¡Viva Lobos!

El viernes, el Puebla había dejado una impresión paupérrima a los pocos aficionados que se acercaron al Cuauhtémoc. La directiva –donde ya figura gente de Televisión Azteca, en un guiño más a la multipropiedad– sigue sin mostrar el menor respeto por un equipo histórico y su noble afición y, a voluntad de las televisoras, continúa recorriendo sin orden ni concierto los días y horarios más disparatados. Total, fue la inauguración de temporada más deslucida que se recuerde, en partido sin más anécdota que la doble anotación de Brayan Angulo, que primero abrió el marcador para la Franja, y luego tuvo la desdicha de tropezar con un balón malabareado por Moi Muñoz para introducirlo en su propia meta y darle al Morelia un empate sin chiste. Como el partido, que fue un auténtico ladrillazo.

 

Masacre en el Corregidora

Lobos BUAP es otra cosa. Para empezar, responde a un proyecto de equipo y a una filosofía de juego, basada en la solidaridad y el espíritu de lucha. Tan raras son estas prendas en nuestro bocabajeado futbol que sorprendieron por completo al Querétaro y lo dejaron sin respuesta. Con un cuadro obligadamente renovado y escaso de rodaje, el orden táctico y el desmarque permanente desembocaron en una rotunda superioridad lobuna sobre el 11 local. Mucho ayudó el ambicioso planteamiento de Rafa Puente, que les permitió a los universitarios, jugando al toque y al desmarque por toda la cancha, ir empujando a los Gallos contra su área y, cuando la fruta estuvo madura, castigarlos con cuatro goles de bandera.


Lamentable la grave lesión infligida a Lucero Álvarez por Estum en alocada carga, cuando sin posibilidades de alcanzar la pelota que el guardameta dominaba ya por alto, le aplicó un cabezazo en pleno rostro que le provocaría copioso sangrado y la fractura del pómulo izquierdo. Lucero, poco exigido, le había desviado un penal a Sanvezzo para acabar con las ya escasas ilusiones de los queretanos (73’). Como su lesión ocurrió cuando Lobos ya había hecho sus tres cambios, tuvo que cubrir la portería el colombiano Julián Quiñones, lo que no impidió que, en un contragolpe fulgurante, el recién ingresado Jiménez, tras un recorrido de más de 60 metros, clavara el definitivo 4–0.

Los goles de Lobos, democráticamente repartidos entre Julián Quiñones (27’), “Maza” Rodríguez (58’), “Negro” Medina (65’) y Jiménez (94’), dan fe del atinado reparto de tiempos, espacios y funciones entre los hombres de Puente, que han dado una lección de futbol asociado, donde ninguno flaqueó ni dejó sin efectivo auxilio al compañero. Y si en el encuentro anterior fue el carril de Advíncula el más utilizado para desbordar y buscar el área opuesta, esta vez la plataforma de lanzamiento fue la banda izquierda, la de Tercero y Olvera, que templó los hermosos envíos transformados en goles por Quiñones y Medina.

 

El circo de la Concacaf

Terminó la Copa Oro con el Tri enseñando el cobre y Estados Unidos venciendo a puro pulmón a un bravo Jamaica. Nada que no estuviera previsto. Tampoco es de sorprender el escándalo montado por la publicrónica mexicana y sus muy crédulos seguidores en torno al colombiano Juan Carlos Osorio y su mediocre desempeño al frente del equipo nacional. Aunque mantengo la sospecha de que la Femexfut estaría encantada de deshacerse ahora mismo del impopular timonel y su política –que no estrategia– de rotaciones, resulta que encontrarle reemplazo no está nada fácil, y con el argumento de la buena marcha del equipo en el hexagonal premundialista, los pactantes que a Decio tienen por cabecilla aguantarán mecha hasta donde sea posible. Al cabo que Osorio, comparativamente, sale barato, y los jugadores parecen estar cómodos con su trato cordial y sus “oportunidades para todos”.

Ahora bien, si sobrevolando el mar de inmediatismos y consignas que por estos días ha dominado la opinión pública de la mano de “sesudos” comentaristas –especie que incluye un puñado de técnicos cesantes que darían cualquier cosa por heredar el puesto del colombiano–, nos abocamos a la revisión del historial de México en los torneos de selecciones de la región en que México ha participado, topamos con este panorama:

1) Todas las veces que México puso en liza a un equipo B (la primera corresponde a 1969, en San José de Costa Rica), sus integrantes regresaron al país con el rabo entre las piernas.

