Alianza modernizadora

La posición relajada del titular de la SHCP y posible candidato a la Presidencia de la República por el PRI, José Antonio Meade, ante el escándalo de los “Paradise papers” y los paraísos fiscales de algunos mexicanos entre los que destacan políticos, funcionarios públicos, líderes sindicales, empresarios y religiosos no debe sorprendernos, no es un elemento nuevo en la historia del país.

La reacción pública de Meade es un mensaje de la perpetuación del sistema permisivo, tolerante pero selectivo en cuanto al fisco se refiere. Estas acciones tienen su antecedente histórico.

El PRI –como sabemos– desde su consolidación fungió como una mancuerna del poder político y del presidente en turno, a través de él, particularmente, de su élite política, emergían los próximos presidentes. Esta fórmula comenzó a deteriorarse a finales de la década de los ochenta y fue durante el gobierno de Salinas de Gortari donde el partido que fungía como un amortiguador del poder presidencial y aglutinador o cohesionador de las fuerzas sociales y políticas sufrió una gran debacle.


Principalmente, porque Salinas de Gortari ante la crisis del año 88 tuvo que pactar con el Partido Acción Nacional (PAN), partido conservador de oposición, particularmente, con Diego Fernández de Cevallos y el presidente del partido en turno: Luis H. Álvarez.

En ese pacto se acordó echar a andar la entonces llamada “Alianza Modernizadora”. Evidentemente este pacto fue impulsado y concretado por el ala derecha de la política en el país. Fue éste, un pacto conservador. Porfirio Muñoz Ledo llamó a este pacto como “una coagulación oligárquica” en la que obviamente el PRI como partido y la izquierda quedaron relegados. Dicho pacto fue celebrado entre el Ejecutivo y la cúpula partidista del PAN. Una nueva forma de gobernar.

Los resultados de dicho pacto aceleraron aquella conocida transición democrática encabezada por Fox en el año 2000. Así Ernesto Zedillo fue el último presidente de la era priista del siglo XX, el cual gobernó básicamente sin partido. El PRI estaba desfigurado en la política nacional, no tenía legitimidad, estaba desfundado, sin presencia y efectividad política a nivel nacional. Ese hartazgo social fue la mejor palanca para que –según dijo Carlos Monsiváis– un hombre que solo diera para ser ayudante del jefe de la Coca–Cola en León, Guanajuato, llegara a ser presidente de México. Por su parte, Miguel Ángel Granados Chapa se refirió a Fox como un “no político, un hombre ignorante de la vida pública, frívolo, que simplemente se benefició del hartazgo ciudadano con el PRI y se convirtió en presidente”. Pero en el trasfondo, ello fue posible también por el famoso pacto –ya mencionado– de la “Alianza Modernizadora” orquestado por Salinas de Gortari y los grupos políticos más conservadores.

Este pacto de “Alianza Modernizadora” trajo consigo cambios en los discursos políticos, predominando así el discurso neoliberal, un enfoque de gobierno centrado en el mercado y un indefinido –hasta hoy– “liberalismo social”. Estos cambios en el discurso trajeron consigo nuevas formas de elegir los cargos públicos y nuevas fórmulas de elección de líderes políticos de mando medio y alto, la exigencia consistió en preferir incorporar a tecnócratas egresados de universidades privadas y que hayan cursado posgrados en el exterior, sobre todo en Estados Unidos, preferentemente, en las áreas económicas.

De esta forma, el universo de selección de la clase política se centró en la clase alta. Desde Salinas de Gortari, esta fue la regla, así se mantuvo durante la transición democrática de doce años gobernada por el PAN.

Durante el proceso que duró la transición y gobernó el PAN, el PRI trabajó desde sus enclaves políticos locales, Edomex, Veracruz, Hidalgo –por citar algunos– en esculpir la imagen de su candidato presidencial para 2012, el cual, obviamente tendría que salir de uno de los grupos más consolidado, el de Atlacomulco.

Con el triunfo de Peña Nieto se puede distinguir un relativo alejamiento entre éste y su partido, aunque durante su campaña política se hablara de un nuevo PRI. Un nuevo PRI que se atrevió a castigar a una figura política emblemática en la historia corporativa y corrupta de dicho partido, Elba Esther Gordillo, y sancionar a otros actores fundamentales en lo que se refiere a la cohesión social y el clientelismo, como sucedió –en su momento– con Cuauhtémoc Gutiérrez –“el rey de la basura”. Pero, de manera ambigua toleró a otros clanes como el de los Hank Ronk.

Como quiera que sea, el regreso del PRI a través de Peña Nieto colocó al partido en una ambigüedad, en la que el partido a veces sale a la luz y en otras ocasiones no se le ve por ningún lado.

Lo que es importante señalar, es que con el regreso del PRI bajo la tutela de Peña Nieto y del grupo de Atlacomulco, encontramos algunas similitudes con el pacto celebrado entre Salinas de Gortari –la alianza modernizadora– pero ahora entre Peña Nieto y grupos cupulares del PAN y del PRD, pactos que permiten reproducir, fortalecer y proteger empresarios–políticos que han acumulado riquezas exorbitantes que reposan en múltiples paraísos fiscales.

Fórmula que, de ganar Meade, se perpetuaría sin ningún tipo de problema legal.