Declaraciones públicas ¡Empecemos ya!

La clase política se acusa mutuamente de corrupción –y lo demuestran. Coinciden en la necesidad de poner un freno a la “impunidad” de los funcionarios públicos, sin embargo, nadie hace nada esperando que el otro asuma su “culpabilidad” y en muestra de arrepentimiento, abra su pecho hacia la sociedad.

En la entrega de la medalla Belisario Domínguez 2014. La espiga no se amotinó, pero dejó que las flores se expusieran en la voz de un senador (Zoe Robledo), quien hizo honor a otro senador (Belisario Domínguez) para reconocer a un escritor (Eraclio Zepeda), los tres chiapanecos unidos “por la palabra libre” propusieron tres acciones para comenzar a darle salida a la crisis de México.

La idea es muy sencilla y consta de tres compromisos que deben hacer realidad los representantes populares y los funcionarios públicos, es decir, la clase política, quienes deberán presentar y hacer público: 1) su declaración patrimonial, 2) su declaración de impuestos de los últimos cinco años y 3) su declaración de intereses.


Hasta ahora las tres senadoras, las dos diputadas federales del PAN, los dos diputados del PRD y la diputada del PRI se han mantenido en silencio, sobre todo porque las y los diputados ya se van, pero sería una excelente oportunidad para conocer en qué condiciones dejan la representación popular.

Todos y todas expresan uno y mil argumentos para no hacerlo, pero alguien tiene que dar el primer paso. De ahí que resulte importante aprovechar la coyuntura y exigir a los aspirantes a legisladores federales que, para ganarse la confianza de  la ciudadanía, cumplan con estas tres condiciones.

La palabra del senador Zoe

Usando como marco de referencia un cuento de Laco Zepeda, el senador Zoe Robledo apunta que como el protagonista del cuento soñó y construyó un vehículo para volar y viajar fuera de su pueblo, no pudo despegar por el sobrepeso de los “encargos” que le hicieron, así está el país.

Uno de esos encarguitos –destaca el senador Robledo– “uno muy pesado es nuestra clase política. Nuestra clase política, que, como las sandías y los quesos en la historia de Laco no nos ha permitido emprender un vuelo histórico digno de nuestra nación. Nuestra clase política en la que nos incluimos los integrantes de todos los poderes de la República que pocas veces ha estado a la altura por diferentes circunstancias.”

“Nuestra clase política –apunta Robledo– ha ido acumulando intereses, que, como los dulces y las frutas de don Chico, constituyen una carga pesada que es  necesario y que es urgente eliminar. Hoy, hay una crisis de credibilidad que parece abonar esta propuesta: que se vayan todos.”

Yo no comparto esa propuesta –apunta el senador Robledo–, “soy un convencido de la dinámica creadora de la política, pero ésta para echarse a andar debe de partir de una autocrítica honesta y rigurosa para remontar las dificultades, el único camino es la política, pero una política como la entendida por don Belisario Domínguez, la práctica cívica por excelencia”.

Por eso, empecemos ya, más democracia para resolver los problemas de la democracia; una democracia realmente participativa y ciudadana como el mayor contrapeso al abuso de poder. Empecemos ya, porque no puede haber democracia sin partidos; pero no puede haber partidos sin confianza ciudadana, y sin representación efectiva. Empecemos ya saneando los mecanismos de acceso al poder para que no se haga política con dinero ni dinero con la política.

Empecemos ya con funcionarios públicos sensibles, humildes, convencidos de su responsabilidad y de su deber en la rendición de cuentas. Empecemos ya entendiendo que el poder no es patrimonio personal de los políticos ni licencia de impunidad ni patente de privilegios. Es hora de ponerle fin al fuero, empecemos en nuestra casa, empecemos por los legisladores. [Por todos los funcionarios públicos, agrego yo].

Empecemos ya, entendiendo que sin transparencia no hay democracia, asumamos tres compromisos, tres compromisos en los tres poderes y en los tres niveles de gobierno: declaración patrimonial en la  inversión pública; declaración de impuestos de los últimos cinco años; y declaración de intereses, empecemos ya.