2) De 25 torneos habidos hasta la fecha (1938–2017), México ganó 13. Lo cual significa que no todas las veces en que participó el equipo mayor se consiguió el título. Algunos fracasos fueron tan sonados como los que nos costaron la no asistencia a los Mundiales de Alemania 74 y España 82. Pero ni siquiera en esos casos se levantó contra el entrenador en turno una polvareda semejante a la actual.

3) A partir de 1991, Estados Unidos se volvió el único país sede, aunque en dos ocasiones la compartiera con México (1993 y 2003) y en una con Canadá (2015). Aun así, durante esos 14 torneos el Tri ha sido campeón más veces (7) que los estadounidenses (6), y solamente otra selección, Canadá, logró ganar un título (año 2000). CA y el Caribe, cero.

4) A lo largo de 23 torneos –México no participó en las ediciones de 1987 y 1989–, nuestro no tan glorioso equipo sufrió 15 derrotas, infligidas por equipos nacionales de los siguientes países: dos veces Guatemala (1967 y 69) y Estados Unidos (1991 y 2007), y una por camiseta Surinam (63), Costa Rica (69), Trinidad y Tobago (73, paliza de 4–0), El Salvador (81), Canadá (2000), Honduras (2007), Panamá (3013) y ahora Jamaica; también nos derrotaron selecciones de otras áreas geográficas, eventualmente invitadas a participar en la Copa de Oro, como Sudáfrica (2005), Corea del Sur (2002, en penales) y Colombia (2005). Lo de gigante de la Concacaf tiene más de mito que de realidad.

¿Conclusiones? La mejor de todas, por cuenta del amable lector.

 

El dinero, ariete del caos

Suspenso en Madrid ante el caso Cristiano Ronaldo, quien, por lo pronto, tendrá que presentarse ante la fiscalía nacional de España para responder por imputaciones de evasión fiscal, causa de su expreso deseo de abandonar al Real Madrid e irse de un país que osa acusarlo de tramposo con las pruebas en la mano. Sin embargo, no parece que tal alejamiento vaya a ocurrir, a menos que algún club del exterior enloquezca y ponga sobre la mesa 250 millones de euros, por lo menos. Como se sabe, ante una acusación semejante, el Barcelona, sin temor a la abyección y el ridículo, se lanzó en denodada defensa de Lio Messi; al parecer, Cristiano, con su habitual ausencia de autocrítica, ha extrañado, por parte de la directiva del Madrid, una actitud parecida.

Y hablando del Barcelona, otro episodio de avaricia pura y dura lo protagonizan Neymar y su insaciable progenitor y consejero: ante la posibilidad de que el propietario del PSG –árabe y petrolero– se anime a pagar el monto de la cláusula de rescisión que le ha puesto el Barça al brasileño (nada más 222 millones de euros), éste se inventó un pleito en el entrenamiento del viernes con un jugador recién llegado, el portugués Semedo, para fingir un berrinche, arrojar violentamente al suelo la camiseta y dejar hablando solo al entrenador Valverde. “Si Neymar quiere irse, que pague la cláusula de rescisión”, ha dicho por todo comentario Bartomeu, el presidente del club.

 

Mundo de corruptos

Todo lo anterior se da mientras la UEFA intenta frenar el caos financiero y meter al orden a los clubes, en un intento desesperado –aunque extemporáneo y al parecer fallido– de nivelar oportunidades y evitar que el gigantismo económico se trague al deporte del futbol. Mientras se mantenga vigente la posibilidad de que un club tase arbitrariamente el precio de un jugador cualquiera, y éstos sigan siendo cochinos de engorda para sus agentes, no parece evitable que la proliferación de las dobles contabilidades, el lavado de dinero, la metástasis del mercado de las apuestas, la evasión fiscal, los partidos arreglados, los sobornos de todo tipo y el creciente desnivel entre unos cuantos clubes supermillonarios y los de la llamada clase media, sigan dando al traste con el sano espíritu de competencia, y se perpetúe la concentración de los títulos y el gran dinero en unos cuantos equipos de élite.

Símbolo del desbarajuste imperante es el reciente arresto del presidente en funciones de la Liga Española, Ángel María Villar, que ha manejado al futbol español a su antojo durante más de dos décadas, con la bendición de grandes, chicos y medianos. La fiscalía lo acusa de prevaricación, lavado, arreglos de partidos y otras lindezas propias de la globalización de la impudicia, el valor supremo de la época presente.