Tonatiuh o el Estado juvenicida (Parte I)

Voy por la línea 9, de Pantitlán a Tacubaya y, como sucede cotidianamente, suben los vendedores pregonando sus mercancías. No resulta extraño que de la terminal a la estación Velódromo suban uno tras otro 3 niños vendiendo lo que en la economía informal se le conoce como cháchara. El primero, un niño de unos 10 años, vende  Bubulubus, 2 por 5 pesos; el segundo es un niño de aproximadamente 12 años, con el uniforme de su escuela puesto anuncia a todo pulmón ¡Colpa estilo militar, que le sirve como bufanda, pasamontañas y gorra, de 20 pesos, llévela, llévela!… La tercera es una adolescente de unos 15 años vendiendo audífonos para el celular de 20 pesos, o si lo prefiere pastillas para la tos hechas con propóleo, miel de abeja, saúco y gordolobo, a 5 pesos la bolsita.

Es un hecho que el mercado ofrece productos para todos los bolsillos. Sin embargo existe otra mercancía que se agrega a la venta de estos artículos, y es el trabajo de las personas, gente en condición vulnerable que sale desde temprano a vender los productos esquivando los operativos que los cuerpos policíacos lanzan contra los llamados vagoneros. Y resulta que estos niños y jóvenes a quienes el Estado debería garantizar por principio una educación laica y gratuita, se ven obligados a dejar sus estudios, o complementarlos de manera tan riesgosa y miserable.

Nosotros, como sociedad, hemos hecho de la resignación una venda para mirarlos sin observar detrás de sus rostros morenos y llenos de vida, un presente miserable y un futuro peor. La vergüenza ya no alcanza nuestras caras; no esquivamos su mirada sabiendo que les hemos fallado como sociedad, y nos sentimos más aliviados cuando les compramos algo pensando que así ya pusimos con “nuestro granito de arena” para aliviar su condición. Estos niños y jóvenes están condenados como esclavos para la muerte en un sistema que los asesina sistemática y persistentemente.


Lo anterior lleva a pensar en la semejanza que guarda el presente Estado con el que mantuvieron los aztecas, previo al contacto con los españoles. Un estado militarista, sostenido por guerras floridas (ahora contra el narco), que toma cautivos de otros pueblos (ahora del mismo pueblo pero de la condición más pobre), donde los esclavos antes de su muerte gozaban de los placeres terrenales (como sucede con los jóvenes metidos al crimen organizado) para alimentar mediante  el sacrificio (hoy es el asesinato como castigo ejemplar por parte del gobierno y sus cárteles) a la deidad solar de rostro flamígero y lengua de obsidiana que bebe la sangre de los sacrificados (hoy es un Estado que exige aceptar la muerte como algo normal), y donde los cráneos de los sacrificados son utilizados para construir el gran muro de cráneos llamado Tzompantli (hoy en las estadísticas que el gobierno lanza) para construir esta fascinación temerosa en la población.

Los jóvenes del pueblo son los cautivos, expuestos a la economía informal o criminal que los lleva a la muerte, y que en cualquier momento pueden ser condenados a la piedra sacrificial del aparato policíaco-militar y del llamado crimen organizado. Sus cuerpos son tirados por las escalinatas del templo para servir de alimento a los carroñeros de los medios oficiales y sus charlatanes que se presentan como videntes de la vida política y social.

 Tonatiuh o el Estado juvenicida (Parte II)

La sed que el Estado mexicano tiene por la sangre joven no para ahí pues corresponde a la llamada economía criminal, en la que se encuentra inmerso en una red global que trafica drogas, personas, órganos, vida silvestre y armas, además del lavado de dinero. Según la ONU, en 2009 representó el 3.6% del PIB mundial, mientras que el lavado del dinero por ese tráfico significó un 2.7 del mismo, o sea un total del 6.3% del PIB mundial, pero estas cifras tienden a crecer pues los gobiernos, lejos de frenar este tipo de actividades, se articulan de maneras sofisticadas a dicha economía.

