Despojo silencioso

Una vez liberado de todas las trabas y escrúpulos de tipo moral o religioso, el capitalismo salvaje, partiendo del consenso de Washington de los años ochenta, con Reagan y Tatcher a la cabeza, se ha lanzado abiertamente a apoderarse por cualquier medio, no sólo de las riquezas y recursos naturales, sino hasta de las necesidades humanas más básicas y los medios y formas de satisfacerlas. El sistema ya no se contenta con producir bienes superfluos y de lujo que un muy reducido grupo de ricos puede comprar para demostrar su estatus social o su poder, sino que ahora se ha lanzado abiertamente a apoderarse de los bienes que ofrece la naturaleza y que hasta hace poco se consideraban como “bienes comunes de la humanidad”: el agua, el sol, la tierra, la flora, la fauna, el aire, los minerales, por mencionar algunos. Apropiarse de esos bienes les permitirá, de acuerdo con sus planes, lucrar con los satisfactores de las necesidades básicas del ser humano: los alimentos, la salud, la educación, el conocimiento, la cultura.

De todos estos bienes, tal vez los más básicos de los básicos sean el agua y los alimentos. Del agua ya estamos teniendo ejemplos de lo que significa delegar a empresas privadas la extracción y distribución del vital líquido, lo cual significa en realidad privatizar el agua y anular el derecho constitucional a tener acceso a ella por parte de todos los ciudadanos. El caso de la ciudad de Puebla es ilustrativo: el gobierno de Moreno Valle la concesionó a una empresa privada que en nombre de “su inversión y su rentabilidad”, pone el precio que quiere, se da el lujo de discriminar a quien quiere y de entregar con mala calidad el servicio. Otro ejemplo reciente es la lucha de los ciudadanos de Mexicali por impedir que el agua sea entregada a una empresa norteamericana para que la transforme y venda en forma de cerveza, mientras la población no tiene acceso a ella, por su escasez.

Ante las movilizaciones y protestas, el gobierno estatal ha respondido con la represión y la criminalización del movimiento, mientras el federal (la Conagua, por ejemplo), no ve, no oye y no dice nada. El otro conflicto reciente por agua se está dando en Chihuahua, con una familia que impunemente perfora pozos en una zona de veda, mientras cientos de pobladores carecen de ella. Pero del lado de la tierra, también se está dando un fenómeno de despojo de tierras que asume diferentes modalidades, pero que tienen el mismo objetivo: eliminar la posibilidad de que los campesinos tradicionales sigan produciendo alimentos que se escapen del circuito de las agroindustrias, evitando que lucren con ellos, impidiéndoles, según los neoliberales, “las ganancias que (¿por derecho divino del dios dinero?) les correspondería percibir”.


Este fue el argumento que esgrimieron las empresas de distribución de energía eléctrica españolas, para que sus empleados del gobierno aprobaran un impuesto especial a quienes con páneles solares obtenían su propia energía del sol, perjudicando las ganancias de las empresas. Igualmente en el campo existe el proceso de acaparamiento de tierras, ya sea por compra, por renta a largo plazo o por simple despojo de empresas que, a través de prestanombres que simulan ser pequeños productores, introducen cultivos transgénicos, agrotóxicos y prácticas perjudiciales para la tierra, ya no con la finalidad de producir, sino de impedir los cultivos tradicionales y eliminar toda posibilidad de subsistir fuera de su sistema.