Crece migración de centroamericanas a pesar de sufrir violaciones sexuales y persecución

Una migrante centroamericana de 24 años de edad, fue violada por seis policías frente a su esposo, quien no pudo hacer nada, y otra adolescente a la que esos hombres manosearon prefirió entregarse a Migración, denuncia Arlet, la hondureña que al arribar a Apizaco huyó de una persecución por parte de supuestos federales.

Teme por su vida. Es cautelosa al hablar porque el miedo la paraliza. No deja de sollozar. Mece su cuerpo y lo envuelve con sus propios brazos. Solo el enérgico silbido de La Bestia que anuncia su presencia la pone en alerta.

Aun con la zozobra e incertidumbre, las centroamericanas se desplazan de sus naciones. “En el último mes (agosto) ha crecido la presencia de la mujer migrante, si pasaban 10 ahora son 20, por poner un ejemplo, aunque en cantidad la de hombres es mayor”, asevera Elías Dávila Espinoza, representante del albergue “La Sagrada Familia” de Apizaco.


Arlet es parte de este fenómeno. Hace casi dos meses partió de Honduras pero su cuñada la abandonó en la frontera de Guatemala con México. “Me dejó botada, me hubiera hablado con la verdad, que no me apoyaría”, lamenta.

Con ella viajó su sobrino de 14 años de edad. “Arriesgué mi vida al traerlo”, admite al reconocer la responsabilidad que adquirió con el menor de edad. Desesperada y preocupada por la integridad de ambos, continuó el trayecto.

“Llegué a mi destino, México, porque dios así lo quiso, me ha puesto a gente buena en el camino. Nunca voy a olvidar a una buena samaritana, ella me ayudó en el crucero a Palenque (Chiapas) para que me fuera a un albergue”.

Durmió cinco días en las vías en espera del tren que tardó más de una semana en pasar. Se quedó “sin un peso”. “Unos paisanos que iban a charolear (recolectar dinero) nos llevaban comida; ellos compartían todo con nosotros”.

En Coatzacoalcos, Veracruz le entregó a su hermana a su hijo y a pesar de que su familiar le suplicó quedarse a su lado, siguió su camino hacia la Ciudad de México, donde planea trabajar para ganar dinero y enviarlo a Honduras.

“Quiero ayudar a mi mamá, es diabética y padece del corazón”, expresa entre sollozos al compartir su testimonio con La Jornada de Oriente.

“Si yo le hubiera hecho caso a mi hermana, de quedarme con ella, no estuviera pasando por esto”, señala arrepentida y rompe en llanto. Desde su ingreso a tierras mexicanas ha logrado escapar de los agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) y subir al tren.

Repasa uno de los momentos de mayor angustia a bordo del ferrocarril en la región de Orizaba, Veracruz: “Solo se escuchaban gritos de otros (migrantes), pero no vi nada. En el vagón donde yo estaba un garrotero nos dijo, quédense ahí, quédense calladitos, no digan nada. Dios me iluminó”.

No recuerda con exactitud la cifra, pero asienta que ese día viajaba un grupo numeroso de hondureños distribuidos en los diferentes carros del tren.

“Los que íbamos en el mismo vagón nos pusimos de acuerdo, pusimos una ley, no dejar subir a nadie más. El garrotero nos pidió cuidar el espacio hasta que bajáramos. Él fue bueno con nosotros. También hay gente mala”.

En el albergue “La Sagrada Familia” se reencontró con sus paisanos, varios de ellos le comentaron que les robaron en el ferrocarril. Fueron despojados de sus pertenencias, como teléfonos celulares y el poco dinero que llevaban.

La joven, de aproximadamente 25 años de edad titubea para señalar a los responsables del atraco. No deja de balancearse en la silla. Se da valor.

“Es triste hablar de esto. Nosotros los migrantes sufrimos, porque al tren suben los policías  federales, así van vestidos. A una compañera de 24 años la violaron entre seis, el marido no pudo hacer nada; a otra la manosearon, tiene 16 años, mejor se fue a entregar a Migración después de vivir eso. Ellas me lo contaron cuando llegaron aquí”.

