Educación, empleo y desaliento laboral de los jóvenes

Dídimo Castillo Fernández

¿Quiénes son los excluidos y más afectados por el modelo económico dominante? En México, como en otros países que adoptaron el modelo económico neoliberal, gran parte de la clase trabajadora fue relegada de la fábrica al trabajo informal, independiente y precario; y dentro y fuera de ella, los más afectados han sido los jóvenes, dada su vulnerabilidad ante las posibilidades de aspirar y acceder a su primer empleo en condiciones de estabilidad y seguridad laboral, así como la percepción de ingresos justos, acorde con sus niveles de capital humano, generalmente superiores a los de sus predecesores. Sobre ello, y dada la gran heterogeneidad interna del país, Tlaxcala no es la excepción; pero lo que más llama la atención son sus niveles de desempleo de los jóvenes con mayores niveles de educación formal y el aumento de la población joven inactiva y desalentada que, al no cumplir sus aspiraciones ocupacionales, se autoexcluye del mercado laboral; en un contexto sociolaboral adverso, caracterizado por la persistencia de un sector semiproletarizado pauperizado y un gran segmento de trabajadores en el autoempleo informal y precario con una de las peores estructuras de salario medio y condiciones laborales del país.

Como resultado del cambio demográfico o, concretamente, como consecuencia del desplazamiento de las cohortes de edades, el crecimiento de una mayor masa de población en edad de trabajar –y la generación del llamado “bono demográfico”, referido al incremento de la población en edades productivas en relación con la población infantil y adulta en condiciones de dependencia, el cual representa un potencial productivo– conlleva una mayor presión de dicho segmento poblacional sobre el mercado de trabajo, pero que, en circunstancias de escaso dinamismo y desempeño económico y dadas las estrategias empresariales de reducción de costos de mano de obra, es desaprovechado, relegado al desempleo o al autoempleo informal, termina recurriendo a la migración a otro país como último recurso o, inclusive, relegado en otras actividades generadoras de ingreso fuera del mercado laboral. Pero además, aparte del envejecimiento demográfico, propio de la transición demográfica, el neoliberalismo generó un envejecimiento social, ligado a las estrategias empresariales de desplazamiento y remplazo de los trabajadores, sustituyéndolos por jóvenes supuestamente “competentes”, bajo nuevas y ventajosas condiciones de contratación acorde con las exigencias empresariales y el aseguramiento de mayores ganancias capitalistas.


En cierto modo, podría parecer contradictorio que México, la segunda mayor economía de América Latina, en términos de salario mínimo esté muy por abajo, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), con un estancamiento de casi 20 años, con los niveles de salario más bajos del resto de la región, incluso inferiores a los de países como Haití, Guatemala, El Salvador, Honduras, entre otros, históricamente caracterizados por sus rezagos e ínfimos niveles de desarrollo económico; y que, en este mismo sentido, esté entre los de mayores desigualdades salariales y con una relativamente considerable población en riesgo de pobreza. Los mexicanos son los trabajadores peor remunerados de la región. En México, el segmento de población joven, con edades de entre 14 y 29 años, según datos de la Encuesta Intercensal 2015, representa 25.7 por ciento, una cuarta parte de la población que, por su mayor vulnerabilidad demográfica y social, enfrenta mayores riesgos de terminar relegada en la informalidad y el trabajo precario.

Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) (2015–IV), mientras que la tasa de desempleo nacional fue de 4.2 por ciento, la de los jóvenes alcanzó 7.2 por ciento, equivalente a 52.7 por ciento del total de los desocupados. México, además, con una de las más altas tasas de informalidad de la región, presenta una situación aún más dramática para los jóvenes, considerando que, como señala Juan Carlos Cruz Vargas (Proceso, 31 mayo, 2016), de cada 10 jóvenes que acceden a un empleo, sólo tres lo hacen en el empleo formal.

Sobre todo ello, Tlaxcala no presenta una dinámica necesariamente propia, pero sí mucho más acentuada que la del promedio del país. La entidad, dado su rápido crecimiento demográfico, triplicó su población entre 1970 y 2015, lo que implicó un rápido proceso de urbanización y un incremento inusitado de mano de obra; un aumento notable de la población joven en edad de trabajar, una parte importante de ella sin posibilidades reales de acceso al mercado de trabajo en ocupaciones de calidad y, en todo caso, tener que hacerlo en condiciones de informalidad y precariedad, en ocupaciones caracterizadas por la inestabilidad, carencia de prestaciones y seguridad social, además con bajos ingresos. La ENOE (2015) reportó para la entidad una tasa de desempleo de 5.1 por ciento y de 8.3 por ciento de desocupación de los jóvenes, sólo menor a las del Estado de México, la Ciudad de México y Tabasco; siendo además el sexto estado con la mayor tasa de informalidad laboral; el tercero con la menor proporción de asalariados asegurados en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), sólo superiores a las de Chiapas y Guerrero, y la cuarta entidad con el más bajo ingreso promedio de la población ocupada, sólo precedido de Guerrero, Oaxaca y Chiapas.

