COMBATE A LA DELINCUENCIA. ¿Y LOS PRESIDENTES MUNICIPALES?

Combate a la delincuencia

Combate a la delincuencia. El gobernador propone ampliar la pena a los asesinos de policías. Crear un Fondo de Atención de las Familias de Elementos Policiacos Caído y prohibir la instalación de casinos en Tlaxcala.

De primera intención son buenas medidas. Sin embargo, es pertinente conocer las razones de ello. Porque quizá la estrategia tiene que buscarse por otro lado, sobre todo en la coordinación entre los niveles de gobierno.

Una verdad de Perogrullo es que los eventos delincuenciales se registran en las colonias, los pueblos, las comunidades. El primer nivel de gobierno –presidencia de comunidad y presidencias municipales– asume que esa es una tarea del gobierno estatal o federal.


Los presidentes no se ocupan de la integración de cuerpos policiacos, la capacitación, el armamento, y el control y confianza. La seguridad pública y el combate a la delincuencia no es parte de sus tareas hasta que suceden algunos hechos.

Esto es fácilmente comprobable cuando se revisan los índices de delincuencia del fuero común. En 2016, primer año de la administración, se registran 6 mil 775 eventos, de los que el 77 por ciento (5 mil 233) son delitos contra el patrimonio.

Un año después se registra un ligero incremento a 6 mil 964. El primer trimestre de 2018 se alcanza la cifra de mil 709 de los que mil 271 son delitos contra el patrimonio. Si no se tiene capacidad para impedir este tipo de delitos, menos los de la delincuencia organizada.

La extraordinaria red de carreteras que atraviesan Tlaxcala ha servido a lo largo del tiempo en ruta de tránsito y estancia para la delincuencia organizada. Ha ocurrido con el robo de vehículos y ahora con los huachicoleros..

La porosidad de las fronteras contribuye para que sea complicado el combate, pero si a eso se suma la inacción de las autoridades municipales, el problema es difícil que pueda combatirse con reformas o prohibiciones.

Lo que se requiere es la articulación y corresponsabilidad de autoridades municipales. Ya basta que se laven las manos y a la larga, la delincuencia se convierta en un patrón cultural, como ha sucedido, por ejemplo, con la trata de persona con fines de explotación sexual.