Otro episodio ácido para la centroamericana fue la persecución de supuestos policías federales en Apizaco. Le tomaron fotografías en diferentes ángulos y le pidieron sus datos personales. Corrió hasta encontrar un taxi que le cobró 150 pesos para acercarla al albergue. Era el único dinero que tenía. Aterrada bajó precipitadamente de la unidad, después se percató que perdió toda su documentación.

Se pregunta la razón por la que algunas personas rechazan y maltratan a migrantes centroamericanos, no logra entender estas actitudes hacia quienes solo buscan mejorar su vida y la de su familia, porque para lograrlo “el camino es difícil; hay unos que ni alcanzan su destino, porque los matan o los violan”.

La hondureña se ha concentrado en su objetivo y trata de evitar acciones inadecuadas para “que no le vaya mal”. Intenta conseguir su visa humanitaria y en ocasiones le gana la desesperanza porque el trámite es tardado.

Su objetivo es llegar al norte del país. “En León Guanajuato tengo una amiga que me está esperando, debe estar preocupada porque hace varios días que no sabe nada de mí. Una muchacha de buen corazón me regaló un teléfono, porque el mío se me cayó”.

Arlet cuenta que en Honduras se ganaba la vida honradamente. “Vendía pan y hacia trenzas, pero ya no podía hornear más porque mis pulmones están afectados por el humo, padezco asma”.

Le duele que su nación sea peligrosa para vivir: “Allá solo es oír, pero no repetir nada, hacer de cuenta que no pasa nada”. Dice que da igual arriesgarse a abandonar su país para entrar a México, donde también hay violencia, que quedarse allá.

Afirma que para el hombre es más fácil emigrar que para la mujer. “A ratos se me van los ánimos, pero siempre le pido a dios fuerza, que no me deje caer, que me levante, que no me ponga gente mala en el camino”.

El sacerdote Elías Dávila Espinoza asienta que ha incrementado el paso de mujeres centroamericanas al albergue y lo atribuye a que en esa región la situación de violencia sigue en ascenso, además por la crisis económica.

Muchas son madres solteras, han sufrido violencia familiar, tienen problemas en su matrimonio o su economía es precaria, “eso las orilla a arriesgarse a pasar por México, donde incluso muchas de ellas son ultrajadas. Aun así tienen la valentía de buscar una vida mejor” lejos de su hogar, indica.

Sin embargo, aquellas que son víctimas de abusos no denuncian ante las autoridades  porque implica invertir mucho tiempo “y no quieren perderse del grupo con el que viajan, dentro de él se sienten protegidas, temen separarse y quedar solas”. Este tipo de agresiones son cometidas en Veracruz, pues en ninguna Tlaxcala ha sido señalado.

Las migrantes que se atreven a dar su testimonio de violación sexual reciben ayuda psicológica, por parte de estudiantes de la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UAT) que prestan su servicio social en esta casa.

“Sí hay un acompañamiento y solo si requirieran de atención más especializada se turnaría el caso a la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH)”, añade.

Dávila Espinoza refiere que las mujeres jóvenes llegan solas, otras con sus esposos o en grupo, aunque algunas se encuentran en el camino con varones y los señalan como sus parejas. Es una forma de blindaje.

Varias traen consigo a sus hijos, la mayoría de seis años de edad hacia abajo. “Nuestra política en el albergue es, siempre primero la mujer y el niño. Si tocan la puerta en la noche se les atiende a esa hora hasta que decidan continuar su viaje, para ellos –acentúa- no hay limitación en su permanencia”.

En el caso de que alguna sea candidata a tramitar su visa humanitaria para obtener refugio en México, recibe asesoría por parte de la organización civil Un Mundo Una Nación (encargada del albergue). En este año se ha orientado a alrededor de cinco, pero muchas no concluyen el proceso “porque es un poquito tardado; se desesperan y se van”.

Entre las migrantes hay quienes son apoyadas por sus familiares o sus parejas, a través de dinero que les envían, para que se reencuentren en un lugar específico. Sostiene que hasta el momento ninguna ha denunciado ser víctima de problema de trata de personas, pero de ser detectado, se reportaría a las autoridades correspondientes.

En lo que va del año han arribado cerca de 4 mil 500 centroamericanos. Muchos no se registran, pues si llegan en grupos de más de 100 se pierde el control; además, de los datos que ellas proporcionan no hay mucha certeza, porque se autoprotegen con información difícil de corroborar, pues su mayor temor es ser deportadas, expone.