Democracia y nueva prensa

A mediados del siglo pasado nos vanagloriábamos de la democracia mexicana, se pregonaba nuestro sistema político y ufanamente se le defendía de las amenazas internas y externas. Ante los excesos cometidos de manera permanente por el régimen que se asumía como democrático terminó por aceptarse que México no había sido un sistema democrático pleno, que vivíamos en una democracia inconclusa, ello a pesar de que intelectuales, afines al régimen, promovieron no ponerle adjetivos a la democracia mexicana. Como muchas otras cosas en México, habíamos vivido en una democracia, pero al mismo tiempo, no habíamos vivido en una democracia.

Poco tiempo después supimos que en México sí había una democracia, pero que ésta era opacada por una “cultura política” opuesta, que vivenciamos un sistema presidencial semiautoritario en el que el Ejecutivo solía ser el centro del sistema político y hacía sentir su poder a través de un complejo entramado corporativo y clientelar. El control centralizado descendía a través de intermediarios a los múltiples sectores institucionales y sociales hasta alcanzar a una ciudadanía cuasi en su totalidad tutelada. Los espacios de disenso intelectual eran limitados, las disonancias ciudadanas eran clandestinas, sectarias y marginales.

El sistema presidencial semiautoritario permaneció durante décadas gracias a los medios de comunicación. Los medios y cadenas informativas de aquel México se autocensuraron y pusieron sus líneas editoriales a merced de las necesidades del régimen. Varios fueron los motivos: algunos por coincidencia ideológica, afinidad política, conveniencia económica, para obtener concesiones y consolidar monopolios y algunos otros se sometieron por la coerción y la represión.


Los medios de comunicación fueron el núcleo de poder más importante del sistema presidencial semiautoritario, los medios forjaron un discurso triunfalista con grandes cargas nacionalistas, vitorearon el desarrollo económico, ponderaron el sistema político mexicano y sus bondades para con el ciudadano. A través de los medios de comunicación el presidente en turno se convertía en un mexicano ejemplar, comprometido con el país y su gente, un sujeto superdotado de capacidades políticas, altura ética y profunda muestra de moralidad.

Los presidentes y sus sexenios fueron labrados día a día por los medios de comunicación, éstos registraron siempre lo positivo, ninguno fue cómplice de lo negativo, ninguno dio espacio para las minucias de los eternos inconformes, ninguno fungió como intermediario entre el gobierno y la sociedad. En aquel México se solía hacer “chocolate sin cacao y periodismo sin periodistas”.

Esos medios de comunicación ponderaron sus intereses privados sobre el bien público, invisibilizaron los abusos de poder, la corrupción permanente –de la cual ellos mismos fueron parte–, las represiones generalizadas, las constantes violaciones a los derechos humanos y la impunidad que aceitó ese sistema político antidemocrático.

Esos medios de comunicación programaron deliberadamente el olvido, labraron la borradura de ese pasado con litros y litros de tinta seca y muchos plumazos.

Afortunadamente, para muchos mexicanos, con ese periodismo se fue también esa cultura política opuesta a la democracia, para gozo de nosotros, ese pasado, dicen, no ha de regresar.

Hoy sostienen que vivimos en un régimen político distinto, hemos tenido una transición, vivimos en una era democrática, en una democracia plena y funcional, con equilibrios de poder, con sanos y limpios comicios electorales, un Poder Ejecutivo limitado, pluripartidismo, amplias zonas de autonomía social y política, un amplio y reconocido respeto a las garantías y a los derechos humanos, un acceso a la justicia y su procuración pronta y expedita y, sobre todo, un amplio espectro comunicativo, tanto formal como informal.

En la efectiva democracia en la que vivimos los mexicanos nos han aleccionado a creer en la calidad, honestidad e integridad de la prensa, nos dicen que la alternancia nos dejó enseñanzas al respecto, que lejos estamos ya del tiempo en que la prensa se autocensuraba por conveniencia, condescendencia ideológica–política, coerción o represión, mucho menos se autocensuraría por 2 mil millones de dólares en tan solo cinco años.

Hoy estamos claros que el dinero público no es el negocio de la nueva prensa. El gobierno mexicano ha dejado de ser el único cliente que la prensa tiene y, por ende, el único que dicta los guiones informativos. No vivimos ya en aquel tiempo de la “zanahoria o palo”. El gobierno democrático mexicano ha dejado de reproducir esa cultura política autoritaria que nos enfangó en el pasado colmado de leyes mordaza.

Los mexicanos deberíamos estar agradecidos de que nuestros impuestos se inviertan en información, la democracia lo necesita, debemos estar bien informados.

Lejos estamos ya del tiempo en que la prensa subsistía mayormente por el presupuesto gubernamental, la prensa no se encuentra ahora en la disyuntiva de “asfixiarse por la falta de recursos o sobrevivir como cómplices de su propia manipulación”.

Esta es la condición de la nueva prensa en nuestra completa democracia, no hay simulaciones, el presidencialismo autoritario ha fenecido. Lo demás, son especulaciones, críticas de los eternos inconformes, según dicen.