Un comunista en calzoncillos

Existen verbos cuyas connotaciones se vuelven trágicas en determinados tiempos. Desaparecer, es el caso. Hasta antes de los años de las dictaduras del cono sur, éste se utilizaba “sin pensar en su significado más atroz, más aberrante”. Llegado el terror, no hubo ciudadano argentino, uruguayo, chileno, brasileño… que no se lo pensará dos veces al momento de incorporarlo a su vocabulario. Tampoco los niños y niñas, como lo recrea Claudia Piñeiro (Buenos Aires, 1960) en Un comunista en calzoncillos, una personal novela que circula en nuestro país.

Dije personal, aunque quise decir personalísima. Sin que ello sobresalte al lector. Puesto que Un comunista…, historia que vuela hacia los más añejos recuerdos de la protagonista, a la vez su autora, se sostiene y proyecta en el entendimiento de los significados infantiles, más bien escasos —sino es que únicos—, y en especial en el de la observación del padre.

“Centro de mi mundo”, sí. Pero también corazón de las hechuras literarias de Piñeiro; de ese conjunto de libros que de lo más privado saltan a la colectividad (Las viudas de los jueves, Elena sabe, Las grietas de Jara, Betibú y más).


En novelas como Un comunista…, de estructura moderna y propositiva, los recuerdos de la autora juegan un papel central. Pero no como registros exactos, que bien pudieran serlo, sino como elementos que al ser recuperados nos muestran diferentes caras. Decisión de Piñeiro que se afirma en tantas otras, como lecturas posibles, abiertas. Quizás por esto el juego de cajas chinas. Las infinitas cajas chinas de la literatura, de esta nueva novela y de la memoria.

“Alguna vez que le pregunté a mi madre si de verdad mi padre era comunista, ella me contestó: Déjalo que se lo crea. Y él no sólo se lo creía, sino que además nos lo recordaba cada vez que podía. Un comunista declarado, enfático pero no practicante, la opción más absurda: correr los riesgos de decirlo sin haber hecho ningún acto heroico que justificase estar en peligro. Ni siquiera pegar un póster en la pared. Un comunista en calzoncillos”.

“El recuerdo”, dice Piñeiro al final de la historia, “puede ser falaz, una mezcla de datos ciertos en inciertos que se fusionan casi como en un sueño. Y al que muchas veces nos resistimos a contradecir y modificar aunque una foto, una nota periodística o los recuerdos de otras personas o de otros tiempos los pongan a prueba. Porque los recuerdos son nuestros, entonces en ellos no hay verdad ni mentira. Recuerdos encubridores”.

“Si el comunismo de Rusia mandó al local a apoyar a la dictadura, mi padre jamás se dio por enterado. O, aunque lo hubiese sabido, él no era un comunista incondicional y ortodoxo. ¿Era comunista? Un comunista romántico, del Che en Bolivia, de la selva, de Cuba. Utópico, como todos los comunistas en calzoncillos”.

La niña de aquel Buenos Aires de los setenta recordará al comunista que fue su padre, un comunista en calzoncillos, para volver a mirarse en la vida: “sucesión de actos miserables interrumpidos por unos pocos y pequeños actos heroicos” y donde, en “el promedio de todos ellos”, logrará sentir esa cosa llamada dignidad. “Donde queremos que al menos un testigo nos sepa dignos. Aunque no lo seamos”.

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(Claudia Piñeiro participará en las actividades del Tercer Festival Internacional de Novela Negra Huellas del Crimen, a efectuarse del 6 al 9 de septiembre en la ciudad de San Luis Potosí, donde también estarán John Connolly, Evelio Rosero, Rosa Ribas, Vicente Alfonso y más escritores internacionales y nacionales practicantes del género).

Claudia Piñeiro, Un comunista en calzoncillos, Alfaguara, Argentina, 2018, 198 pp.

@mauflos