2 de octubre

El 2 de octubre no se olvida. La matanza de la noche de Tlatelolco representó en el rostro represor del Estado mexicano una de sus principales características de los regímenes autoritarios. La represión contra los estudiantes no sólo dejó un boquete de impunidad, sino que marcó para muchos el inicio de la transición política en México, si bien se pueden identificar cambios importantes en materia política, éstos han sido insuficientes para consolidar un régimen democrático con amplia participación ciudadana. En muchos sentidos la movilización social del año 1968 quedó en el olvido, dejando la puerta abierta a la corrupción, la impunidad y el saqueo del país por connacionales y extranjeros.

Si algo se extraña del movimiento del 68, sin duda, es la participación decidida y activa de un sector fundamental para el desarrollo del país, la juventud, ésta que más allá de influencias ideológicas mismas de su época, favoreció la discusión pública sin cortapisas del destino del país, el ejercicio de la crítica y las necesarias visiones del mundo, éstas que deben permear todo ejercicio universitario, la disputa en el marco de las ideas y de los hechos sin duda se extraña, a casi 50 años de la masacre, la juventud mexicana, salvo caso de excepción, se mantiene marginada de las discusiones sobre el proyecto de nación en pleno siglo XXI, lo que es peor el desaliento, el desánimo, la apatía, la autoexclusión, la marginación y el mínimo interés por los problemas públicos se han convertido en una constante, la lucha de los jóvenes de la UNAM y del IPN de ese entonces, valió la pena, pero fue mutilada, por el pulpo de la clase política que centró la participación única y exclusivamente a los procesos político electorales, limitando hasta la asfixia otras formas de participación democrática.

Indudablemente, la ausencia de la juventud universitaria puede ser explicada superficialmente por la automarginación, pero de hecho, el problema de la escasa movilización de las últimas década obedece a dos rupturas sustantivas: por una parte, ruptura de la política educativa con respecto al proyecto de nación, misma que en su afán de ser parte de la globalización redujo hasta el extremo la capacidad de reflexión, crítica, libre pensamiento y otras formas de comprender la realidad. Los modelos educativos del sistema nacional suponen que se puede prescindir de hombres y mujeres pensantes y críticos de las realidad que vive el país, se camina desde hace tres décadas en la robotización de la educación, construyendo hombres globales que resuelvan problemas globales, nada más falaz, nada más alejado de sus realidades. Los planes y programas responden a esa tendencia global, abandonando toda posibilidad de crear una masa crítica  que abone al país desde la movilización, organización y propuestas de cambio. Esto se lo debemos a la educación actual, juventud apática que camina por las aulas soñando en insertarse a la economía de mercado en países desarrollados. Salvo excepciones, la mayoría de los estudiantes universitarios vivirán en México con salarios de miseria.


La segunda ruptura se deriva del pulpo de la clase política, cuyos tentáculos se expandieron a los partidos políticos de las oposiciones, a las instituciones del gobierno federal, ampliándose a los estados y municipios. La lucha por la transición política de los jóvenes universitarios del movimiento del 68 se sumó a las oposiciones para generar cambios en el sistema político mexicano, que a la larga modificaron la relación entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, generando una creciente pluralidad política que dio sus primero pasos a través de la alternancia, pero ésta no se acompañó de mejores gobiernos o de una mejora sustantiva en la distribución de la riqueza nacional y, por el contrario, el pulpo contaminó a su paso a los viejos y nuevos actores políticos. La corrupción se multiplicó de forma exponencial, salpicando a todos por igual, esta expansión no sólo redujo las posibilidades de que México logrará un mayor nivel de desarrollo, sino que en muchos sentido inhibió la participación de la juventud universitaria, al igual que un segmento muy amplio de la sociedad mexicana. Los sueños de cambio se convirtieron en la pesadilla terrenal, la esperanza se convirtió en desaliento, el proyecto fracasó y con él la flama de mayor participación de los jóvenes en la búsqueda de un mejor país.

Se llega al 48 aniversario de la matanza de la noche del 2 de octubre en Tlatelolco, sin mucho que celebrar, los movimientos estudiantiles están de capa caída, el efímero movimiento #Yosoy132 sucumbió sin pena ni gloria, el movimiento de los 43 de Ayotzinapa lucha por no perderse en la memoria del mexicano. La conmemoración del 2 de octubre debería centrar su discurso en la nueva agenda de los jóvenes universitarios, de cómo convertirse en punta del iceberg para transformar al país, devolviéndole las visiones del mundo, el pensamiento crítico y la capacidad de movilización y liderazgo.

Es posible afirmar que las redes sociales se están convirtiendo en el espacio más socorrido por los jóvenes para hacer críticas y mofarse de la clase política corrupta, pero a pesar de que su impacto crecerá en los años por venir, el país requiere con urgencia de una mayor participación política en el espacio público de todos los sectores de la sociedad mexicana que se sientan agraviados por el poder político y económico. Insurgentes en movimiento. Ver para creer.