De transición en transición

Con el triunfo de Vicente Fox en el año 2000, los torbellinos de la política nacional cimbraron todos los recovecos institucionales del país. El Estado mexicano, su institucionalidad sui géneris se movió, las expectativas estaban desbordadas, la certeza era mayúscula.

Con el triunfo del PAN, muchos creyeron que se acababa una era política, una etapa histórica, que era el momento de sepultar una cultura política a la que se le achacaban los más grandes problemas del México moderno: la corrupción, opacidad, impunidad, la política del compadrazgo, el amiguismo, el socio, el partidario, los intermediarios, el clientelismo, burocratismo, discrecionalidad, tributo, chayote, diezmo, entre otros. Los cimientos del edificio político emanado de la revolución, posrevolución y del neoliberalismo se percibieron como una lánguida barda porosa.

El gobierno de la alternancia prometió sacar a todas las tepocatas, alimañas y víboras prietas de Los Pinos, prometió también enjuiciar a los peces gordos, a decir, aquellos políticos del viejo régimen que se enriquecieron de forma además de ilícita, cínica. Justicia, transparencia y rendición de cuentas fueron algunas de las grandes promesas, incluso, el pasado violento. Los delitos de lesa humanidad cometidos por el Estado mexicano en el pasado serían sometidos a la verdad y a la justicia.


La esperanza de la población era descomunal, desbordante, no cabía la crítica, el cuestionamiento, menos la duda. El viejo régimen, ese responsable de todos nuestros males y pesares, se había ido, había sido derrotado, era el momento de iniciar de nuevo. Había triunfado la democracia, la voluntad de los mexicanos hastiados, hartos de los fraudes electorales, la violencia, la mentira, la demagogia. Había triunfado México.

Los mexicanos observamos cómo precipitadamente los cambios en el orbe institucional de la alta burocracia del régimen derrotado dejaba –al menos en apariencia– las dependencias y los cargos públicos, lentamente abandonaron los puestos de decisión para no regresar, al menos, esa fue la creencia colectiva.

Los compadrazgos, el amiguismo, las redes patrimoniales del y para el ejercicio del poder parecía se desenredaban. Aparentemente, emergían nuevos actores, nuevas cúpulas, nuevos intereses y, con ello, una nueva nación.

La transición efervescente terminó por hundirse en la espesa espuma de la práctica, en el fango de la cotidianidad y la cultura de la política.

El nuevo gobierno no pudo, no quiso o no le interesó desanclar los enclaves de poder del viejo régimen. Los actores del partido de la transición resultaron ser igual o peor ejecutantes del cambio, peores que aquellos actores que detentaron el poder durante décadas, hábiles para la simulación y el cinismo. Muchos intelectuales y opinadores hablaron de una transición interrumpida, de una transición inconclusa, como si eso paliara la gravedad y la magnitud del problema. Más maquillaje para ocultar las imperfecciones.

18 años después de aquellas catástrofes que padecimos los mexicanos cuando regresó ese viejo régimen con disfraz de nuevo, ese torbellino de la política nacional ha cimbrado de nueva cuenta a todas las instituciones del país, el Estado mexicano y sus recovecos. El triunfo electoral de otro cambio está aquí, triunfó la Cuarta Transformación.

En esta transición las expectativas vuelven a ser muy elevadas, se han desbordado, las certezas son mayúsculas. Muchos mexicanos hoy creen que se acabó, de nueva cuenta, una era política, esa que se había ido y que al final regresó, que terminó una etapa histórica, que era, de nuevo, el momento de sepultar una cultura política a la que se le achacaban los más grandes problemas del México moderno, otra vez y, de nueva cuenta: la corrupción, opacidad, impunidad, la política del compadrazgo, el amiguismo, el socio, el partidario, los intermediarios, el clientelismo, burocratismo, discrecionalidad, tributo, chayote, diezmo, etcétera. Hoy como ayer, a días de que el nuevo gobierno tome las riendas del país, comienzan a aparecer las mujeres y los hombres serenos, esos sujetos que el país necesita para cambiar, personas finas, con certificados internacionales y experiencias probadas, inteligentes, metódicas, profesionales agudos y eficaces.

Hoy en la mayoría de las instituciones públicas, en todos los feudos locales se remozan los cacicazgos, emergen y toman protesta los actores que se necesita para cambiar al país. Los grandes líderes, capataces, caciques, virreyes o mafias de la política nacional y local leen el signo de los tiempos, saben que tienen que esconderse un poco, que no es momento para fomentar su imagen, que el discreto culto a la personalidad presidencial ha triunfado, nadie debe estar por encima del soberano.

Hoy circulan ya en los nuevos puestos de decisión los nuevos interlocutores e interlocutoras con el nuevo gobierno, comienzan a emerger esos sujetos serenos, finas personas, con certificados internacionales y experiencias probadas, inteligentes, metódicas, profesionales agudos y eficaces, pero, sobre todo, con cierta cercanía con los representantes del nuevo gobierno. Aun así, el escenario es ideal, el cambio parece fue concretado, ganó la voluntad de los mexicanos, pero viene desde arriba, en marcha está la Cuarta Transformación.

Anhelamos por el bien de los mexicanos que todo esto no sea un maquillaje para ocultar nuestros latentes vacíos, que la transición no sea de nueva cuenta efervescente y termine por hundirse en la espesa espuma de la práctica, en el fango de la cotidianidad y la cultura de la política, hasta hoy, latente.