Adolfo, maestro en la talla de madera

Adolfo Vázquez se inició en las artesanías hasta los 30 años de edad, pues en su juventud realizó toda clase de trabajos. Foto:Alejandro Ancona/La Jornada de Oriente

Adolfo ha desempeñado un sinfín de oficios en sus 89 años de edad, pero en la talla de madera encontró su vocación, al grado que ganó el Premio Grandes Maestros 2015.

Adolfo Vázquez Ramos es originario de San Esteban Tizatlán y continúa su labor creativa con la talla de madera. Con mucha destreza y habilidad en sus manos moldea figuras a través de las cuales trata de transmitir sus experiencias e historias de la vida rural.

No deja un solo día de tomar sus instrumentos de trabajo, pues afirma: “no me quedo sentado, porque si me quedo sentado, me muero; mejor moldeo figuras y mantengo mi mente ocupada”.


Adolfo nació el 13 de septiembre de 1926.

“Me inicié en las artesanías hasta los 30 años de edad, porque en mi juventud realicé toda clase de trabajos y al último un compadre me dijo que ya no anduviera en la albañilería, que mejor hiciera piezas de madera”, comenta don Adolfo, el hombre del inseparable sombrero.

Su padre le sugirió que primero aprendiera a hacer bastones y como vio que se vendían sus piezas, “me fui adentrando en la técnica de la talla de madera hasta lograr trabajos más elaborados”.

En su incursión como artesano, reconoce, no sabía dibujar bien y “el que me echó la mano fue el maestro Desiderio Hernández Xochitiotzin. Me mandó hacer un teponaxtle, que se llevó el presidente de México, Adolfo López Mateos, a Guatemala y allá lo regaló. Me dijo que le hiciera los escudos, pero como no sabía toda esa cosa, tuve que buscar una persona que me fuera medio diciendo, yo me puse abusado para ir aprendiendo”.

Con el tiempo, Adolfo y Desiderio se hicieron compadres y el muralista le iba corrigiendo los dibujos que trazaba para hacer la talla de madera, la idea era que “no saliera una pierna más ancha que otra o algo así, me fui fijando y de veras que ya hasta podía corregir, así que le entré a todo y hasta entré a los concursos”.

“Mi papá Refugio Vázquez Rodríguez se dedicó al campo, tenía sus vacas y se dedicaba a hacer sus bastones. Mi mamá se dedicaba a las tareas de la casa e iba a entregar leche a Ixcotla y Apetatitlán. En mi niñez, ora sí que no me da pena, fui pastor cuando tenía 12 años de edad en Ixcotla y no aprendí porque me daban a cuidar los animales y regresaba muy tarde con ellos”.

Después de un año de pastor, ayudó a un tío a entregar leche en Santa Cruz Tlaxcala, Más adelante, se interesó por ser tendero, luego carnicero, machetero, carpintero de obra negra, albañil y hasta policía.

También tuvo un telar de poncho en su casa, pero el dinero no le alcanzaba, así que la talla de bastones de madera fue el siguiente oficio y el que lo llevaría a encontrar su verdadera vocación.

“En Tizatlán había un señor –era su tío– que hacía los manguillos de los bastones bien bonitos y mi papá le dijo que enseñara a su sobrino a ­hacer lo que tú haces. Le dijo que me esperaba, pero cerraba el zaguán y yo toca y toca. Bien que veía que estaba allá trabajando y no me abría. Dije, no le hace, fui viendo y a la fecha les demostré que dios me permitió hacer todo esto. Sin embargo, ahora ya quiero votar el arpa porque también ya no es lo mismo trabajar las ocho horas diarias”, comenta.

–¿Usted enseña a tallar madera a otras personas?–, se le pregunta a don Adolfo.

–Sí, por lo menos a tres de mis hijos les he enseñado, pero la juventud ya no quiere. Ahora quiere estudio, mis nietos ni siquiera quieren acercarse al taller, tienen sus profesiones. Hay personas que dicen que la artesanía de Tizatlán ha hecho grande a Tlaxcala y cuando usted se acabe, quién lo va a hacer, pues ahora la gente quiere hacer cantidad y no calidad de artesanía, por eso está todo mal hecho.

“Yo le doy prioridad a la calidad y no a la cantidad. Una persona me preguntó en cuánto le vendía 4 mil bastones y le dije que no vendo mayoreo, yo vendo calidad, porque mi trabajo está bien detallado. Le dije que fuera a buscar a otros lugares y regresó por el que le había mostrado, pero ese no era le mejor que tenía, que le saco otros más detallados y de inmediato lo compró, dijo que eso era una maravilla, Ese bastón se fue para Tabasco y así mi trabajo se ha ido para diferentes partes. Me da gusto porque no trabajo mucho, pero sí llevo calidad”.

La calidad la define como el acabado de cada pieza; por ejemplo, hay artesanos que tallan un águila y la llenan de hierbas para no hacer más; la figura de un guerrero azteca no tiene las proporciones adecuadas entre el cuerpo y la cabeza, o el tamaño de los pies o los brazos, entre otros aspectos, indica.

“La persona que me enseñó a trabajar me dijo ya me ganaste dibujando, y eso que no fui a la escuela, soy analfabeta, pero aprendí a dibujar las proporciones correctas de las figuras. Los trabajos que hago no los encuentra usted en ningún otro lado y eso genera envidia en Tizatlán. Viene gente de otros estados y preguntan por Adolfo Vázquez Ramos y les dicen que vive re lejos y quién sabe sí esté. Mejor les preguntan qué quieren y les enseñan artesanías muy malas”.

El secreto para destacar en este oficio es ser disciplinado, constante y alejado de los vicios.