Alimentos ancestrales

No es novedad el constatar cotidianamente que la voracidad del capitalismo neoliberal no conoce límites y que cada día va tratando de asumir cada vez más el control de la vida de los seres humanos en todos sus aspectos básicos como la alimentación y la salud. En este contexto de adueñarse y controlar totalmente la vida para llevarla a un estado de bestialidad primitiva en donde prive la ley del más fuerte en el mundo del consumo, (lo que Marcuse llamó “El hombre unidimensional”), se han venido dando estrategias de amplio alcance para convencernos de que, por ejemplo, los cultivos y los alimentos transgénicos son nutricionalmente mejores y más seguros, por lo que hay que dejar nuestra alimentación en manos de los expertos que saben cómo adicionarle artificialmente minerales, vitaminas y compuestos de toda especie, para una supuesta mejora en la calidad de vida.

De sobra sabemos que eso es una gran mentira que esconde el objetivo de adueñarse de los alimentos para venderlo exclusivamente a quienes tengan el dinero suficiente para comprarlos, es decir, una cada vez más reducida minoría de personas al servicio y en acuerdo de las grandes transnacionales, sometidos totalmente a la ideología del emprendedurismo y el hacer negocios a costa de lo que sea; todos los demás se deberán ir extinguiendo de “manera natural”, ya sea por hambre, por enfermedades inducidas o por las guerras. Esta verdad evidente en la guerra contra la producción campesina y los alimentos naturales, ha generado afortunadamente una reacción de por lo menos una parte de la población, que toma conciencia del peligro que encierra el consumo de alimentos producidos de manera industrial; comienzan a comparar no sólo los sabores, sino los valores nutritivos, los precios, los efectos sobre la salud, y ahora existe un retorno a los productos naturales, los que no han dejado de producirse en los huertos de traspatio o en las pequeñas parcelas que han quedado al margen de los dogmas del comercio y cuya extinción se busca a través de programas de “modernización” del campo.

En nuestro estado, centro de origen de varias especies de maíz, desde hace ya varios años se ha venido luchando por defender y proteger la biodiversidad genética de los maíces criollos que desde hace milenios, gracias a la paciente labor de las y los campesinos, se han adaptado a las condiciones bioclimáticas de nuestro territorio, asegurando hasta hoy una dieta sana y nutritiva. De la defensa del maíz, se pasado a la defensa de la milpa y todos los cultivos que combina, incluyendo el maguey y su importante función no sólo en la dieta sino en la conservación de los suelos y su fertilidad. A este amplio frente de defensa de los alimentos ancestrales, ahora se suma otro más: el amaranto, un humilde y diminuto cereal que hoy ha sido relegado a su papel de golosina, pero cuyo valor nutritivo es tan importante como el maíz mismo, y ha sido capaz de hacerse resistente a los herbicidas más tóxicos de las empresas criminales. Por todo esto es importante asistir a la Feria Nacional del Maíz y el Amaranto, a celebrarse el próximo 17 de noviembre en el zócalo capitalino, en donde se darán cita tanto los productores del estado como productores de otros estados e incluso del extranjero, ya no sólo para intercambiar experiencias, sino para seguir tejiendo redes de resistencia en contra de la cultura de muerte del capitalismo neoliberal.