¿Viva México, cabrones?

“El éxito del adjetivo despectivo «malinchista», … para denunciar

a todos los contagiados por tendencias extranjerizantes.

Los malinchistas son los partidarios de que México


se abra al exterior: los verdaderos hijos de la Malinche”.

Octavio Paz

 

Indudablemente, el poder mediático hace maravillas pues resulta que hoy ¡todos somos mexicanos! No hay quien no haya recordado su mexicanidad tan desprestigiada en los últimos 20 años entre nosotros. Se ha impuesto sobre la ideología del “yo no quiero ser mexicano”. Los miembros de las clases altas, que todavía hace unas semanas eran consideradas castas que hacían el favor de vivir entre nosotros en el territorio nacional, hoy sienten y viven su mexicanidad; las clases medias, que aspiran a “turistear” en el norte del continente, en las redes sociales han sentenciado que ya no acudirán a los grandes almacenes y restaurantes de comida rápida norteamericanos, menos aún a los supermercados yanquis. Ya recordaron que existen mercados y tianguis locales, marchantes y canastas del mandado y, aún más, han tomado la osada decisión de poner una bandera mexicana como insignia de su condición. Pero las clases bajas, la verdadera mexicanidad, que siempre ha sufrido los abusos del poder económico, las decepciones de la palabra del poder político y la desesperanza que les inyecta el poder ideológico, simplemente observan el fenómeno que ha provocado el actual poder mediático–comunicacional, que, ante un gobierno aparentemente débil y frágil, desprestigiado, impopular y desacreditado, requiere de enemigos externos para legitimar dos largos años que aún quedan por cumplir. ¿Qué sucedería si no hubieran salido a la luz publica los muros, los impuestos a los mexicanos, sus expulsiones de territorio estadounidense, etcétera? Es decir, ¿cómo afrontar lo que queda de esta administración, no ante la opinión comunicacional, sino ante la propia población y, sobre todo, ante las elecciones?

La mexicanidad, el nacionalismo y el patriotismo que han surgido nuevamente no cumplen ninguna meta con todas estas señales y buenos propósitos; es más, se trata de una muestra de lo que sentenciaba Octavio Paz, nuestra falta de credibilidad en nosotros mismos: “El mexicano no quiere ser ni indio, ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo, sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada” (Paz, Octavio, El laberinto de la Soledad). Lo cierto es que ha sido un éxito rotundo para el poder mediático comunicacional, que ya no es únicamente la televisión, sino también los otros medios tecnológicos de la informática, todo lo relacionado con el muro, los impuestos a las importaciones mexicanas, la expulsión de mexicanos, los controles de migración, etcétera. Y, como colofón de todo este fenómeno patriotero, apelamos a que no desaparezca el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, que desde 1989 era visto por la propia población –entre ellos, el empresariado en general– como una puerta al desastre y a la debacle de la nación, y desafortunadamente lo fue. La industria mexicana desapareció, la producción nacional se convirtió en artesanía del turista extranjero; hoy importamos todo, desde los productos mas sofisticados hasta los propios alimentos básicos. La industrialización se convirtió en la instalación, por todo el territorio nacional, de maquiladoras o de empresas proveedoras de servicios de mano de obra para la industria extranjera. Todos los daños ambientales que se evitaron con la industria en Estados Unidos se causaron en nuestro territorio nacional, pero aún así aspiramos a que el Tratado de Libre Comercio no se modifique, menos aún que se derogue; por el contrario, aspiramos a que se prolongue por el resto de nuestra agonía.

Este fenómeno de la mexicanidad ha demostrado que hoy nos gobierna un poder no votado ni elegido por la población: el poder económico–comunicacional, que está sobre el poder político, del que hoy estamos observando una muestra de su asociación pues el propósito de ambos es contundente. En palabras de José Pablo Feinman: “El papel central que asume la modernidad informática… es sofocar la libertad del sujeto. Al idiotizar al sujeto controla el surgimiento de actos libres” (Feinmann, José Pablo, Filosofía política del poder mediático, Buenos Aires, Planeta, 2013). Es categórico que estas muestras de nacionalismo y mexicanidad son pasajeras, virtuales y, sobre todo, no lesivas. Lo que se demuestra es que el mundo está lleno de buenos propósitos pero que son solamente aquellos que el poder comunacional dicte. En realidad, el emblemático muro de la frontera no es nada comparado con el muro que hemos tenido en México entre nosotros mismos permanentemente: los ricos ante la pobreza extrema, la clase política ante la población, los tribunales ante los que exigen justicia, la burocracia ante la ciudadanía, los cobradores de impuestos contra los contribuyentes, los ateos contra los creyentes, etcétera. Sin duda, por muchas banderas mexicanas que se pongan a la vista, ese muro no se puede derrumbar… ¿Viva México, cabrones?