Un día antes y un día después

Las elecciones sirven, entre otras cosas, para que no nos agarremos a trancazos todos los días, siempre y cuando se resuelvan bien, es decir, que haya un buen arbitraje y que los resultados sean aceptados de más o menos buen grado por todos. De otra manera pueden volverse la causa de un conflicto de mayores proporciones. Por eso apoyo las iniciativas como la de “el día después” de Diego Luna y otras personalidades, aunque sean más que nunca llamados a misa, pues los factores que deciden la suerte del proceso electoral no incluyen por ahora, e infortunadamente, a la sociedad civil o a la calidad moral de algún grupo.

AMLO presume que tiene domesticado al tigre, pero que si lo sueltan, él no se hace responsable. Hay que reconocerle que ha sabido mantener el descontento social en los cauces de un movimiento político electoral que hoy tiene las más altas probabilidades de triunfar. Sin embargo, el tigre más peligroso no es el enojo de la sociedad contra el mal gobierno. El más peligroso es el ambiente de violencia que ha creado el crimen organizado y la guerra como estrategia del Estado para enfrentarlo. Por eso, de no resolverse bien el proceso electoral, la violencia fácilmente puede desbordar los cauces del enfrentamiento criminal, y contra los criminales, y volverse civil y generalizada.

El ambiente impuesto por la violencia, al que ya nos acostumbramos, inspira a muchos a resolver sus conflictos de esa manera. La impunidad lo permite. Por eso hoy el contrato para matar sale más barato que una botella de mezcal.


Varios son los protagonistas del proceso electoral: los partidos y sus candidatos en sus campañas proselitistas; los ciudadanos debatiendo entre las propuestas; el INE y los tribunales tratando de mantener el orden; pero también los billetazos y los balazos.

El que no aparece es el gobierno. El país vive el proceso electoral asolado por el crimen. La impunidad ha llegado a extremos escandalosos. Si no se puede juzgar al Presidente por actos de corrupción, sí merece el juicio por omisión. O qué ¿acaso no hay un responsable por tantos crímenes? ¿Múltiples asesinatos asociados al proceso electoral nos dejan indiferentes? ¿Dónde está el procurador de justicia? Quién sabe. Por ahí anda un encargado del despacho. La impunidad tiene un aliado: la complicidad de todos los partidos. Hasta el que tiene más probabilidades de ganar ya ofreció la amnistía a los corruptos. A los omisos los omite. Si no persigue a los corruptos y a los omisos  de antes, entonces ¿sólo perseguirá a los de su propio gobierno?

La situación es muy grave. El gobierno, con la complicidad del resto de la clase política, se encuentra prácticamente paralizado en su responsabilidad de procurar la justicia. El resultado es la impunidad casi absoluta para los criminales de todo tipo. El pacto de impunidad denunciado por muchos funciona a plena luz del día. No importa que las víctimas incluyan a candidatos y funcionarios de todos los partidos. El camino para llegar al poder ya está despejado. Lo demás es lo de menos.

El gobierno se dedicó a impulsar a su candidato, golpeando sobre todo al segundo lugar y, con ello, fortaleciendo la carrera del puntero. A su vez, el primer lugar ofreció no perseguir a las cabezas de la “mafia del poder”, para tranquilizarlos, obteniendo así una gran ventaja estratégica respecto de los demás. “Tranquilos, no es mi móvil la venganza”, se ha cansado de repetir AMLO. Por eso Anaya denunció la existencia de un pacto entre Peña y AMLO. Y si nunca lo formularon o suscribieron en lo obscurito, ahí está, como resultado práctico, a la vista de todos.

Como quiera que sea, la combinación entre la parálisis o la incapacidad del gobierno, junto con la amnistía ofrecida por el que tiene más probabilidades de triunfar, han creado el marco más adecuado para la generalización de la impunidad.

Por eso, de ganar AMLO, el día anterior será muy parecido al día después de las elecciones. Y no me refiero a que vendrán varias semanas de protestas e impugnaciones sobre los comicios y sus resultados en varias partes del país o de la propia presidencia. Pero si los márgenes de la ventaja en las encuestas se mantienen en la realidad, muy pronto el proceso electoral llegará a su final más o menos institucional y reconocido por todos.

Pero quedará lo demás. La impunidad y la corrupción habrán engullido en lo fundamental al que se dice campeón en su combate. En los meses posteriores a la elección la impunidad será respetada para preparar la entrega recepción del gobierno. Ya en el poder seguramente se llevarán a cabo algunas acciones contra varios personajes indiscutiblemente corruptos, las que serán iluminadas hasta con fuegos artificiales. “La corrupción será barrida de arriba abajo de las escaleras, como debe ser”. Sin embargo, la debilidad moral de quien olvida el accionar impune y corrupto del principal responsable del gobierno anterior se convertirá en debilidad política y pronto dará lugar a una lucha intestina entre sus propios partidarios que a su vez, debilitará más la moral y la política del nuevo gobierno.

¿Con qué fortaleza se combatirá entonces a la violencia y a la inseguridad, a la pobreza y a la desigualdad?

No dudo que la misma noche del 1º de julio, AMLO, de ganar claramente, llamará a la reconciliación nacional. Y habrá que tomarle la palabra. Y habrá también que apoyar todo aquello que corresponda a la prometida regeneración moral y política de la Nación. Pero me temo que la ruta que siguió para llegar al poder ha llenado de minas el terreno para su posterior ejercicio. Y si a ello agregamos las contradicciones internas en su movimiento y la polarización a que convoca su plataforma de echar para atrás las reformas estructurales, el pronóstico no puede ser más que reservado. Y eso que falta agregar la compleja situación internacional. Entonces aparece, además del terreno minado, la tormenta perfecta. Me cae que preferiría mil veces estar equivocado y, con optimismo, mantener la esperanza. Pero no veo que la lucha contra la pobreza y la desigualdad, la violencia y la inseguridad, por la justicia, la libertad y la democracia tengan ni el rumbo cierto, ni el movimiento congruente y con fuerza, ni un liderazgo lúcido. Veo al aprendiz de brujo y sus escobas, al tigre hambriento y al cielo sumamente nublado.

No tengo ninguna fobia contra Morena y su dirigente. Muchos amigos y seres queridos están con esa esperanza. Por afecto desearía que las cosas les salieran bien. Ese es mi único interés. Ni siquiera tener razón me importa. Igual me equivoqué hace meses diciendo que íbamos a elegir al tercio mayor y AMLO ha rebasado claramente a los demás. Sólo escribo lo que veo. Y lo que veo lo dije al principio de mis colaboraciones este año. Viviremos con el triunfo de Morena la experiencia que nos faltaba en el país. Entonces tocaremos fondo de a de veras. Y quizá entonces podamos impulsarnos nuevamente para no ahogarnos. Por lo pronto a votar el domingo.