Se suele atribuir el alto desempleo de los jóvenes a la falta de experiencia y bajos niveles de capital humano; pero no siempre es así, o cada vez es menos cierto. México, entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), está entre los de más altas tasas de jóvenes que no estudian ni trabajan, que según la ENOE (2015) alcanza 21.5 por ciento, similar a las de otros países de América Latina, como El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Honduras, en los que según datos de CEPAL, entre 20 y 25 por ciento de los jóvenes de 15 a 24 años enfrenta dicha situación. Son los llamados ninis, o hijos del sistema, que no ingresaron al mercado de trabajo o salieron de él al no contar con elementos de competencia para éste o por no atraerles y que tampoco participan del sistema educativo. Ciertamente, es alta la proporción de jóvenes que enfrenta esta doble exclusión; pero, por otra parte, resulta igualmente contrastante el alto porcentaje de jóvenes desempleados con niveles de estudios medio y superior de educación formal; lo que podría expresar, por un lado, los desajustes entre la demanda laboral, particularmente privada, al optar por la contratación de trabajadores menos calificados a fin de reducir costos salariales o, por otro, considerado desde las características de la oferta de trabajo, a las expectativas de ubicación laboral no alcanzadas por parte de los jóvenes.

Si la hay, ¿cuál es la salida viable para los jóvenes? Frecuentemente se dice y proclama con mediana razón la importancia de la educación como recurso que aminora los riesgos de exclusión del mercado de trabajo e, incluso, se asume como la solución para abolir el desempleo, las desigualdades y las condiciones de pobreza estructural que enfrentan particularmente los jóvenes. No obstante, aunque parte del alto desempleo de éstos podría atribuirse a sus bajos niveles de educación formal, a la carencia de capital humano y a la falta de experiencia, no siempre es así, y podría pensarse que lo es cada vez menos. Pensar y asumir la educación como factor de solución tiene un valor a medias y cada vez más menguado. La educación, en el modelo económico vigente, no determina trayectorias laborales certeras. El mercado laboral actual se caracteriza por la coexistencia de trayectorias ocupacionales inestables, entrecruzadas, heterogéneas y fragmentadas de ocupación y desocupación, trabajos precarios y no precarios.

En México, los trabajadores, particularmente jóvenes sin titulación, suelen insertarse más fácil y rápido en el mercado de trabajo, que quienes cuentan con niveles de educación media o superior, pero no siempre lo hacen en las condiciones y circunstancias laborales deseadas. La educación no es, o lo es cada vez menos, una herramienta o recurso suficiente para abatir el desempleo. En el país, con base en datos de la ENOE, se constata que entre 2005 y 2015 la proporción de jóvenes desocupados con niveles de estudio medio superior y superior pasó de 54.2 a 62.5 por ciento; lo que, paradójicamente, muestra que contar con un bachillerato, una licenciatura o un grado académico superior no garantiza las posibilidades reales de inserción en el mercado laboral. En el mismo sentido, la proporción de jóvenes desalentados con educación media superior y superior –en condiciones de inactividad, pero disponibles para su incorporación– creció de 43.6 a 53.3 por ciento en dicho periodo. Sobre ello, Tlaxcala no es la excepción; por el contrario, dadas las “excepcionalidades” del modelo económico de industrialización desfasada con alta informalidad, presenta una tendencia aún más marcada, al pasar en dicho periodo de 59.5 a 71.9 por ciento, la proporción de los desocupados que contaban con educación media superior y superior; pero más aún, con consecuencias más desfavorables sobre el segmento de los trabajadores profesionales, con educación superior; y también se incrementó el desaliento laboral de los jóvenes con mayores niveles de educación superior, al crecer de 45.2 a 57.2 por ciento de los jóvenes con educación media superior y superior en la entidad.

La acreditación universitaria resulta cada vez más devaluada y no representa ya una ventaja –o lo es cada vez menos– para el acceso al mercado de trabajo o, coincidentemente con ello, el sector empresarial en lo posible privilegia la contratación de jóvenes con menores calificaciones y con un menor salario. El mercado de trabajo parece más abierto y responde, en mayor medida, a razones de abaratamiento de los costos de la mano de obra que a las expectativas de la oferta, en gran parte conformada por jóvenes. Tener una licenciatura o más no contribuye automática y directamente a acceder a un empleo. En este entorno económico y sociolaboral estructuralmente adverso, el desempleo, desaliento y el desencanto laboral serán cada vez más evidentes entre los jóvenes –y también entre los adultos– profesionistas o no.

En este sentido, cabría señalar que la afirmación de que “una sociedad sin la suficiente educación no tiene futuro” es totalmente válida pero incompleta; tampoco lo tendrá si su recurso humano más valioso conformado por los jóvenes egresados de las universidades, supuestamente más calificados, capacitados y competentes para su desempeño profesional, terminan siendo excluidos del mercado de trabajo e insertos en las filas del desempleo o relegados a actividades informales y precarias o, quizá peor aún, desalentados por el trabajo; en la frustración de no ver cumplidas sus expectativas ocupacionales y, consecuentemente, sus proyectos personales y familiares de vida.