Violencia contra las mujeres; la saña y la sorna

Marcha por la violencia contra las mujeres en la Ciudad de México. Foto: Juan Fernández

“Después de este evento, la violencia de género de la que solía escuchar en varias instituciones, dejó de ser algo ajeno o lejano a mí. Empecé a notar otro tipo de agresiones que había naturalizado desde pequeña y a reaccionar ante éstas” cuenta Alicia en entrevista a esta casa editorial.

 

Alicia, pseudónimo que ella misma eligió por mantener el anonimato, es una más de las tantas víctimas de violencia hacia las mujeres en México. No es la única. En los meses que van del año 2016, se ha vivido una serie de denuncias y manifestaciones como respuesta a la creciente violencia, agresiones y acoso sexual que viven las mujeres en nuestro país día con día.


 

35 por ciento de las mujeres de todo el mundo han sufrido violencia psicológica o sexual, ya sea impartida o no por su pareja, a lo largo de su vida. Esta cifra corresponde a estudios de la Organización de las Naciones Unidas; sin embargo, la misma institución aclara que existen otros estudios que indican un 70 por ciento de mujeres que han sufrido violencia física o sexual por su pareja en algún momento de su vida.

 

En el artículo 13 de la Ley General de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia se define al acoso como “una forma de violencia en la que hay un ejercicio abusivo de poder que conlleva a un estado de indefensión y de riesgo para la víctima, independientemente de que se realice en uno o varios eventos.

 

Casos como el de Alicia se suscitan todo el tiempo. El pasado 7 de junio, Rosa Margarita Ortiz Macías asegura haber sufrido un ataque mientras iba a bordo de un autobús ETN desde la Ciudad de México, rumbo a San Luis Potosí. A través de un video donde denuncia los hechos, sostiene que fue golpeada y violada por sujetos que subieron a asaltar el camión a la mitad de la carretera.

 

La problemática tampoco es local. Se vive en el mundo entero con cifras alarmantes de delitos sexuales y no sexuales, y se desarrolla en un contexto imperante de violencia de género, estructurado por las relaciones de poder entre hombres y mujeres, dentro de las cuales se ha establecido siempre al hombre como ente superior.

 

El problema de la denuncia a estas agresiones es un gran obstáculo frente a los que se ven las víctimas de la violencia. “Fue horrible denunciar. La misma noche en la que me violaron decidí ir a denunciar. La persona que tomó mi declaración se reía de mis respuestas, porque yo no tenía muchas certezas de lo sucedido; por ejemplo, me estrangularon y quedé inconsciente, y ella sacaba una risita porque yo no tenía idea de cuánto tiempo estuve así o que cómo sabía que me habían violado y yo le respondía que desperté con los pantalones abajo”, comparte Alicia.

 

Es evidente que la pesadilla que viven las mujeres víctimas de la violencia sexual no siempre termina en el momento en que se consuma el acto. Para muchas es incluso peor tener que pasar por un proceso largo y desgastante con fin de hacer justicia: “algo que noto persistente es la burocracia, hace perder mucho tiempo, el cual se vuelve clave para localizar a un individuo que casi logra asesinarme. Además, pareciera que la burocracia se vuelve una estrategia para desgastar al denunciante, en lugar de volver más fácil el proceso”.

 

A pesar de la transformación social que se ha vivido a lo largo de los años, y el supuesto de muchos que consideran que las relaciones entre género se han modificado drásticamente, la realidad que se vive es la de una invisibilización de las relaciones violentas de dominación. Me atrevería a decir que tal vez lo único que ha cambiado son las técnicas, de manera que sea más difícil de percibir este tipo de casos.

 

La violencia de género es definida en la Declaración de 1993 de las Naciones Unidas sobre la eliminación de la violencia contra la mujer como “una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo”. Existen distintas clasificaciones de este tipo de violencia según la forma. Podemos separarla por violencia física, sexual y psicológica, que se puede consumar de manera directa o indirectamente. Pero ésta es sólo una de las muchas diferenciaciones existentes a manera de conceptualizar dicha problemática.

