Alabada sea Beatriz*

Gracias, maestra Beatriz, por cada uno de los minutos, de las palabras que nos dedicó durante aquellas pretéritas jornadas sabatinas.

Gracias por los consejos, por los regaños que no parecían, por las sugerencias que brotaban, como un torrente prolífico.

Gracias por las decenas de anécdotas que nos contó, llenándonos de esa envidia de la buena que da estar junto a alguien que ha tocado el Parnaso; por asomarnos a uno de los periodos más fecundos de las letras y del arte hecho en México.


Gracias a usted supimos de ese singular timbre que tenía Juan Rulfo, todo lleno de silencios que se tradujeron en la más intensa de las prosas, tan lacónico, si se me permite un adjetivo de raigambre griega.

También gracias por aquellas sesiones en el Palacio de la Cultura, tan lleno de fantasmas, en un salón que ya no existe, porque se lo ha llevado la furia de cambiarlo todo, para que, como el Gatopardo de Lampedusa, nada cambie. Repito: gracias a aquellos sábados que ahora habitan la memoria, y a los que de rato en rato se regresa, melancólicos de vanguardia que somos tantos, supimos del incendio que arrasaba el alma de Juan José Arreola, por hablar sólo de dos de los gigantes de nuestra literatura, de los que nos vino a contar en directo, con ese salero suyo que tiene usted, heredera de la casta divina de Yucatán, y de la aristocracia intelectual de Veracruz.

Gracias, doctora Espejo, por el rigor, por enseñarnos a no ser condescendientes, a no conformarnos, a no rendirnos ante la transparente plasticidad de las palabras; usted, que tomaba el martillo y la pluma para despedazar cariñosamente nuestros textos imberbes, tan soberbios ellos, tan provincianos, los pobrecitos, a los que usted daba amorosa muerte, gesto de una auténtica, sincera y casi religiosa eutanasia literaria, porque para qué quería el mundo un cuento cojo, malformado, al que se le veían los hilos, un auténtico Cuasimodo que sólo iba a dar lástima si algún día, por un execrable milagro, veía la luz de la imprenta.

Era mejor ahorcarlos ahí, en su cuna de papel fotocopiado, con esos signos que, después supe, sirven para exorcizar a los demonios que viven en los malos cuentos. Lo malo del cuento era que no siempre se daba el milagro de la terquedad, de la perseverancia, aunque algunos tenemos un ánima masoquista.

O quizás volvíamos a ese taller de Literatura (así, con mayúscula, porque usted nos enseñó lo que es la verdadera literatura, esa que se vive bajo el amparo de la nada y de la náusea que le daba a Cortázar cada vez que empezaba a vomitar conejitos, lo que era síntoma de que estaba listo para escribir) porque disfrutábamos a más no poder.

Usted, repito, tan oftálmica que era, nos enseñó a ver bien las letras, no como lo que nos estaban mal enseñando en la escuela, toda llena de formalismos, estructuralismos y totalitarismos académicos, aunque usted también daba ese otro tipo de clases, y por eso nos explicaba, en el ejemplo, la maldición de la anfibología, esa enfermedad que le da a los escritores cuando se creen wonderboys y no han leído más que a su sombra en el espejo. O la anfibología, que algunas que llevábamos al deshuesadero eran de antología (gracias a usted inventamos el concepto del pireñeo, del que fueron víctimas varios de los compañeros: éramos sus caníbales letrísticos).

Usted que nos enseñó qué cosa era la in media res, ahora que estoy contando precisamente todo a la mitad de la historia, porque, gracias a usted, y no estoy siendo superlativo, este páramo literario se convirtió en un huerto, donde, si algunos quieren, aún no acaban de florecer todos los frutos, pero al menos ya no es ese terreno yermo, como el alma del personaje de García Lorca.

Usted nos tomó de la mano y nos abismó en la arquitectura escheriana de Pedro Páramo. Nos dijo por dónde iba “El hombre”, ése que era perseguido por las Furias Erinias, luego de haber dado muerte a toda esa familia, al menos hubiera dejado a uno; y nos puso sobre aviso del cubismo hecho cuento, el que advierte Seymour Menton en el cuento de Rulfo. Rulfo, una y otra vez.

A usted debo (y perdone que me apropie tan freudianamente de la primera persona, pero, Ego me absolvo y aquí tenemos un barbarismo, ¿verdad, maestra?) este amor recóndito por Rulfo, por esos laberintos de la palabra y del alma (y usted habrá de perdonarme esta rima interna, que usted descabezaba una y otra vez, con esa magnífica pluma de tinta negra que goteaba sudorosa la noche de combate de los sábados).

También a usted debemos nuestras primeras lecturas de Raymond Carver, que aunque no era santo de su devoción, nos dijo que así de facilita también se puede contar la vida, porque, óiganlo bien, lo que está sobre el papel no es la vida, aunque se le parece, y en ese momento usted sacó de su chistera de mago semiótico, otra palabra fundamental, que nos regula a todos nosotros: verosimilitud, que se parece a la verdad, pero no es la verdad, porque no somos tan franceses experimentales del Tel Quel, ni nos la andamos dando de derridianos para desestructuralizar todo para luego inventar las cosas, así, bien adánicos. No. Nada de eso. Aquí vamos a contar como Rulfo y Joyce mandan.

Yo quisiera decir tantas cosas más. Hablar del perrito de Chéjov que aún mueve la cola en Crimea, aunque ahora debe andar a las vivas con tanto balazo que anda suelto.

O de Poe, y ese aguante que nos tuvo para enseñarnos qué rayos es la unidad de efecto, nosotros, que andábamos desbalagados con dizque vanguardias trasnochadas. A fin de cuentas, románticos de pueblo, mirándonos en el espejo de la soberbia veinteañera.

Gracias, maestra, por esa paciencia infinita que nos tuvo.

Y ahora le pido perdón por no haber aprovechado todo eso que nos traía cada último sábado de mes, del 95 al 99, asomados al fin de siglo, y nosotros con el alma en pañales.

Maestra: Gracias, así, con mayúscula.

*Texto leído en el homenaje rendido por el Conaculta y el ITC a las escritoras Beatriz Espejo y Dolores Castro, el pasado 7 de mayo, en el Teatro Xicohténcatl.