En todos lados se cuecen habas

Lucero es muy simpática y vivaz y siempre que tiene oportunidad se mete a bazares de cosas que de ropa. Le gusta comprar prendas de vestir de segunda pero buena, de calidad, dice. Le he preguntado de dónde le viene esa inclinación cuando su familia es de las que compra en almacenes de grandes marcas. Dice que no sabe y que no le importa, pero argumenta que con el dinero que gastaría en una sola prenda compra muchas más.

Descubrió un espacio sobre la calle de un mercado donde parece que escogen lo mejor de ropa de mujer de las pacas que vienen de cualquier lugar, porque ya no se sabe de dónde son. Lo atiende un señor con su hija. Se ve que les va bien porque la hija porta ropa elegante, usa tacones y anda con uñas largas y manos bien cuidadas; él acicalado y bien presentado. Atienden a la clientela con gran familiaridad por lo que se ve que llevan tiempo en el negocio.

Lucero se amarchantó hace apenas unas semanas. Pasaba por ahí y vio un gran número de hombres y mujeres alrededor del puesto callejero. Por curiosidad se detuvo a ver qué vendían: su mero mole, ropa de dama “de calidad”. Ese día empezó a fisgonear qué había. “No era de segunda, comenta con risas– era de primera y un cuarto, así que empecé a elegir algunas blusitas que me gustaron”.


Ese día tenía que comprar un bulto de comida para su perro y terminó comprando solo un kilo, lo demás se lo quemó en ropa de primera y un cuarto, como dice ella. Simpatizó con la hija que es la que pone precio y hace descuentos según la cantidad que compren.

Ayer me pidió la acompañara porque quería cambiar un vestido. Descartó la devolución del dinero y ahí vamos las dos. Llegamos al lugar y se encontraba sólo el papá. Lucero sacó el vestido de la bolsa y le refirió que le quedaba grande, que si se lo podía cambiar. Con exceso de amabilidad le respondió; “Si werita. Tome lo que usted quiera, ya sabe los precios. Y si no le gusta nada, le devuelvo su dinero”. Ella escogió otra prenda y preguntó cuánto era la diferencia y el hombre le dijo. Ella sacó un billete y pagó. Acto seguido él le preguntó si hacía ejercicio. Ella respondió que sí, y él le expresó que a ella todo se le veía bien, a lo que ella contestó: “No todo; el color negro, café, beige y amarillo no me favorecen”. Él reviró: “¡Todo señorita, todo!”, y de inmediato le extendió la mano, se acercó lentamente y le dio un cuidadoso beso en la mejilla a mi amiga y nos despedimos.

Lucero iba feliz con su compra, yo sólo me reí. Ya entendí todo: de primera y un cuarto…




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