Pero no nos engañemos, esta economía criminal no es más que el rostro oculto del capitalismo neoliberal que impera en el mundo, monetarizando todo a su paso.

Las vidas jóvenes, cuando no son engranes de esta máquina de muerte, son mercancías que transitan por regiones inmensas y cruzan fronteras para llegar a los mercados donde son consumidas (literalmente) hasta extinguirse de manera brutal e inhumana.

Así, el Estado mexicano sobresale tanto por ofrecer un nivel de vida miserable gracias a los sueldos insignificantes y condiciones cada vez más precarias de trabajo, como por hacer con la corrupción un suelo fértil donde crece la economía que le pone precio a la vida de la población para satisfacer las necesidades y gustos de las élites.

Este mercado que sustenta el placer de unos cuantos gracias al sufrimiento y la vida de la gran mayoría ha desarrollado también entre los de abajo expresiones ideológicas que justifican el desdén por la vida, digna y valiosa, y exacerban la muerte mediante cultos, lugares, efigies, figurillas, tatuajes, música y toda la parafernalia de quienes se la juegan día con día para tener aquello que por la vía legal no logran conseguir.

Como los guerreros cautivos, elegidos para el sacrificio, los jóvenes que entran al circuito de la economía criminal, gozan de los excesos de los placeres terrenales sabiendo de la inminencia de su muerte.

¿Y qué decir de los más jóvenes? Las desapariciones de niñas y niños no se consideran como tales, calculando en 50,000 desapariciones de infantes al año que permanecen silenciadas por el poder y se consideran como personas faltantes, pero no desaparecidas. Hay un trasfondo político en esta y todas las desapariciones, pues no se dan en circunstancias aisladas; son desapariciones sistemáticas auspiciadas, toleradas y encubiertas por las autoridades.

El reciente asesinato de dos niñas de 14 y 16 años, en Río Blanco, Veracruz arroja luces sobre la impunidad con que actúan los cuerpos policíacos y la indolencia de las autoridades sobre el tema. Ellas merecen ser nombradas y su historia, brevemente mencionada: las hermanas Nefertiti y Grecia Camacho Martínez salieron al cine, pero ya no regresaron. La versión policíaca las señala como criminales y sus cuerpos aparecieron con el tiro de gracia de acuerdo con testigos. Las fotos que circulan en las redes muestran a una de ellas sometida, sentada sobre el asfalto de la carretera; otra foto expone el cuerpo de la misma niña sin vida, desangrada y boca abajo.

Este es el nivel de violencia y desprecio por las vidas jóvenes, en un país cuyo tejido social se ha desintegrado tanto que se asesina por unos cuantos pesos o por el simple ejercicio del poder, en manos de gente envilecida, uniformada o no, armada con fusiles del Estado o del Narco (deidades gemelas que se dan la espalda pero no se separan) sedienta más de dinero que de sangre. Estos oficiantes de Tonatiuh riegan la tierra con sangre de inocentes, diseminando el temor entre la población, con un mensaje claro “Si protestas, el siguiente eres tú”, pero tal vez esta forma de mantener el control llegue al punto de romper con el miedo impuesto por esta guerra contra el pueblo y se transforme en coraje que reúna, dialogue y organice la defensa de todas y todos. 

Zarco

 La lucha sigue: de un lado, los acaparadores de tierras, los ladrones de montes y aguas, los que todo lo monopolizan, desde el ganado hasta el petróleo. Y del otro, los campesinos despojados de sus heredades, la gran multitud de los que tiene agravios o injusticias que vengar, los que han sido robados en su jornal o en sus intereses, los que fueron arrojados de sus campos y de su chozas por la conducta del gran señor, y que quieren recobrar lo que es suyo, tener un pedazo de tierra que les permita trabajar y vivir como hombres  (y mujeres) libres, sin capataz y sin amo, sin humillaciones y sin miserias.

El general Emiliano Zapata

(Manifiesto “Al pueblo mexicano” Ejército Libertador, 29 de mayo de 1916)

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