Ángela teme que su nieto quede solo en Norteamérica

Ángela Pérez, indígena de la comunidad de San Isidro Buensuceso, va de una dependencia a otra a pedir ayuda. Hace “hasta lo imposible” por evitar que su hija sea deportada de Estados Unidos y su nieto “se quede solo allá”. Foto:Alejandro Ancona/La Jornada de Oriente

Ángela Pérez, indígena de la comunidad de San Isidro Buensuceso, va de una dependencia a otra a pedir ayuda. Hace “hasta lo imposible” por evitar que su hija sea deportada de Estados Unidos y su nieto, nacido en ese país, “se quede solo allá”.

Cuando consigue permiso en su trabajo, viaja de San Pablo del Monte a Tlaxcala para realizar una serie de trámites, a fin de regularizar la documentación de sus familiares.

“Patricia no tiene dinero para regresar, es como papá  y mamá a la vez. Lleva a los niños a la escuela y los mantiene”, expone a La Jornada de Oriente.


Agrega que hace cinco años su hija “dejó a su marido y no tiene más dinero que con el que la va pasando”.

Ángela busca el cobijo de las ramas de un árbol para esconderse de los rayos del sol. Acomoda su bolso bordado con hilos de colores intensos, donde porta varios escritos.

“Yo me preocupo porque, a lo mejor, la sacan de allá, de donde trabaja. La agarran, se viene a México y los niños se quedan”, externa.

Menciona que la hija mayor de Patricia tiene 17 años de edad y su hijo 11. Se llaman Jaqueline y Christopher.

“Le dije a mi primo que me diera la mano para buscar dónde nos ayudan. Hay que ir con el notario a arreglar un papel, una constancia, pero me cobran de 2 mil 800 a 3 mil 600 pesos”, indica Ángela.

La mujer se angustia “porque siento que los recursos no me van a alcanzar para pagar”.

Ha recorrido varias oficinas en la capital del estado. En la delegación de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) ya le atendieron. Le explicaron que le falta un documento.

Alberga esperanzas de que su hija retorne acompañada de Jaqueline y Christopher. “Quiero que me manden un papel del niño, para que le hagan uno como si fuera nacido de acá, con eso a lo mejor él puede regresar”.

“De todos modos mi hija tiene miedo de que mi nieto se vaya a quedar allá, en caso que la deporten. Está complicado el asunto”.

Patricia, de 40 años de edad, quiere regresar “antes de que la agarre migración”.

Ángela sugiere a su hija que explique a las autoridades estadunidenses su caso y que les muestre la documentación de cada integrante de su familia, radicada en Wisconsin.

“Yo también –añade– estoy trabajando; como le digo, me dieron permiso para faltar”. Es ama de llaves en una casa de la ciudad de Puebla.

“Mi esposo es discapacitado, ya tiene rato que no trabaja; yo soy la que sostengo el hogar”, comparte en la charla.

Replantea el temor que invade a Patricia de ser repatriada. No tiene un trabajo estable, pues en ocasiones trabaja el campo y en otras en un establo, para limpiar y alimentar ganado.

“Espero, si dios quiere que me ayuden, no les voy a pagar nada, pero dios les pagará después y les multiplicará, pero a ver”.

Cuenta que Patricia cruzó la frontera norteamericana en el año 2000. Tiempo después, en 2012, su marido regresó de ese país.

Con señas, Ángela indica que su yerno “se dedica al vicio, a tomar alcohol, lo deportaron cinco veces –agrega–; ya no puede regresar allá. Pero tampoco le manda dinero a mi hija. Nada, nada”.

Deduce que ese hombre “ha de andar con alguien porque casi no lo veo”. Ángela hace cuentas y asienta que Patricia tiene alrededor de 17 años en Estados Unidos.

Ángela recuerda el día en que emigró su hija

“Se fue al norte cargando a su pequeñita de año y medio”, rememora.

A su mente viene el momento en que su primogénita se marchó del pueblo “para cruzar al otro lado”.

“Pero ya ven ustedes como es la gente de necia; yo hasta me puse a llorar cuando me dijo, es que mi marido ya se adelantó”.

Allá, en San Isidro Buensuceso, “no había teléfono en casa y me tuve que ir a un público”.

En vano, trató de convencer al padre de sus nietos que no apoyara la idea de Patricia de emigrar, “porque al rato las cosas se van a complicar más”.

“Le dije, que no se vaya, porque tú la vas a dejar, y miren, se cumplió, pero él había dicho que no pasaría nada de eso”.  Ahora –lamenta– yo soy la que anda corriendo y sin dinero; “pero ahí la voy llevando”.