Tienes razón papá

Mi papá siempre me lo decía desde que yo era niña: “Nos morimos de lo que nos gusta”. La vida no le hizo honor a su dicho: él murió de falla orgánica generalizada por diabetes y edad.  Le gustaba fumar pero en sus años 70 le descubrieron un “algo” en el pulmón izquierdo que creyó era cáncer por su gusto y gran disfrute de fumar desde muy temprana edad. Lo operaron y sólo fue una pequeña cicatriz sin gravedad alguna que hizo le quitaran medio pulmón antes de saber qué era, por precaución. Así que fumó más de 50 años y dejó el cigarro desde el momento que las radiografías demostraron esa anomalía.

El dicho de mi padre está vivo en mi resonancia de vida. Al revisar la historia de personas de mi círculo íntimo, no he podido constatar que el dicho de mi padre tenga verdad… hasta que miré más profundamente.

Desde pequeña vibro con personas intensas. La primera huella que tengo es la del grito ronco y profundamente desmedido del “Cry Baby” de Janis Joplin. Yo era una niña pequeña que no entendía de música pero sí de intensidades que calaban por dentro sin poder explicármelas a mí misma ni verbalizarlo para explicar a los demás, y siempre he asumido las consecuencias de este don.


En ese entonces no había internet ni la bondad de reproducir sin cansancio y a placer, una, otra y otra y otra vez los videos de las presentaciones de la Janis para penetrar el rictus de su rostro y sintonizarme interiormente con el momento exacto de su vibración, observar detalladamente cada gesto y movimiento de la cantante, cada nota, cada silencio, cada compás de espera, cada cambio de tono y matiz por insignificante o fino que fuera y la intensión de cada palabra o sonido, como lo hay ahora. No es lo mismo escuchar a Janis con los ojos cerrados para yo desprenderme del mundo y dejarme llevar por esa intensidad auditiva que transmite, como lo hacía yo de niña, que mirarla a ella en su totalidad y ver detalladamente el momento exacto de cuándo y cómo es ella la que se desprende del mundo exterior para cantar desde lo más profundo y esencial de su ser interno y dejar su huella.

Puedo enumerar un sinfín de lo que llamo momentos eternos, pero lo que me hizo entender lo que mi padre llamó, lo que más te gusta, fue ver el momento en que, en una presentación al piano y cantar “Unchained melody”, Elvis Presley se desprende del mundo exterior y sin error, dona al mundo su más pura esencia a pesar de su deterioro físico. Ahí entendí que, sin excepción, lo que más te gusta, viene de dentro, de ti hacia ti; no viene de fuera o del mundo exterior, sino por el contrario, se lo regalas por de faul.

¿Qué hay después de esa intensidad, de ese saborear lo que más te gusta, que surge desde la más insondable entraña del tu ser para ti mismo? Quizá el abismo donde el mundo exterior ya no tiene sentido si no se le siente desde ahí donde está el universo entero.

Hago honor a mi padre y le digo desde aquí: “Tienes razón papá, morimos de lo que más nos gusta”. Y añado, sólo hay que encontrarlo.