Empecemos ya porque si no lo hacemos, abrimos la posibilidad de que las libertades sigan tutelando la impunidad y que la democracia se prostituya en el altar de las ganancias, empecemos ya. La lección de don Chico es válida para los mexicanos de hoy.

Necesitamos liberarnos de las cargas que oprimen a la nación, y la mantienen a ras del suelo muy lejos del horizonte que los mexicanos merecen. En su locura, como don Chico, como don Quijote, se va ganando el respeto, porque no somos testigos de esa insensatez, somos invitados a pensar en las similitudes entre este personaje imaginario que quiere volar, y una nación que no ha podido hacerlo.

La clase política de Tlaxcala

En Tlaxcala, la clase política entra, desde 1998, en un proceso de descomposición al  convertirse en guarida de toda una laya de oportunistas; por un lado los alambristas que se salieron del PRI porque vieron frustradas sus posibilidades de alcanzar el poder, por el otro, lo cínicos que declararon que nunca habían militando en el PRI pero habían vivido a la sombra de padrinos políticos en ese partido, y finalmente los hipócritas que se habían formado en la oposición y terminaron convertidos en adoradores de priistas con tal de acceder al poder.

El espectro político de Tlaxcala se encuentra dominado por 12 partidos políticos –10 nacionales y dos locales–: PRI, PAN, PRD, PT, PVEM, MC, Morena, Encuentro Social, Partido Socialista y Partido Alianza Ciudadana. Por acción o por omisión todos han sido participes de las coaliciones, que con el nombre de alianzas irrumpieron en 1998.

El PRD tuvo su oportunidad y cobijó a dos grupos políticos, por un lado los militantes que habían participado de las diversas experiencias que lo mantuvieron como oposición y de una nueva hornada de “burócratas” que jugaron a la política apoyados desde el poder del gobierno y que jamás lograron concretar un proyecto propio, ni siquiera una militancia o carrera consistente. Al final terminaron donde comenzaron: en la burocracia sin importar el padrinazgo político.

El PAN se construyó desde una clase media pobre que ligada al priismo alcanzó los primeros puestos de la representación popular y la administración pública que modificó sustancialmente su vida personal y familiar. Críticos del sistema se convirtieron en adoradores y socios de lo que habían denunciado.

La oportunidad y la coyuntura permitieron desarrollar dos grupos que afirmaron la burocracia partidista y que los vientos del cambio, más que el trabajo político, les ha permitido un crecimiento permanente en el electorado, pero que no alcanza para definir un proyecto cercano a su propio partido.

El PRI envejeció, no sólo con la pérdida del gobierno estatal, sino por la incapacidad para construirse como partido en la oposición, los pocos cuadros que alcanzaron alguna representación terminaron subordinados a sus viejos compañeros que despachaban en el Palacio de Gobierno y los últimos se convirtieron en candidatos en esos partidos.

El regreso no fue producto del trabajo sino del hartazgo que los gobiernos del PRI vestidos de oposición hicieron, por lo que la ciudadanía dejó de comprar genéricos para volver a la marca principal. Sólo que ese PRI, como lo apunta el gobernador, ha sido el del último mohicano. Desapareció la tribu, el territorio pero no la cultura.

Todos los demás partidos han vivido o se han construido alrededor de la experiencia del poder de los tres partidos grandes, pero no se distinguen en nada, son tan parecidos que al verse en el espejo, sólo cambian de vestido, esa clase política no se ha dado cuenta de la crisis y se mira como la salvadora.

De esa clase política está cansada la población, tan es así que no hay uno solo que pueda afirmar que es mayoría, el resultado electoral muestra que la minoría más grande no alcanza jamás ni siquiera el 30 por ciento del padrón electoral. Los demás no representan más que la minoría de la minoría. Esto ha sido aprovechado por los alambristas, los cínicos y los oportunistas para aparecer como la nueva sangre, sin darse cuenta que son gangrena pura.

De ahí que para toda esa clase política la propuesta resulta una obligación, todos los que aspiren a competir por una diputación federal tienen que hacer pública su declaración patrimonial, su declaración de impuestos y su declaración de intereses. La militancia debe exigirla en los procesos internos y la ciudadanía cuando se conviertan en candidatos partidistas. No hacerlo es mantener la hipocresía como el valor supremo de la clase política.