¡Tómala, teutón!

Momento en que Hirving el Chucky Lozano festeja su gol ante la selección campeona del mundo

Vivimos un primer tiempo de cuento de hadas y un segundo de película de terror. Pero terror controlado, resistido y al cabo vencido. Porque el Tri nos dio una lección a todos. A los que descreíamos del temple de estos jugadores. A los que le negaban a Osorio el pan y la sal. A los que pensaban que Alemania era inexpugnable y había que concentrarse en los otros dos partidos (hasta hubo comentarista –entre los cientos que en estos días pululan como hongos– que habló de la conveniencia de poner un “equipo mixto” con la misión de encerrarse, evitar la goleada y mantener fresco al cuadro titular para Corea y Suecia). Para unos y otros, el chasco fue monumental. El chasco más feliz en la historia del futbol mexicano.

De antología. México se dejó sentir de entrada: al minuto 3 llegaron combinando hasta las barbas de Neuer –cruce providencial de Boateng sobre el Chucky– y le metieron angustia en el córner resultante. A ese aviso replicó Kimmich con fuga en velocidad y tiro cruzado que no inquietó a Ochoa. Y de ahí en más, puro timbal azteca. Era el toque rápido y certero pero también el ardor para obstruir y recuperar balones. Al cuarto de hora, el desconcierto era todo alemán. Intentaron probar rematando de media distancia y Ochoa respondía sereno y firme. Cada centro al área nuestra lo resolvían ¡por alto incluso! los zagueros mexicanos, perfectamente escalonados. Y el Chícharo y Lozano no dejaban de inquietar adelante, porque Vela, desatado, manejando el balón como maestro, los proyectaba sobre el área germana con el talante agudo y sutil de sus días grandes. Sustentaba el andamiaje un excepcional Héctor Herrera, manejando balón y equipo para administrar la salida y explotar los huecos que se generaban en la sorprendida zaga teutona. Impecables Salcedo y Gallardo sobre las laterales, mientras Moreno –sobresaliente– y Ayala mantenían sin parque a Müller y Werner, y Guardado y Layún no paraban nunca. Todo el engranaje funcionando como reloj de precisión. Pero reloj con alma.

La explosión. En el minuto 34 Moreno recuperó un balón en el primer tercio propio, por izquierda, combinó con Gallardo y este con Guardado, que proyectó a Hernández –todo a primer toque– quien condujo un poco antes de filtrar de maravilla para la entrada de Lozano como puntero zurdo; el Chucky pisó el área, recortó hacia afuera a Özil y, anticipándose al cierre de Hummels, la puso contra el palo derecho de Neuer para sacudir la red. ¿Sería posible, a partir de ahí, aguantar el chaparrón? Kross, de tiro libre, estuvo a punto de empatar en seguida –Ochoa y el larguero lo impidieron–, pero México no se asustó y empezó a tocar balón con desparpajo. Técnica, inteligencia y solidaridad resultaron la mejor receta para alcanzar la playa del descanso sin más inconvenientes.


Tensión, cambios y zozobra. Hasta ahí, el trabajo del equipo y su entrenador había sido de dejar boquiabierto a cualquiera. A los germanos, en primer lugar. Pero el Tri abordó el complementario en prudente repliegue (o es que lo fueron echando atrás entre el campeón del mundo y la fatiga). Osorio cambió a Vela por Edson, a Lozano por Jiménez, a Guardado por Márquez. Löw echó mano de cuanto elemento ofensivo tenía a su alcance –Gomez, Reus, Brandt–. Y Alemania se volcó sobre el área nuestra. Aunque México tuvo aún coraje y piernas para comprometerlos de contragolpe, le faltó acierto para liquidar el partido –el Chícharo y Layún lo tuvieron y lo desaprovecharon. De un balón perdido inocentemente por Raúl Jiménez derivó la mayor aproximación alemana, un peloteo infernal en el área, rematado por Brandt con obús que pasó a milímetros del ángulo superior derecho de Ochoa. Si el cansancio rebajó la intensidad de los marcajes, el espíritu de los Verdes nunca flaqueó. Al final, hasta Neuer se paseaba por el área mexicana buscando cazar algún córner. Finalmente, el silbatazo final del persa Fagheti –de buen arbitraje– liberó todos los miedos y certificó la victoria.

México le había ganado al campeón del mundo. Lo había hecho ver como un equipo físicamente poderoso pero futbolísticamente atado por el superior planteamiento azteca.

