Alternativas post–capitalistas

Lo que está en juego en el cambio de gobierno que se está gestando en medio de la incertidumbre y la esperanza, no implica solamente un cambio en la forma de gobernar, ni tampoco sólo un cambio en las estructuras institucionales; lo que implica va mucho más allá, es decir, un cambio de la conciencia, tanto individual como colectiva que rompa con los esquemas mentales impuestos por el capitalismo que han transformado al ser humano en un “ser para el consumo”, para quien el objetivo único en la vida es consumir, adquirir bienes exclusivos y estatus social, a costa de lo que sea y pasando por encima de cualquier consideración de tipo legal o ética.

Así se puede sintetizar el ideal capitalista que nunca como ahora se había vuelto tan explícito. Por ello, no es de extrañar los niveles que han alcanzado la corrupción y la violencia en nuestra convivencia social, puesto que éstos no son más que el reflejo de la cosmovisión que subyace en la mente de quienes se han enajenado completamente a esta lógica irracional y antihumana. Son precisamente los niveles de violencia y corrupción, el mejor termómetro para percibir las dimensiones colosales que implica un verdadero cambio, una verdadera cuarta transformación. Conforme pasan los días y se acerca el cambio de gobierno, los dueños del dinero y sus aliados van construyendo un campo minado, sembrado de dudas y amenazas para acotar el próximo gobierno y obligarlo a seguir el guión escrito por ellos y para el cual sólo admitirán cambios cosméticos, pero no de fondo.

El escenario que les interesa preservar es el de las reformas estructurales impuestas: la entrega de las riquezas nacionales, desmantelamiento de la seguridad social, de la educación, del sistema de salud, de los derechos colectivos e individuales, como el derecho a una alimentación sana, o el acceso al agua; el despojo de los territorios, o el despojo de los ahorros de los trabajadores, de los derechos más elementales. No importa si el nuevo gobierno promete cambios; tampoco importa si emplea un nuevo lenguaje o si integra al gabinete a personajes comprometidos o luchadores sociales de larga trayectoria; lo que importa es que en el fondo las cosas sigan igual o, peor aún, que precisamente un gobierno alternativo como el que se plantea, termine sirviendo mejor al modelo neoliberal, lo cual sería un doble éxito: por un lado le permitiría seguir radicalizando el despojo y desmovilizando y reprimiendo el descontento social, al mismo tiempo que le permitiría demostrar que el capitalismo salvaje es el único modelo posible, ya se trate de un gobierno de izquierda, de derecha o de centro.


Tampoco se trata de caer en el fatalismo y cruzar los brazos porque no se puede hacer nada; al contrario, se trata de tomar conciencia del tamaño del reto que enfrentamos y de lo que nos corresponde hacer como sociedad y como ciudadanos si realmente queremos una sociedad más humana y en paz. Ningún cambio será posible si no nos liberamos de todas las ideas individualistas/consumistas que hemos interiorizado del capitalismo; si no nos liberamos del confort y la inconciencia de un modelo de vida basado en el despilfarro, la ostentación y un desprecio total por la naturaleza; si no estamos dispuestos a trabajar en serio y con un alto sentido comunitario en la construcción de otro proyecto de nación que sea nuestro y no el dictado por el capital. Hay que aprovechar esta oportunidad única e histórica.