Y siguen sin entender que no entienden

Para Oscar, por sus veintiuno.

 

 


“Un presidente que no entiende que no entiende” sentenciaba el artículo The Mexican morass (El pantano mexicano) publicado a principios de enero de 2015 en The Economist. El texto era una crítica del semanario británico al gobierno de Enrique Peña Nieto tras su mensaje de año nuevo donde se “comprometió a trabajar para “liberar” a su país de la delincuencia, la corrupción y la impunidad”, al dar cuenta de los casos más polémicos ocurridos durante 2014 con la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y los escándalos por la llamada Casa Blanca de las Lomas de Chapultepec y la casa del secretario de Hacienda, Luis Videgaray Caso, en Malinalco, estado de México, ambas relacionadas con el empresario Juan Armando Hinojosa.

A 19 meses de la publicación de The Economist, aun parece que en Los Pinos siguen sin entender que no entienden. Los errores (o “malas percepciones” dicen ellos) cometidos por el titular del Ejecutivo y su gabinete se suman uno tras otro provocando que los niveles de confianza y credibilidad hacia el gobierno federal vayan en picada.

Con la lamentable muerte de Juan Gabriel, los peñistas tenían en sus manos una oportunidad magnífica, hablando mediáticamente, para no tener los reflectores encima, previo al cuarto informe de gobierno. El Divo de Juárez acaparaba no sólo la agenda mediática, sino también las charlas de sobremesa. Todo era Juan Gabriel.

Sin embargo, en una jugada que pocos acaban de entender y muchos califican de errónea, en Los Pinos se les ocurrió invitar al candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump. Una persona non grata que lleva más de un año soltando insultos contra los mexicanos, principalmente contra los migrantes, y que ha prometido que de ganar construirá un muro en la frontera el cual será pagado por el gobierno mexicano. El resultado –mediático– de aquella reunión entre dos personajes con pocos niveles de popularidad entre los mexicanos fue una lluvia de críticas y desaprobación no sólo en los medios impresos y electrónicos, sino principalmente en las redes sociales con un sinfín de memes circulando. De nuevo el gobierno federal tenía los reflectores encima y un problema de imagen aún más grande. “Un presidente que no entiende que no entiende”.

El disgusto por la visita de Trump solo sirvió como preámbulo mediático al cuarto informe presidencial. Días antes el presidente Enrique Peña Nieto había anunciado que éste sería un informe diferente. Se acabarían los grandes discursos pronunciados desde Palacio Nacional, para dar paso a un diálogo con jóvenes. La flexibilidad del formato, basado en preguntas elaboradas por los asistentes y unas más vía redes sociales, le permitió al presidente abordar diversos temas y sobre todo fijar una postura en torno a ellos, que el formato tradicional no hubiera permitido. Así habló sobre las reformas Educativa y Energética; la visita de Trump; el presunto plagio de su tesis; la situación en Oaxaca, y todas aquellas “cosas buenas que no se cuentan, pero que cuentan mucho”. El gran diálogo con jóvenes resultó pobre. Las preguntas formuladas fueron poco incisivas, poco críticas y le permitieron al titular del Ejecutivo profundizar poco en las problemáticas que enfrenta el país, para enfrascarse en el discurso similar a los spots gubernamentales. El problema vino cuando, en redes sociales, empezaron a circular fotografías de que algunos de los jóvenes invitados a Palacio Nacional son cercanos al Partido Revolucionario Institucional (PRI). Jóvenes a modo.

Entramos al último tercio de administración peñanietista en un barco con un rumbo poco claro, que se hunde cada vez más en temas económicos, de seguridad y políticos, y donde los encargados de dirigirlo siguen sin entender que no entienden.