Antecedentes. México había abierto ya una participación mundialista midiéndose con el campeón defensor. Fue en Viña del Mar, Chile, y si bien resistió a Brasil 56 minutos, sendos goles de Zagalo y Pelé terminaron por inclinar la balanza del lado brasileño (31.05.62). Fue ese el mundial en que se derrotaría al futuro subcampeón (3–1 a Checoeslovaquia, 07.06.62). En la World Cup 66 nos medimos, en ronda de grupos, con quien finalmente se coronaría, (0–2 Inglaterra, 16.05.66). Allí mismo, en Wembley, un día de la madre y en partido amistoso, había sufrido México la peor goleada de su historia (8–0 el 10 de mayo del 61).

Futbol en estado puro. Lo fue también el España–Portugal, con aciertos y errores pero sin renunciar nunca a la grandeza. A la apuesta por la calidad, a la fe en las virtudes propias –tan distintas en uno y otro cuadro–, a la habilidad de los que saben, a la generosidad en el esfuerzo. A todo eso que se traduce en alternativas, incertidumbre y emociones sin parar por obra de 22 hombres entregados a lo suyo como si fuera lo último en la vida. Justamente el extra exigible de un mundial, que hispanos y lusos nunca regatearon. Se discutirá la limpieza del triplete de Cristiano, pero no que CR7 haya buscado eso y más. O si a España le alcanzará con ese toque fino y sostenido para regresar a la cima del mundo. O si el penal lo fue, y si De Gea se equivocó dos veces o solamente una, o si Hierro enseñó el cobre o Portugal abusó del contragolpe.

Pero todo eso es lo que hace grande a este deporte. Partidos como el de ayer en Moscú o el viernes en Sochi, en los que a nadie se le ocurrió ponerse a hacer la ola porque nadie quiere distraerse un segundo cuando tiene delante espectáculos tan alucinantes.

Argentina y el muro vikingo. ¿Messi ser de otro planeta? ¿Islandeses con hielo en la sangre? Más bien Messi más mortal que nunca, ofuscado su empeño por la impecable marca de unos guardianes indómitos, implacables. ¿El penal lo falló Lio o lo defendió Halldorsson lanzándose al balón como tigre en celo? Lo cierto es que más de un penal debió marcarse y que el VAR volvió a callar. Pero el hecho es que Islandia posee una fe tremenda en sus recursos y se plantó atrás con una decisión admirable. Contó, claro con la lentitud y falta de ideas de los ches, pero esto estaba ya anticipado en la estrategia de los isleños, que salieron resueltos a establecer una superioridad numérica permanente. Qué diferencia con el tembladeral que era la defensa sudamericana, atenida al esfuerzo de los “viejos” Mascherano y Otamendi, y haciendo agua a la menor provocación. Así cayó el empate, y de milagro se salvaron de alguno más, pese a que Islandia atacó poquísimo.

Que Argentina mereció ganar, qué ni qué. Que no supo cómo hacerlo, indiscutible. Y que, pese a Messi, carece de equipo para llegar lejos, otra verdad irrefutable.

Comparsas. A nadie extrañó que Arabia haya presentado un combinado poco menos que escolar, con el que Rusia –con poco– se ensañó casi sin querer en la inauguración. En cuanto al mito del caballo negro africano, se le puede dar por muerto y sepultado: ante Irán, Marruecos regaló goles a pasto adelante y se autoinmoló al final con un autogol de bandera; y Nigeria ha perdido por completo el encanto que alguna vez tuvo, degenerado en un futbol pedestre y chocador, capaz de ingenuidades como la que provocó el penal convertido por Modric –el que anotó Etebo en propia meta fue un accidente– para poner a Croacia en la punta del Grupo D aprovechando el atasco de Argentina.

En fin, que los equipos periféricos siguen obteniendo sus dosis más alta de felicidad cuando califican a un mundial y sus turistas seguirán animando la grada, pero una vez en competencia son presa fácil. De sus eventuales contrarios y hasta de las circunstancias.

VAR presente. Sí, pero también intermitente. Funciona, pero no aclara todas las turbiedades que hay en un partido. Por ejemplo, el empujón de Zuber sobre Miranda en el gol con que Suiza le empató a un Brasil tibio y decepcionante. Francia, en cambio, tiene bastante que agradecer a los varistas, no quiero pensar que porque enfrentaba a un adversario tan secundario –pero tan garrudo– como Australia. Y que Perú haya desperdiciado otro penal del que el VAR avisó oportunamente tampoco es culpa de la tecnología, sino del pésimo disparo de  Cueva, que terminó por ofrecerles el partido a los daneses en charola de plata. Por cierto que si alguien mereció ganarlo fue el conjunto incaico, cuyo toque de frescura futbolística no se reflejó en el marcador.

En fin, ya veremos si sobre la marcha se van superando las inhibiciones del primer fin de semana. Porque si algo urge es que el VAR mejore, para que se afiance y justifique.