Confort ecosuicida

Decir que nuestra forma de vida como sociedad de consumo, es suicida, no es una novedad, pues esto es fácilmente verificable a través del deterioro ambiental cuyos efectos se hacen cada día más presentes en nuestra vida cotidiana: la aparición de nuevas enfermedades, alimentación cada vez menos nutritiva, agua potable contaminada, encarecimiento de los alimentos, escasez de los mismos por el cambio climático, sólo por mencionar algunos que están relacionados directamente con nuestra necesidad de mantener la vida a través de la alimentación.

La semana entrante tendrá lugar la VI Conferencia Mundial de Vía Campesina en Jakarta, Indonesia, a la cual asistirán organizaciones campesinas de todo el mundo, ahora integradas en una red internacional de defensa de la soberanía alimentaria y del derecho a una alimentación sana. El objetivo de la reunión es seguir poniendo en práctica estrategias de resistencia al acaparamiento de los alimentos por parte de los consorcios de la agroindustria que desde diferentes frentes (transgénicos, acaparamiento de tierras, procesamiento de alimentos, cadenas de distribución, falsos comités científicos que certifican su inocuidad) están tratando de adueñarse y controlar toda la cadena productiva de alimentos a escala global.

Este plan global tiene múltiples frentes y uno de ellos es el proceso de “descampesinización” que se ha incrementado a los últimos años a nivel mundial, teniendo como objetivo eliminar la capacidad de autoalimentarse que todavía tiene un cuarto de la humanidad, mediante cultivos domésticos, de traspatio o a pequeña escala, para, de ese modo, hacer totalmente dependiente a toda la humanidad de los alimentos cultivados, industrializados y distribuidos por las empresas transnacionales, pues es evidente que en una sociedad de consumo y despilfarro, en donde el 80 por ciento de la población no tiene acceso a las mercancías suntuarias y superfluas, signo distintivo de las élites del poder político–económico, esa enorme masa de población, se verá atrapada en el callejón sin salida de comer, lo que las empresas decidan y al precio que ellas lo quieran vender.


En cuanto al tipo de alimentos, queda claro que las dietas “estándares”, impuestas por las agroindustrias, no sólo no son nutritivas, sino precisamente perjudiciales y generadoras de males irreversibles (obesidad, diabetes, hipertensión) porque las industrias farmacéuticas (que son las mismas de las agroindustrias) también “tienen derecho” a lucrar con la precaria salud de la población mal alimentada. Y con relación a los precios, pues simplemente la famosa “mano invisible” del mercado los manipula a su antojo en la bolsa de Nueva York, buscando el mayor enriquecimiento de unos cuantos, sin importar el hambre y la malnutrición de millones.

Ojalá escuchemos la voz de los pocos campesinos que quedan, aprendamos de ellos a cultivar nuestros propios alimentos, rompiendo con la comodidad del consumo pasivo y nos organicemos como consumidores para enfrentar la perversa mentira del egoísmo de unos cuantos que no dudan en ganar millones a costa de nuestra salud.




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