Todos sabemos quién perdió

Este domingo 1º de octubre es divisible en dos tiempos verbales: votarem y hem votat. Entre estos dos yacen muchas más voces, muchas más consignas, una sorprendente organización civil, más de 800 heridos por el intento policiaco de frenar la votación en los colegios electorales, un gran número de desafortunadas declaraciones políticas y el sentimiento generalizado de que algo se ha roto de manera irreparable. Se trata de dos tiempos verbales gritados en las plazas, escritos en las pancartas, consignados en las redes sociales y suficientes para entender lo que antecede a este día y para suponer lo que vendrá.

Votarem fue la advertencia catalana a un Estado español que, mediante la Corte Constitucional, ha negado la posibilidad legal de consultar a la ciudadanía si deseaban o no continuar siendo parte de España. El deseo de independencia, característicamente multiforme y de larga historia, se abrió una puerta más concreta en 2006 cuando el Govern, encabezado por Artur Mas, y el Parlament Català impulsaron un nuevo régimen de autonomía, de mayor alcance que el conseguido en 1979 al fin del Franquismo. La iniciativa fue aprobada por el Parlamento Español, pero el Partido Popular (PP) recurrió a la Corte Constitucional Española y, luego de cuatro años de proceso, consiguió que el texto original fuera significativamente recortado.

Desde 2010, el conflicto fue en escala hasta llegar a lo que hemos visto la última semana. La convocatoria al Referéndum, emitida en junio de este año por el ahora presidente catalán Carles Puigdemont, iniciaría la cuenta regresiva del mecanismo que ayer hizo explotar la bomba. Mientras menos eran los minutos restantes, el votarem fue hinchándose no nada más como una advertencia al Estado, sino como un motor de organización cívica y autónoma que se tomó en serio la consigna. Sorprende, por ejemplo, la ocupación vecinal de los colegios; la noche del sábado, en la escuela L’Arenal de Llevant del Poble Nou, niñas y niños jugaban, como todos los niños de Barcelona, a ser Messi en la cancha, donde también era erecto uno de los famosos castells entre padres de familia bien fajados. En las aulas, las colchonetas habían sido dispuestas para pasar la noche, resguardando el recinto para tener, al día siguiente, dónde votar. Era una fiesta de barrio que los preparaba para la guerra.


A esas familias los recibió la madrugada con una profusa lluvia en medio de la oscuridad que esta ciudad rompe con sus focos ámbar. Como la hora había llegado, la entrada grande y amable de la escuela, la de la cancha, estaba cerrada. El acceso eran las puertas principales, del tamaño que permite controlar el acceso y salida de los alumnos. A las cinco a.m. llegaron los primeros para cantar el inicio de la batalla y celebrar la casualidad de que fuese, también, el día internacional de la música. Desde ese momento, los colegios fueron flanqueados por los ciudadanos, inicialmente para esperar el inicio de la votación, que tuvo lugar hasta las 9 de la mañana, luego para mantener un aforo que resistiera la llegada de la policía.

El gobierno español multiplicó la presencia de las llamadas fuerzas del orden en toda Cataluña, aunque principalmente en Barcelona. Como tantos uniformados no cabían, fue necesario rentar tres barcos, uno de ellos adornado con personajes infantiles, por ejemplo el afamado Piolín, ahora ícono de la revuelta. Los trabajadores del muelle se negaron a suministrar los barcos, mandando un claro mensaje de resistencia ciudadana a esa violenta amenaza. El gobierno de España no ha conjurado consignas como la del votarem, pero ha sabido desplegar un firme discurso de autoritarismo que no estaba dirigido a los gobernantes catalanes, con quienes mantenían el conflicto en las declaraciones mediatizadas, sino a la ciudadanía; la policía estaba ahí para quienes fueran a votar, porque los toletes siempre han funcionado contra quienes ponen el cuerpo.

Foto tomada de http://www.goal.com/
Foto tomada de http://www.goal.com/

El votarem fue poner el cuerpo por delante, en familia, con los vecinos, en carriolas y en sillas de ruedas. La madre del Pep, que a sus 97 años ya no sale de casa, ha bajado en esta ocasión para votar. Mi prima Iolanda llegó con la hermosa Aina de apenas dos años a la urna de su colegio. Las personas mayores que fueron a sufragar salieron entre aplausos y algunos de ellos con lágrimas; son los viejos a quienes el Franquismo les prohibió hablar en catalán, los que vieron a tantos otros tenerse que ir de su país y que, probablemente, ahora sienten el Referéndum como una suerte de venganza. Incluso ha estado el hombre que ha llegado a votar con la bandera de España amarrada en la cintura, la más franquista, la que tiene el toro negro en su centro; a él también se le aplaudió. Las redes sociales abastecen de estos documentos, entremezclados con lo que más ha resonado: los golpes policiacos a la ciudadanía.

Foto tomada de http://www.abc.es
Foto tomada de http://www.abc.es

El votarem es un tiempo verbal pero también es el primer momento de esta historia, cuando nadie sabía qué iba a pasar y todos se preparaban para que pasara. Como latinoamericano, esperaba que la policía entrara por la puerta del departamento donde se me alberga, pero en Cataluña nadie parecía suponer algo tan grave. Y aunque ello no ocurrió, lo que sí vivieron les fue igualmente sorprendente. Otra vez las botas del policía sobre un cuerpo sin armadura. La única proporcionalidad que se vio ayer fue en la repartición de golpes a gente de toda edad. Como mexicano, en estos casos uno teme a que las mujeres sean subidas a camiones oficiales y violadas con condones en el trayecto a la cárcel. Esto tampoco pasó, pero la ignominia permanece como una dolorosa constante mundial.

Foto tomada de Facebook
Foto tomada de Facebook

Especulo que, hacia el medio día, el gobierno español se dio cuenta del capital político que había perdido a nivel internacional. La tarde fue mucho menos violenta que la mañana. Las casillas que no se habían llevado dejaron que fueran contadas. Afuera de la secundaria Miquel Tarradel, a un par de cuadras del Museu d’Art Contemporani, en el Raval, la multitud se arremolinó para esperar el cierre de la jornada. En el balcón de un hostal, los jóvenes turistas transformaron sus sábanas en carteles de apoyo que rezaban la sencilla frase, “We are with you, Catalunya”, y adornaban la escena con música que los catalanes bailaban en la calle y que también callaban cada vez que alguien se asomaba por la puerta de la escuela para dar algún anuncio del conteo.

Al fondo de la calle dels Àngels, sólo los Mossos d’Esquadra, la policía catalana, resguardaban el sitio. Cuando una de sus patrullas se fue, la gente la despidió con aplausos. Luego de ver las imágenes de los Mossos enfrentándose a la Policía Nacional, Cataluña asumió que no sólo sus bomberos estaban con la ciudadanía, sino, al final, también su policía. Supongo que el cálculo no fue complicado de hacer: viendo la seriedad de la rebelión, en una futura autonomía habrían quedado como quienes traicionaron al pueblo en el proceso de independencia; como dije antes, las cosas parecen ir en serio y los Mossos lo entendieron a tiempo. Del mismo modo, el gobierno español no se equivocó en mandar a su policía; la posibilidad de que los catalanes se sumaran a su pueblo no era poca. La unión se vio anoche simbolizada por una chica que llegó a abrazar efusivamente a tres Mossos parados a la distancia de la multitud ahí congregada.

Foto: La Jornada
Foto: La Jornada

Entonces, mucho después de lo previsto, abrieron la puerta de la secundaria. Un discurso inaudible fue la antesala de un tronar de aplausos y gritos. Cuando las urnas de plástico salieron vacías en manos de los voluntarios que fungieron, fuera del estado de derecho, como reguladores del conteo electoral, la gente saltó y se empezaron a abrazar. Todos gritaban, Hem votat. En el balcón de los guiris, L’estaca de Lluís Llach, que en su momento fuera casi un himno anti-franquista en Cataluña, comenzó a sonar. Siguió sonando más tarde en la Plaça Catalunya, al final de todo, cuando la gente se balanceaba abrazada cantando a Llach frente a la pantalla gigante donde Puigdemont, hacía unos momentos, había dado el anuncio de la resolución de la jornada y convocaba la intervención de Europa (una fundamental variable en esta ecuación).

El votarem es la respuesta obvia a los intentos de dominar, desde el signo de lo idéntico, la multiplicidad de realidades que, en este caso, están incluidas dentro de este territorio peninsular. Esta España, después del Al-Andalús, ha sido escrita desde Castilla y su discurso siempre pretendió la conformación de una identidad que no proviene de las varias particularidades sino del régimen de lo Real, así, con mayúscula, porque refiere a la figura del soberano. El momento más radical de este proceso fue sin duda el Franquismo; ayer, el gobierno de Rajoy evidenció que ni siquiera es capaz de cumplir con la radicalidad de esa dictadura (su procedencia), puesto que, a pesar de los miles de heridos, no cabe duda de que los catalanes han vencido, no necesariamente con su autonomía en un sentido estatal, sino con su auto-reivindicación en un sentido comunitario. Es decir, Rajoy no es ni demócrata ni tirano, es un punto medio que mucho ha perdido esta jornada.

El hem votat es un triunfo donde lo valioso no es el resultado estadístico del conteo electoral, sino el hecho mismo de haber votado y del haber dispuesto las condiciones para hacerlo. Hasta ahora, el Govern ha sabido capitalizar esta movilización popular y la gente no los desprecia, a sabiendas de que van mucho más allá del mismo; pero ahora inicia lo más complicado y, entonces, los políticos deberán demostrar su capacidad. Mientras tanto, falta ver cómo se conserva la organización ciudadana que, sin duda, fue facilitada por las imposiciones del gobierno español; tener un enemigo o un opresor simplifica la unidad social. Ahora, los catalanes tendrán que ver cómo organizan la variedad de razones por las cuales querían votar y encontrar en esa multiplicidad un esqueleto tan sólido como lo fue la defensa del voto. El 1-O, ese esqueleto, deberemos ver cuánta vigencia tiene; a fin de cuentas, el 15M también se desinfló.