Bombas de tiempo

A pesar de los discursos neoliberales de que el desarrollo económico, además de ser el único motor de la historia humana, es la opción que todo lo resuelve al tener como meta un supuesto “bienestar”, cada día se hace evidente en todos los frentes en los que el modelo se va desdibujando, que eso es una falacia, una mentira para el enriquecimiento de unos cuantos a costa de las pérdidas y el despojo de la vida de la mayoría de la humanidad. Por donde quiera que se mire, detrás de la narrativa neoliberal, no hay más que destrucción y muerte. En nuestro país sigue pendiente la reparación de la tragedia ambiental causada por Minera México en Sonora sobre el río Bacanuchi y su cuenca hace ya varios años; a pesar de los reclamos de los afectados, con la anuencia del gobierno entreguista de Peña Nieto, la empresa no ha hecho más que acciones cosméticas sin reparar a fondo el daño causado, lo cual implicaría un “gasto estratosférico” que es inadmisible dentro de los cánones neoliberales. Además, reparar el daño, implicaría para las mineras reconocer que sus procesos de extracción no sólo son depredadores del ambiente, sino que constituyen verdaderas bombas de tiempo a mediano plazo, pues aun cuando el sistema de minería a cielo abierto haya dejado de operar, una vez extraído hasta el último gramo de mineral y una vez arrasados todos los ecosistemas, hasta ahora no han explicado qué va a suceder con el enorme cúmulo de desechos contaminantes acumulados durante el tiempo de explotación.

Recordemos que en el caso de Sonora, el desastre se originó por aguas residuales altamente tóxicas, especialmente conteniendo cianuro, que “accidentalmente escaparon” de los contenedores en los que estaban confinadas, ¿esperando qué?, nadie lo sabe. Teóricamente las empresas debieran contar con sistemas para descontaminar sus aguas servidas para regresarlas al medio ambiente, pero hay un doble problema: cumplir con esa norma implica gastos, es decir, disminución de la rentabilidad de la empresa, inadmisible; y en segundo lugar, muchas de esas aguas servidas ya no pueden ser descontaminadas y no queda más que almacenarlas, esconderlas y esperar que el tiempo a largo plazo resuelva el problema en un futuro con un nueva catástrofe. Este último caso es el mismo que se presenta con los desechos nucleares radioactivos, que no se pueden limpiar ni degradar por su largo periodo de vida; así que la mejor solución es confinarlos al fondo del mar o enterrarlos, cruzando los dedos para que la radioactividad no se note, o se manifieste cuando los responsables ya no estén. El neoliberalismo se ha ufanado en sostener que el desarrollo científico promovido por él, siempre sería capaz de solucionar cualquier problema que pudiera presentarse con sus procesos productivos, pero ya no existen sino seudocientíficos a sueldo del capital, que utilizan sus títulos y sus grados académicos obtenidos en universidades financiadas por las empresas, para demostrar y sostener lo que sus amos quieren: que los residuos radioactivos están seguros, que los lixiviados tóxicos de las mineras están seguros y no contaminan, que los transgénicos no afectan la biodiversidad, que la comida industrializada hasta ayuda a la salud, que el cambio climático no existe, que los productos comerciales de los laboratorios sí curan, etc. En esta oportunidad de cambiar de paradigma sociocultural en nuestro país, será importante que la sociedad se informe a profundad de lo que significan y conllevan los supuestos megaproyectos de desarrollo y su impacto ambiental, como va a ser el caso del aeropuerto: no se trata de decir si gusta o no gusta, sino de ver su verdadero costo ambiental y social y si debe ser financiado con nuestro dinero.