Dios, satanás y el mercado

La alabanza y la estigmatización comparten la raíz de la imposición, José Antonio Meade representa lo uno y lo otro, sobre todo para los sectores periféricos del PRI y para algunos aficionados a la cosa pública.

Pensando en voz alta, el problema no es Meade, el problema no radica en si es o no un político, si pertenece por herencia o adhesión a la familia revolucionaria o si militó o no en el PAN. El problema no es si es un operador ideológico–político o un frío calculador “científico–matemático”. El problema no radica en si es un hombre decente, católico, comprometido con su familia, amoroso del país, de la cultura mexicana y un afectuoso del nacionalismo. El problema no estriba en si Meade es un hombre honesto, trabajador, reservado, poco ostentoso e incorruptible.

El problema está en leer el “signo de los tiempos” antes de personalizar y responsabilizar anticipadamente el destino de millones de mexicanos.


Ante el destape, sea total, sólo un corcho o sea un dedazo e imposición, históricamente esta escena era acompañada de un ritual ostentoso, populoso, colmado de contingentes partidistas y de amplios sectores clientelares, sean fieles de antaño o seleccionados bajo reservas.

El destapado solía ser apapachado por el corporativismo mexicano. Con Meade parece inaugurarse una nueva etapa donde el “asignado” debe bajar por la legitimidad corporativa para que lo “hagan suyo”, y lo acompañen en su “nueva aventura”.

Así parece ser manejado hoy en día el destino de un país, una “nueva aventura”, en la que el “valiente” y “arrojado” que la emprende demuestra con sobrada arrogancia que tiene bajo control la contingencia. La “aventura” ha sido el mejor recurso semántico para describir con ironía la certeza que tienen los detentadores de las decisiones últimas.

Es un recurso literario que coloca nuevamente a la vulnerabilidad de la sociedad mexicana en un asunto de esfuerzo y buena suerte.

El “signo de los tiempos” con este destape puede leerse a partir de cuatro claves, como un posible panorama de lo que hemos de sortear política y socialmente hablando:

1) El PRI durante el proyecto posrevolucionario comenzó como un partido cohesionador de lo político y la política, centrada en un solo hombre: el Ejecutivo. Por ende, un partido de masas, corporativo y profundamente clientelar y vertical.

2) Para mediados de los años ochenta, el partido a través de López Portillo y Miguel de la Madrid operó de manera fallida un incipiente neoliberalismo hacia dentro y ampliado. Salinas de Gortari fue el primero en cuajar los cimientos de un neoliberalismo social, nacionalista y modernizante. Ernesto Zedillo fue el actor que “afianzaría” y cedería el proyecto económico y político a la “oposición” representada por el PAN.

3) Durante el proceso de 12 años de alternancia política, por muchos entendida como transición democrática, emergió la rectificación del neoliberalismo como política social y nacionalista, el usufructo económico se concentró fortaleciendo y ensanchando a antiguos y nuevos grupos oligárquicos, tanto a nivel nacional como internacional.

4) El regreso del PRI a la Presidencia en el año 2012 consolidó la apertura neoliberal iniciada desde finales de los años ochenta, ya no como ese fallido proyecto de neoliberalismo hacia adentro y ampliado, menos como ese neoliberalismo social y modernizante. Sino como un neoliberalismo disruptivo que a través de la violencia como consenso de Estado se administra la democracia. Peña Nieto logró sacar adelante las múltiples reformas, particularmente,la energética y hacendaria. Reformas pendientes y agudamente reclamadas por múltiples grupos oligárquicos internos y externos. Dichas reformas tenían que ser aprobadas cueste lo que cueste, Peña Nieto asumió el riesgo, obviamente, minimizando el costo.

La postulación de Meade nos coloca varias narrativas o múltiples “signos de los tiempos” que hay que releer. En primera instancia, podríamos asumir que el PRI ha concluido o cancelado –al menos de forma parcial– su proyecto político puro o tradicional. Es decir, hoy se presenta como un partido que supeditó sus principios político–ideológicos por un cálculo pragmático. Más tecnócratas, menos políticos. Entendió que contender con políticos de viejo o nuevo cuño era riesgoso tomando en cuenta el actuar de la más reciente generación de gobernantes: Javier Duarte, Eruviel Ávila, Humberto Moreira, Fidel Herrera, Fausto Vallejo, Rodrigo Medina e inclusive la gestión misma de Enrique Peña Nieto.

Lo político y la política pueden esperar. La nominación de Meade es la muestra más clara de buscar, sobre todas las cosas, la concreción de un proyecto económico cupular multipartidista más que un proyecto político. El apoyo político depende del privilegio económico, Meade y el PRI lo saben bien.

El PRI demuestra ahora que no necesita de las masas, de clientelismo, de base social, para ganar –muestra de ello fue la última elección en el Estado de México. El PRI abiertamente se ha decantado por un proyecto de nación cupular, de una oligarquía con múltiples deudas entre sí y con el exterior, agentes económicos que apoyan, protegen, pero también exigen decisiones “inteligentes” para sus beneficios.

Este destape muestra la consolidación de una generación de priistas que ha venido trabajando dentro del partido durante los últimos 25 años, no como políticos, sino como tecnócratas asimilados a políticos. Estos nuevos tecnócratas han sabido incorporar gerencialmente entre sus filas a viejas élites priistas, panistas, perredistas y anexas.

Esta elite tecnocrática asimilada es garantía de perpetuación de un sistema económico de privilegio cerrado por encima de un proyecto político nacional. Es garantía de supeditar lo político y reducir la política pública a una simulación de ganancia de suma cero. Sobradamente los mexicanos sabemos quiénes han sido los que pierden todo.

El PRI demostró que para ellos ya no hay pueblo, ya no hay masa, ya no hay clientelismo, sociedad a la cual deban responder, ni de la cual deban responsabilizarse. Esta es la etapa más híbrida del PRI como partido y como gobierno.

Es el PRI en el cual nadie falta, ni nadie sobra, siempre y cuando los actores se hayan sabido acomodar y adherir al grupo selecto de la tecnocracia mexicana, sean o no priistas.

El PRI ha demostrado que se puede estar bien con dios, con satanás y con el mercado, y que ellos son los tres al mismo tiempo. Lo demás sale sobrando.

¿Dónde está, quién es la oposición, cuáles son sus propuestas concretas ante este aparato que reduce lo político y la política por sobre un proyecto económico exclusivo? ¿Qué posibilidades tiene de triunfar la oposición concentrada en la segmentación por etnicidad, género y una refinada política de regeneración nacional anclada en un Estado robusto con una radical política social?