 

La reflexión gira en torno a la violencia contra la mujer y no contra los hombres no por minimizar los delitos cometidos contra estos últimos, sino porque las estadísticas indican cifras mucho mayores para las primeras. 90% de las víctimas de violencia sexual son mujeres. Asimismo, un estudio llamado Las otras víctimas invisibles señala que nueve de cada 10 delitos sexuales contra mujeres son cometidos por hombres.

 

Uno de los delitos que desgastan a la sociedad actual de manera importante son los asesinatos de mujeres. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) registró en 2012 122 muertes “por homicidio doloso o culposo”.

 

Alicia señala haber vivido muchos tipos de violencia sexual, tanto por parte de parejas y por un desconocido. “Este último fue un intento de feminicidio con abuso sexual”, asegura.

 

Para los asesinatos de mujeres existe una diferenciación. Una cosa es el asesinato común y otra un feminicidio. Este último concepto es el delito más grave dentro de la violencia de género. Aquí, el motivo principal del asesinato es la condición de mujer de la víctima. Aunque no hay cifras oficiales sobre el número de feminicidios que se cometen en nuestro país, el Observatorio Ciudadano de Nacional del Feminicidio señala que son 6 las mujeres asesinadas cada día en México.

 

Específicamente en Puebla, el inicio de este año ha sido el más violento desde hace más o menos medio siglo. De enero a la fecha, se han cometido 41 feminicidios en el estado, más que en todo el 2015, que se perpetraron 37.

 

Debido a las cifras altas de violencia ejercida contra las mujeres en todo el mundo, ésta ha sido tipificada desde hace tiempo como una pandemia. Sin embargo, según datos de la Organización de las Naciones Unidas, una de cada tres mujeres sigue padeciendo violencia física o sexual en su vida diaria.

 

Para Alicia lo más difícil fue reincorporarse a la vida y a sus círculos sociales. “En realidad siento que nunca logré hacerlo, sino que tuve que regenerar varios vínculos y desechar otros tantos, porque yo ya no me sentía la misma persona. A veces me sentía juzgada u otras victimizada, lo cual me molestaba. Lo más difícil ha sido dejar de ser la representante de mi agresor, ya que él ha quedado en el anonimato.”

 

Ola de protestas estudiantiles

 

En los últimos meses, se han desencadenado una serie de manifestaciones de denuncia realizadas por estudiantes contra profesores que acusan por acoso y abuso sexual. El pasado 29 de mayo en la Ciudad de México, un grupo denominado Las hijas de la violencia irrumpió en la presentación de una obra en el Teatro Enrique Lizalde para denunciar de acosador y violador al director teatral y profesor Felipe Oliva Alvarado.

 

En esta entidad, estudiantes de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP), crearon un movimiento contra el comportamiento de los profesores, que califican de misógino y machista. Este grupo promueve que los profesores se capaciten, no sólo en materia académica, sino también en cuestiones de perspectiva de género y derechos de la mujer.

 

Por otro lado, en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, también en la Ciudad de México, ha causado gran polémica un muro levantado por alumnos que denuncian el acoso que afirman haber sufrido por parte de algunos profesores de dicha universidad.

 

Esta cadena de denuncias y protestas ha generado un amplio debate, tanto dentro de los grupos que luchan contra el acoso sexual como por parte de los profesores señalados. Los últimos, y sus defensores, cuestionan la fiabilidad de dichas denuncias al no tratarse de procesos llevados a cabo legalmente.

 

Los grupos que aseguran haber sido víctimas del acoso de dichos profesores, por su parte, defienden su denuncia bajo el argumento de la dificultad para llevar a cabo este tipo de procesos legales en nuestro país, además de la incapacidad de consumar los mismos después del trauma que representa haber vivido ciertos actos de acoso y abuso sexual.

 

En este contexto de protestas en el país resulta absurdo que las soluciones propuestas por el gobierno sean métodos como el muy sonado silbato anti-corrupción propuesto por el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera.