¡Todos a la bugambilia!

Viven en casa cinco mascotas adoptadas y esterilizadas: cuatro gatos –tres machos, una hembra–, y una perra. Dos gatos machos están desde hace algunos años; hace un año llegó la perra y el último mes, los dos nuevos gatitos.

Entre ellos ha sido un proceso de conocencia muy interesante: a los dos gatitos nuevos los tuvimos una semana, encerrados en un cuarto amplio con alimento, agua, arenero y camas; mientras, los otros dos gatos y la perra deambulaban por el resto de la casa asimilando el aroma y los maullidos de los nuevos integrantes de la familia. La segunda semana, durante el día, los de casa salían al jardín y los nuevos salían del cuarto a conocer el resto de la casa, oler a los demás integrantes, y volver a su cuarto en la noche cuando los demás entraban a la casa.

Un día, alguien dejó abierta la puerta del cuarto y los dos gatos y la perra entraron al cuarto a conocer a los invasores. Se condujeron con cautela, movimientos mesurados y los nuevos no se movieron de sus aposentos, sólo miraban. No hubo maullidos ni ladridos pero tampoco acercamiento.


Poco a poco se han arrimado unos a otros. El verdadero problema fue cuando todos se hicieron muy amigos, y cómplices: tomaron posesión de la casa y la terraza. Los nuevos se volvieron locos con espacios y actividades que descubrieron: Iban de un lado a otro, se sentaban, acostaban, brincaban, restregaban en donde se pudiera. Los otros los acompañaban y enseñaban lo que hacen de día y noche, a la vez de imitar lo nuevo que veían. Al toque de queda, todos entraban a dormir.

Desde la terraza se ve la bugambilia que hemos cuidado mucho durante años. Sus grandes ramas con hojas y flores frondosas reposan sobre el techo de la casa donde a los gatos les encanta acostarse a ver los pajaritos que vuelan sobre el arbusto, cazan lagartijas e insectos.

Pero un día, cuando todo parecía de cuento, el gatito nuevo descubrió el tronco de la bugambilia por el que se puede bajar a los arbustos de afuera de la casa y a la calle, y… bajó. Desde el primero momento adoró echarse en la tierra. Al día siguiente, al abrir la puerta de la casa, salió corriendo y todos los demás detrás de él, como en estampida, al grito revolucionario de: “¡Todos a la bugambilia!”

¡Hasta yo!




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