Tensiones en la IV transformación

Uno de los principales problemas políticos de México en los últimos tiempos  quedó resuelto para este sexenio. Ya no tendremos un gobierno dividido y sin reglas claras para su operación. Los ciudadanos votaron por el gobierno de un partido con mayoría en la presidencia y en el Congreso. Fue como una vuelta hacia atrás, a la forma de gobierno más conocida por estos lares.

El nuevo gobierno podrá enfrentar, con el consenso de los gobernados, al resto de los problemas, entre otros, la impunidad y la corrupción, la violencia y la inseguridad, la pobreza, la desigualdad social y regional, el estancamiento económico. Sus objetivos declarados: el Estado de derecho, social y democrático, la prosperidad de la Nación y el bienestar de los mexicanos. En otras palabras, los objetivos compartidos por la gran mayoría de las fuerzas políticas, incluyendo al mocha manos del norte.

Destaca, por su importante papel en la solución de casi todos esos problemas, el tema del poder judicial. Urge una transformación y dignificación de ese poder. Sin jueces respetables y eficientes se puede caer todo lo demás. Necesitamos no sólo el gobierno de la nueva moral pública sino el gobierno de las leyes por encima del de los hombres. Aquí AMLO también podría poner el ejemplo. Pero su concepción del poder y de las tareas que está llamado a desempeñar, en lo que llama la cuarta transformación, le genera muchas tensiones en su actitud para con las instituciones y las leyes. Sin embargo, la legitimidad de su mandato le permitirá convocar a las facultades de derecho de las universidades, las academias y colegios, y a los jueces más respetados y experimentados, a una transformación profunda del poder judicial. La que se necesita para estar a la altura de la construcción de la paz y el bienestar de la sociedad.


Estas tensiones entre el caudillismo y las instituciones atraviesan todo el proyecto de Morena, porque son las tensiones propias de su origen. El movimiento fue construido en torno a la figura de AMLO, quien aparece como la primera y última instancia en la toma de las decisiones principales. Al mismo tiempo, el Movimiento se hizo para ganar el poder por la vía electoral y para perfeccionar a la democracia desde su perspectiva, incapaz hasta ahora para erradicar el fraude y para garantizar una gobernabilidad ética y sin las perversiones de la impunidad y la corrupción.

La democracia permitió la alternancia por la derecha. Ahora, por la izquierda, se interrumpe hasta cierto punto su desarrollo y se pone en riesgo por la tentación de volver al presidencialismo como la fórmula de gobierno más eficaz para impulsar la cuarta transformación.

Para ganar el poder se hicieron todas las alianzas imaginables y hasta algunas inimaginables. Enemigos y adversarios fueron perdonados o reconocidos por el caudillo e incorporados al proyecto en aras del objetivo principal: derrotar a la mafia del poder y regenerar la vida pública. Todos coinciden en la lucha ascendente y en la obtención del triunfo. Pero ya desde el festejo por el mismo se hicieron presentes conductas inmorales que de inmediato fueron sancionadas por la comisión de honor y que en estos días dejó clara su autoridad. “No se permitirá la formación de grupos al interior de Morena” ni conductas que lesionen la imagen del partido, dijo el Presidente de dicha comisión.

Todo se subordinará a lo que haga o diga el caudillo y eso será el rasero para medir la moral del movimiento o lo políticamente correcto. Hasta reconocidos líderes de la izquierda histórica tienen que dar explicaciones barrocas sobre cómo ajustar su conducta al momento general del movimiento. Y si AMLO nombra a su cuate como Director de PEMEX no tiene la menor importancia, como tampoco la tiene que declare que la sanción del INE a Morena forma  parte del mismo complot de siempre.

La cuarta transformación se vivirá entonces con una gran tensión entre la democracia y el caudillismo. O se hará para consolidar la democracia por medio de una justicia que propicie el gobierno de las leyes, o se subordinará a la voluntad, los tiempos y los ritmos que imponga el caudillo. No faltará quien diga que se trata de una revolución y que eso justifica el retorno de la autoridad por encima de las instituciones pero al servicio del pueblo. Como tampoco faltarán los gestos del líder orientados a fortalecer las instituciones, como cuando convoque a la transformación del poder judicial, o a los foros para construir la paz, o a las universidades para que colaboren en el desarrollo, etc.

Para algunos esa tensión ya se resolvió hacia el lado de la restauración del presidencialismo autoritario. Varias de las medidas anunciadas, como el nombramiento de los coordinadores federales en los estados en lugar de las representaciones de las secretarias, así lo estarían  demostrando.

Por mi parte pienso que esa será le tendencia predominante, sobre todo en los tres primero años de gobierno. Sin embargo, las propias dificultades del proyecto y el ajuste hacia la baja de las enormes expectativas hoy abiertas, presionarán para un mayor juego democrático que, entre otras cosas, distribuya responsabilidades y fracasos. Por lo demás Morena no es un movimiento que tenga una columna de acción que sostenga al conjunto de la estructura. Aunque pudiera construirla, por ejemplo con los maestros, depende casi totalmente de la figura de su fundador. Por eso he dicho que, en el caso de que aumenten las dificultades, AMLO se parecerá más al aprendiz de brujo que al domesticador de tigres.

Otro factor que influye para que no predomine la tendencia a la restauración plena son las relaciones internacionales, a las que ahora se invocan para el lanzamiento del proyecto, pero que con el tiempo exigirán el cumplimiento de ciertos parámetros democráticos en el ejercicio del gobierno y en la relación con los gobernados.

La República Austera puede lograrse con las fuerzas de Morena y sus aliados. El desarrollo que disminuya las desigualdades sociales y regionales, así como la inseguridad y la violencia por medio de un Estado social y democrático de derecho que garantice la construcción de la paz, sólo serán posibles en el mediano y en el largo plazo y con el concurso de un mayor número de fuerzas que las representadas en el próximo gobierno. Si la cuarta transformación se limita a la República Austera no merece ni su nombre en la historia. Con esos objetivos se estaría obteniendo un gobierno decente. Que ya es mucho. Pero serían los objetivos negativos, es decir, los que no se quieren tener ya más  en la vida pública.

Faltarían los positivos. Los de mediano y largo plazo, que realmente fundarían la nueva República, la de la democracia consolidada y la justicia reconocida, medios ambos para la conquista de la paz y el desarrollo humano, social y sustentable.