¿Zombis o personajes?

16 mil 500 boletas perdidas de la elección de gobernador en Puebla, reconoce el PAN, pero pide al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) no tomar en cuenta esa irregularidad al considerar que no es determinante para anular los comicios ▪︎ FOTO: esimagen / Ramón Sienra

Una de las características de las campañas electorales de las coaliciones que compitieron por el poder en México fue su alto nivel de impostura, es decir, de engaño con apariencia de verdad. Se conformó un verdadero teatro en el que los actores, más que nunca, intentaron representar un papel que les dictaba su imaginación respecto de lo que hacía falta ofrecer al electorado. Se dirá que siempre es lo mismo pues, esa es la función de las ideologías. Sin embargo, lo que acaba de suceder en el país, se acercó demasiado al engaño por su falta de autenticidad.

AMLO no se conformó con reivindicar al pueblo frente a la corrupción, la inseguridad y la desigualdad; tampoco con prometer ser un buen gobierno. Tenía que ir más allá. Se construyó una imagen de izquierda antisistema. Su acción no tenía por qué esperar a que la calificara la historia. Él lo haría antes que ella. La cuarta transformación encabezada por alguien equiparable a los próceres de la nación.

El PRI, sin nada digno que ofrecer, inventó lo increíble: un candidato ciudadano, competente y virtuoso, sin los defectos de los priistas. Y nadie le creyó en efecto. Ni la militancia del PRI y mucho menos la ciudadanía.


La coalición del PAN-PRD-MC intentó representar a las experiencias exitosas de otros países, pero también adelantando vísperas. Ofrecieron ser gobierno de coalición como punto de partida y no de llegada. Por eso nadie les entendió. Además se pasaron de “inteligentes”, en un escenario exaltado por las emociones. Por eso no se dieron cuenta cuando un golpe recto a la barbilla los había dejado groguis. “Somos mejor que la chusma” siguieron pensando, aun cuando ya estaban tirados en la lona.

AMLO se definió a sí mismo dentro del pensamiento del liberalismo social, una tendencia dentro de los liberales del siglo XIX que resaltó Jesús Reyes Heroles y que puso de moda Carlos Salinas de Gortari. Su formación política se dio dentro del nacionalismo revolucionario del PRI y, por la educación religiosa de la familia, en particular de su madre, tuvo la influencia del cristianismo. Jamás se ha declarado socialista y su vocación democrática se subordina a su misión de liberación social. Algunos integrantes de Morena, entre los que se encuentran los que militaron en el PRD, sí tuvieron una formación socialista y se esfuerzan por vestir al proyecto con el ropaje de la socialdemocracia. Por el momento tienen más influencia los personajes del nacionalismo revolucionario y del liberalismo, en la medida que se escogió la ruta de la estabilidad para la transición. Veremos con el tiempo que tendencia predomina y si se mantiene la cohesión del movimiento-partido.

Más difícil será mantener la representación de la obra a la altura del compromiso con la historia, es decir, a la altura de la cuarta transformación, que ya dijo Porfirio que derivará en la IV República, y al personaje equiparable, por sus actos, con Hidalgo de la primera, Juárez de la segunda y Cárdenas el de la tercera. Quizá si se olvidaran de que están representando dicha obra se quitarían tamaña presión sobre sí mismos y las cosas le saldrían mejor. Por lo menos serían más humildes, lo que quiere decir, con los pies en la tierra.

Los socialistas no se encuentran organizados dentro de Morena. Además ya les prohibió el presidente de la comisión de honor que hagan fracción, grupo o tribu. Por cierto que dicho Presidente es un representante del movimiento Bolivariano. Y los personeros del socialismo como tales tienen una influencia limitada como Muñoz Ledo, que no es propiamente un socialista de cepa, Pablo Gómez y un grupo numeroso de herederos del Partido Comunista incorporados individualmente, Paco Ignacio Taibo II y otros, con muchas discrepancias entre sí. Cabe mencionar que de los intelectuales de la vieja guardia comunista, Enrique Semo se ha manifestado como simpatizante de Morena, mientras que Roger Bartra marcó su distancia al señalar que el movimiento encabezado por AMLO es una forma de restauración del nacionalismo revolucionario autoritario.

Otra tendencia del socialismo, más cercana al nacionalismo, permaneció en el PRD y seguramente acompañará al partido a su marginalidad. Su alianza con el PAN fue de sobrevivencia por lo que cabe esperar que muchos se cobijarán en Morena.

Con lo dicho hasta aquí queda claro que el país se nos volvió a llenar de nacionalismo revolucionario, liberalismo social, socialismo marginal, cristianismo mesiánico y otras variedades más que acompañan a la llamada cuarta transformación.

Pero ¿qué pasa con la democracia? Ciertamente no tiene un lugar privilegiado dentro de Morena y mucho menos dentro del PRI. Paradójicamente fue denostada por todos, pero también a todos supo reivindicar y salvar. Hacia fines del año pasado, las encuestas y las redes sociales hablaban pestes de la política, de los partidos y de los políticos. Para mediados de este año todo cambió, la ciudadanía participó ejemplarmente en el proceso electoral y las esperanzas se volcaron hacia un político y su movimiento por la transformación de la vida pública. No fue por cierto un movimiento ejemplarmente democrático, sino que se pareció más al del caudillo carismático. Sin embargo, en dónde compitió y finalmente ganó, fue en la arena de combate de la democracia.

Por esta característica paradójica del movimiento, su líder tiene que estar aclarando que no es ni será autoritario, aunque a veces esconda sus pretensiones con las consultas públicas o a algunos otros, como Mario Delgado, se les salga de la boca decir que cuando sea necesario lo serán.

En fin. Todo parece indicar que la suerte de la democracia dependerá de la autocontención de los morenos en el poder. Parece que seguimos viviendo la democracia sin demócratas, es decir, nos enfrentamos como dios nos dio a entender, simulando las formas, y aceptamos los resultados, también simulando las formas, pero en la medida de lo posible imponemos lo que podemos, a la mexicana. Para eso tenemos las instituciones de la justicia que jamás funciona. Ahí está la maestra Gordillo para recordárnoslo.

Más allá de la actual circunstancia, las condiciones son muy favorables para la lucha y la organización de la democracia. Un partido como el PAN tiene mucho que ganar en el mediano plazo si recupera su vocación democrática y moderniza su acción con los tiempos del mundo actual. Jamás se había esperado tanto de la democracia revivida como ahora en México, y jamás habíamos tenido tanta pobreza de las prácticas democráticas respecto de sus expectativas. El PAN tiene todo para renacer si es consecuente con su vocación democrática y, a partir de ella, hace el balance de su brega en los últimos 30 años.

Del socialismo democrático habrá que esperar para que madure en la lucha por construir un nuevo Estado Social, Democrático y de Derecho, que hoy es consenso de muchos, pero proyecto claro de muy pocos. ¿Podrán la democracia liberal y el socialismo democrático ofrecer algo en el México de hoy y por venir? ¿Podrá el nacionalismo? ¿Asistimos acaso a la muerte de los viejos partidos y sus ideologías y vivimos ya en el mundo de los zombis políticos?