Código Rojo

“Cada pueblo ama su propia forma de violencia”, sentenció el antropólogo Cliffort Geerzt, al observar que ésta era utilizada comúnmente como estrategia legítima cuando se lucha por el poder. En los últimos años, en cada periodo electoral, tanto local como federal, la violencia como táctica política ha sido recurrente. Tenemos como ejemplo las pasadas elecciones en el Estado de México. Balaceras aisladas, quema de camiones, tiroteos de “sicarios” contra “sicarios” y contra policías, “crimen organizado” contra el Ejército, “narcotraficantes” contra misteriosos “escuadrones armados”, los “malos” contra el Estado y el Estado contra de todos. Observamos tropas de “delincuentes” bien organizadas saqueando múltiples tiendas departamentales, vengadores anónimos en el transporte público, caminos, carreteras y barrios. Cuerpos desnudos y tirados en veredas, carreteras y avenidas. Mujeres secuestradas, violadas, mutiladas y asesinadas.

La violencia ha sido un recurso político, además de “eficiente”, muy exitoso en términos mediáticos.

La prensa ha creado todo un diccionario, una cultura comunicativa y un léxico preciso para darle la salida adecuada: “es la lucha del narcotráfico y el crimen organizado por la plaza”, “no salga a la calle si no tiene a qué salir”, “no se reúna en espacios públicos”, “quedarse en su casa es lo único seguro”. Esta paranoia es alimentada por múltiples mensajes o Códigos Rojos que en cadena llegan a la ciudadanía a través de sus móviles: “No salga en la noche, limpiaremos ‘la plaza’, no queremos matar gente inocente, haga caso, no es un juego”.


En este escenario, la anomalía se agudiza a través de intimidaciones, amenazas, agresiones, secuestros y ejecuciones de políticos, candidatas y candidatos. No es un accidente, menos cuando aproximadamente 3 mil 400 puestos políticos están en disputa, incluida la Presidencia de la República.

“Cada pueblo ama su propia forma de violencia” y en México la violencia en tiempos electorales ha sido ambigua, pero, a la vez, extendida y muy lacerante. No es un tipo de violencia uniforme, son múltiples violencias perpetradas por actores, siempre de identidad dudosa, pero con múltiples objetivos: quitar a políticos, candidatas y candidatos que estorban en el triunfo electoral, amedrentar a los gobiernos locales y difundir la paranoia y el caos entre la población, evidenciar la disfuncionalidad de los gobiernos y partidos para asegurar la paz y tranquilidad en la entidad y, con ello, reducirles la intención del voto. Desestructurar cualquier forma de expresión colectiva, arrebatar el espacio público a la ciudadanía, descolectivizar el habla, recluir y marginar su acción política y, sobre todo, obligar al votante a otorgar su voto a la mejor “opción de gobierno”, ese que dice saber y tener la experiencia en controlar y reducir las violencias.

La violencia como ejercicio de terror para los mexicanos ya adultos se nos asemeja cada vez más a una teatralidad cotidiana en periodos electorales. Nos parece eso que el filósofo Byung–Chul Han ha denominado “el infierno de lo igual”, esa “violencia que hace que todo resulte intercambiable, comparable y, por ende, igual”. “La violencia destruye la negatividad de lo distinto, de lo singular, de lo incomparable que dificulta la circulación de información, comunicación y capital. Donde dicha circulación alcanza su velocidad máxima es precisamente donde lo igual topa con lo igual”.

El problema del uso político de la violencia en contextos electorales a través de esta premisa es la aniquilación de la diferencia, la eliminación de la esperanza, ello es importante en esta elección, ya que, según la lista nominal y padrón electoral del Instituto Nacional Electoral(INE), los jóvenes votantes de 18 años de edad representan un millón 424 mil 449 votos, los de 19 años son 2 millones, 006 mil 380 votos, los de 20 a 24 años son nada menos que 11 millones 018 mil 729 votos, mientras que los que tienen entre 25 y 29 años son 10 millones 659 mil 563 votos. Los jóvenes, de salir a votar, son los que decidirán el rumbo del país en los siguientes años, pues son, según la lista nominal y el padrón electoral del INE, 25 millones 109 mil 121 votos.

¿Cómo estos jóvenes han vivido, experimentado y asimilado las violencias? ¿Las violencias recientes acaecidas durante el periodo electoral inducen, inhibe o fortalecen su voto? ¿Estas violencias son parte del “infierno de lo igual” para los jóvenes? ¿Estas violencias aniquilan su idea o percepción de la diferencia y eliminan su esperanza? ¿Estas violencias están logrando situar a los jóvenes en un horizonte cerrado, colmado de inseguridades sociales, desesperación y desesperanza al futuro? ¿Estas violencias han segado a los jóvenes e inmovilizado para creer y crear una “política vital” que fomente la solidaridad y el civismo? Ojalá que la violencia como ejercicio de terror le parezca al joven una teatralidad cotidiana en periodos electorales y no electorales, pues ellos crecieron, experimentaron las violencias desde 1995 a la fecha: son hijos de la neoliberalización y posneoliberalización, de la desregulación del Estado, de la criminalidad electoral, de la alternancia política, del despojo, el desmantelamiento, la individualización, las redes, el internet, la “guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado”, la desaparición forzada, ejecuciones sumarias como: Aguas Blancas, Acteal, Tanhuato, Apatzingán, El Charco, San Fernando, Tlatlaya, La Marquesa y  Ayotzinapa, así como una geografía colmadas de fosas, colgados, encajuelados, disueltos, desaparecidos y miles de familiares que marchan en busca de sus hijos, verdad, justicia y dignidad.

En los jóvenes está que el Código Rojo deje de ser el “infierno de lo igual”.