralidad de las empresas”, resulta reveladora en varios sentidos.

Primero, porque el asunto ha permitido saber que esta es una práctica común en la industria automotriz de todo el mundo y que no sólo VW engaña en cuanto los grados de contaminación de sus emisiones y en cuanto a la eficiencia energética de sus motores, sino que lo hacen todas las industrias, tal como lo ha venido denunciando desde hace tiempo la organización europea Transport and Environenment (TE), ya que además de que las empresas siempre han luchado contra el control de sus emisiones por parte de la sociedad, atacando las legislaciones que se han mostrado más exigentes, siempre se han opuesto a que se midan las emisiones en condiciones reales de manejo, y no sólo en laboratorio, en donde las condiciones no son las mismas. Segundo, porque son precisamente las empresas más fraudulentas y contaminantes las que han inventado todo un lenguaje de “Calidad, excelencia, empresas verdes, socialmente responsables, etc.”, detrás del cual esconden sus mentiras y sus fraudes. Tercero, porque una vez más, la empresa, al verse descubierta, no ha tenido más remedio que declarar que: “se investigará hasta las últimas consecuencias y se castigará los responsables”, y ha tenido que sacrificar a algunos funcionarios menores, para dar la idea de que actuaron por su cuenta y de que el conjunto de la empresa no estaba al corriente de lo que sus empleados estaban haciendo.

En este sentido resultaron reveladoras las declaraciones que al inicio del escándalo lograron filtrar algunos de los ingenieros sacrificados: “No era posible construir un motor no contaminante, al costo–tope que la empresa había exigido”. Es ridículo pensar que unos cuantos trabajadores por su cuenta cometieron el fraude. Además, como siempre, “la empresa se va a investigar a sí misma”, es decir, se va a autoexculpar, sin la intervención de ningún tribunal de la sociedad.


El fraude Volkswagen es sólo un botón de muestra del modus operandi del capitalismo que busca por medios ilegales e ilegítimos cumplir son su meta de “maximizar las ganancias”, así sea financiando “estudios científicos a modo”, evadiendo impuestos, aprovechando subsidios para combatir la contaminación, sobornando científicos y funcionarios, colocando empleados suyos en las estructuras de gobierno, usando información privilegiada, comprando votos en los congresos, haciendo campañas de desprestigio a los académicos, funcionarios y organizaciones de la sociedad civil que denuncian su actuación por encima de toda norma. Este es el mismo modo de actuar de las mineras a cielo abierto, de las industrias farmacéuticas, de las agroindustrias, de las petroleras, de las centrales nucleares; todas mienten en cuanto a los costos ambientales y los efectos en la salud humana de sus productos. Está claro que para el capitalismo, como decía Gonzalo N. Santos, el cacique potosino, “la moral es un árbol que da moras”.