Con hambre no entran las letras: Iván

Iván Morales trabaja en un taller mecánico, pero ya piensa en independizarse para aplicar los conocimientos que ha adquirido durante varios años en este oficio
Iván Morales trabaja en un taller mecánico, pero ya piensa en independizarse para aplicar los conocimientos que ha adquirido durante varios años en este oficio

El mayor conocimiento lo da la vida y la experiencia, sólo hay que tener la necesidad de aprender para forjarse un porvenir y la determinación de agarrar la vida por los cuernos, dice Iván Morales Méndez, un joven que a pesar de que no tuvo la oportunidad de concluir una carrera profesional o técnica, se labra el futuro propio y el de su familia como mecánico automotriz.

Originario de la comunidad de San José Xicohténcatl, Huamantla, el menor de cinco hermano ha encontrado en el oficio de la mecánica “la esperanza” de forjar un mejor futuro para sus dos pequeños, por quienes “nos sobamos el lomo, aunque siempre lo han dicho los padres, pero ahora lo entiendo, lo que hagas ya no es pensando en uno, sino en los hijos”.

A sus 23 años de edad, Iván trabaja de lunes a sábado en un taller mecánico de la ciudad de Apizaco, hasta donde llega todos los días desde su natal comunidad con la finalidad de “trabajar para los frijoles y la leche de los chavos y, de paso, sigo perfeccionando lo que sé y aprendiendo más”.


Él no pudo continuar sus estudios y sólo terminó hasta el segundo año de secundaria, ya que las condiciones económicas de su familia y de su comunidad no le permitieron seguir con su preparación académica.

“La verdad es que de chavito quería ser maestro o doctor, pero como fueron pasando los años me di cuenta que era muy complicada la escuela, porque como dice la canción, con hambre no entran las letras y a veces pues no había para los cuadernos ni para desayunar, así que al final le entramos a la chamba”, refiere, mientras no deja de mover la herramienta que diestramente manipula con la mano derecha.

Recuerda que lo complicado de la situación financiera de su padres, su papá hombre de campo y su madre dedicada a las labores del hogar y al cuidado de sus cinco hijos, orilló también a sus hermanos mayores a abandonar los estudios y dedicarse a trabajar.

Él corrió con la misma suerte, por lo que antes de que cumpliera los 15 años de edad, abandonó la escuela pero “no para tirarme a la vagancia ni a la flojera, sino para aprender un oficio”.

Como su hermano mayor ya trabajaba como ayudante en un taller mecánico de Huamantla, “me jaló. A él le debo el gusto por la mecánica y los primeros conocimientos me los dio mi carnal”.

Sin embargo, recuerda que a los pocos meses de haberse enrolado en esta actividad, su hermano fue “convencido” de viajar como indocumentado a los Estados Unidos, situación que le hizo cambiar sus planes y de estrategias.

“Un día que llega a la casa de los jefes para avisarnos que se iba para el gabacho (Estados Unidos). Así de la nada nos lo soltó y pues como en el jale (trabajo) en el que estaba él era mi patrón, de plano me quedé sin chamba”, recuerda.

Pero su suerte estaba echada, semanas antes había conocido al dueño de un taller mecánico de Apizaco, a quien sin pensarlo mucho buscó para pedirle trabajo.

“Don Antonio (propietario del taller en el que labora desde hace casi seis años) me dio chance de venir primero de aprendiz, me daba unos pesos y me ayudaba para el transporte, pero con el paso de las semanas me contrató porque vio que ya sabía algo y que le ponía galleta (empeño) al oficio”, refiere con orgullo.

Con el paso del tiempo, Iván prácticamente ya tiene dominado el oficio, “salvo algunas cosas nuevas que siempre salen”, por lo que ahora aspira a volverse un mecánico independiente.

“El patrón me apoya en la idea de volverme independiente y aunque a la casa ya llegan algunas personas a que les revise su auto y les haga algunas chambitas, la verdad es que sueño con tener mi propio taller”, refiere.

Aunque ya ha empezado a ahorrar y a comprar su propia herramienta, Iván admite que su sueño cuesta por lo menos 60 mil o 70 mil pesos para “arrancar”, porque “se requiere de escaners, de máquinas y equipo especial, pero ya vamos ahorrando y tenemos algo, y si no, al final así nos lanzamos, pero de lo que se trata es de empezar bien y con éxito”.

El sueño de Iván no es “hacerme rico”, pero tiene claro su objetivo: “tener un patrimonio propio, mi lanita, para darle escuela a mis hijos, porque no quiero que ellos se queden burros como yo… ya si el niño quiere quedarse de mecánico, está bien, pero que sea chingón, mucho mejor que su papá, un ingeniero automotriz”, dice entre risas antes de entregar la unidad a la que le dio servicio.




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