¿Tendrán claro lo que ordenan?

A veces, los maestros, directores y padres de familia ordenan quehaceres de manera poco eficaz que afecta el desarrollo de los niños en las escuelas.

Reflexiones de un maestro

¿Tendrán claro lo que ordenan? ¿Sabrá Nuño a qué se refiere cuando pretende –atrás de un escritorio– promover la inclusión de niños, niñas y adolescentes, con necesidades especiales a los grupos regulares, sin el acompañamiento y el auxilio del personal especializado en los grupo que le requieran, sin las instalaciones adecuadas y sin la capacitación pertinente que debiesen recibir maestras y maestros en servicio, mediante la que les enseñaran cómo enfrentar estos retos? Ojalá que todos los estudiantes tuvieran acceso a la infraestructura escolar y al material educativo “adecuado para atender sus necesidades particulares”. Cierto que maestras y maestros, deben tratar a todas y todos los niños por igual y realizar el máximo esfuerzo para que aprendan y se eduquen –en la medida de lo posible–. Empero, les cargan la mano y les declaran culpables de todos los males habidos y por haber. La sociedad debiese considerar que las niñas y los niños pasan tan solo entre tres y seis horas diarias en los salones de clase (dependiendo del nivel) de los 185 días que comprende el calendario escolar (555–1110 de un total 8 760 horas) y que su influencia es limitada y más, si se considera que muchas de las madres y de los padres de familia, no ayudan o porque no saben, no pueden o no quieren. Y qué decir de lo que aprenden de sus cuates, en la televisión, en la calle, en internet y en las redes sociales.

En honor a la verdad, creo que de manera consciente nunca –o por lo menos he tratado– discriminé a nadie por motivos de raza, religión, género, origen étnico o nacional, edad, discapacidades, condición social, condiciones de salud, opiniones, preferencias sexuales, estado civil “o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas” como se establece en el artículo 1º de la Constitución y que respeto y promuevo los derechos humanos, y, en particular, los de las niñas y niños con los que trabajo, aunque en ocasiones a maestras y maestros les cueste trabajo, fundamentalmente tratándose de las y los compañeros de escuela, incluido el director, las y los supervisores y jefes de sector que nos han tocado, quienes –en muchos casos– se comportan, más que como compañeras y compañeros como la divina garza y de la actitud, en la mayoría de las ocasiones injusta, que adoptan madres, padres de familia. Se pasan.

De la misma manera, me complace destacar y presumo que exalumnos míos a quienes mucho pondero, han destacado a pesar de sus limitaciones personales. Como Álvaro, invidente que se inscribiera en la carrera de mecánico automotriz que se impartía en un plantel del Conalep y casi terminara su carrera técnica o Lalo, quien se desempeña como asesor en materia de inclusión y equidad de un grupo parlamentario de la Cámara de Diputados y, adicionalmente, es campeón nacional e internacional del deporte que practica y quien superó la parálisis cerebral con la que naciera. Alumnos y alumnas invidentes y con muletas, asisten a la escuela y forman parte del equipo de futbol. Quisiera atribuirme los triunfos, empero, los éxitos que comparto, se deben fundamentalmente al apoyo y a los desvelos que madres y padres de familia dedican a sus hijos, sacrificando incluso el logro de su propio desarrollo.


Creo como maestro que todo parte del respeto. Pero este es un valor que se adquiere en casa. Las niñas y los niños aprenden –en primera instancia– por imitación de su madre y de su padre, de sus hermanas y hermanos, de su entorno, de sus amistades, de los medios masivos de comunicación, de la calle y del comportamiento de las autoridades. Estos últimos, que sin más desparpajo, vilipendian a sus oponentes políticos en foros internacionales –como el de la Unesco realizado recientemente en la Ciudad de París– por sustentar opiniones contrarias a las que manifiestan quienes gobiernan el país, escudados en la modernidad. ¡Cómo niegan lo que pregonan! Respeto es considerar opiniones diversas a las que divulgamos y darles su valor; verse en los zapatos del otro y considerar que podrían existir opiniones divergentes a las nuestras y tomar decisiones respetando al otro, sin imponerlas por la vía de los hechos y de los pactos por México, así sean –que no lo son– justas y convenientes. En eso consiste la democracia. El Programa Nacional de Convivencia Escolar (PNCE) reza en alguno de sus apartados que quienes estamos frente a grupo, maestras y/o maestros, debemos como “propósito del tema. Favorecer que el alumno reconozca la importancia de respetar las diferencias en los demás para mejorar la convivencia”, cuestión que se incumple cuando Nuño, descalifica a uno de sus oponentes en su carrera imaginaria por la presidencia de la República, quien se le adelanta en las preferencias electorales, señalándolo de populista.

Confieso que no sé qué me causa mayor conflicto. Si lidiar con los abusos del director o directora y de sus jefas y jefes que también son míos, o con el lenguaje mordaz, ofensivo y poco solidario que utilizan muchos de nuestras y nuestros compañeros o, con sus actitudes poco amistosas que rayan en los enfrentamientos verbales. O, con los reclamos de madres y padres de familia cuando con o sin razón, reprochan llamados de atención que recibe alguno de sus vástagos por ejercer violencia y acoso escolar en contra de sus compañeras o compañeros en el patio o salón de clase. Confieso, que me agravian responsabilidades que no puedo cumplir por carecer de la infraestructura escolar adecuada, así sean sólo rampas, letreros en braille, contactos de luz a la altura adecuada para quienes asisten a la escuela en silla de ruedas y deben encender una computadora, guías para el traslado de invidentes o débiles visuales, acompañamiento especializado y que, en muchas ocasiones, debo declararme incapaz para integrar adecuadamente a todas mis alumnas y todos mis alumnos con sus compañeras y compañeros, cuando las autoridades educativas de todo rango y nivel, solamente están interesadas en el llenado de formatos y de informes internacionales bajo los que pretenden mostrar que algo hacen, aunque los resultados reales, sean nulos y quienes lo requieren, sigan marginadas y marginados en la práctica.