Tamakepalis y la reconstrucción

Paulina Garrido, Carlos Hank y María Luisa Albores, en Cuautomatitla ■ Foto Aurelio Fernández

Han pasado 10 meses de la emergencia identificada con el sismo con epicentro en los límites de Morelos y Puebla. Deliberadamente no pongo que el desastre lo produjo el temblor, porque ese no es más que el detonante que impacta sobre estructuras físicas y sociales muy vulnerables. Desde el momento en que se vieron las edificaciones por el suelo, la gente sin hogar, sin agua potable y sin equipamiento urbano, muchas fuerzas de la sociedad se pusieron en movimiento para enfrentar la emergencia, y las más pertinaces, para contribuir a la recuperación de las comunidades y las familias afectadas. Las fuerzas más importantes, obviamente, son las de los núcleos afectados; no tienen de otra. Pero agentes externos también actuaron y siguen actuando. La iniciativa Tamakepalis, entre estos.

Dicho de manera cruda, esta iniciativa, en su origen, fue el resultado de una añeja alianza entre la Unión de Cooperativas Tosepan Titataniske y el Centro Universitario para la Prevención de Desastres Regionales, Cupreder, de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP). Pero ese fue el origen, porque de inmediato se sumaron a ella muchos otros núcleos sociales que luego de casi un año se han sostenido en el trabajo. Se ha hecho de esta experiencia algo parecido al movimiento de la fuerza centrípeta, la contraria a la centrífuga. Ha sido posible incorporar en un muy dinámico vórtice esfuerzos de la mayor importancia. De la propia UAP, de inmediato se sumaron las brigadas del Centro Universitario de Participación Social, CUPS, derribando casas afectadas en extremo, removiendo escombros, levantando el censo de damnificados, distribuyendo la ayuda. Muchas otras instancias universitarias se sumaron también, pero es la Facultad de Ingeniería la que ha permanecido en el proyecto sin parar.

Cuando en el grupo de whatsapp que existe entre Cupreder y Tosepan se propusieron nombres para llevar a cabo una colecta en dinero, mismo que se reunió en la cuenta de la Fundación Tosepan, una integrante de la cooperativa propuso que fuera en la lengua de Cuetzalan, ese náuhatl sin el fonema “tl”, náuat, masehual tajtol, y el nombre acordado fue “Tamakepalis”, que se ha traducido como “Ayuda entre hermanos”, aunque puede significar otros como “ayuda mutua” y “mano vuelta”. María Luisa Albores lo propuso, la que será la próxima titular de la Secretaría de Desarrollo Social. Punto a su favor.


La principal comunidad elegida por el proyecto es Santa Cruz Cuautomatitla, municipio de Tochimilco, Puebla. Se le escogió por la organización que tiene, los cuantiosos daños sufridos, las organizaciones sociales con que cuenta y su disposición a coordinarse con el proyecto. El papel inicial del Cupreder y el CUPS en este aspecto fue contribuir a reforzar la organización natural de la localidad, fortalecer a sus organizaciones y dotar de procedimientos adecuados para tomar las decisiones de a quién asignar los recursos procedentes del exterior. La coordinación realizada entre estas dependencias universitarias y las representaciones comunitarias permitió levantar un censo bastante preciso de los daños en casas y edificios públicos, cuyos datos fueron muy disímbolos a los que la Sedatu había arrojado, por cierto.

Se percibió en el primer momento que la gente se había quedado sin techo. Una acción crucial e inmediata de Tamakepalis fue construir casas de bambú, con material y mano de obra cuetzalteca: donaciones de la planta hechas por los socios de la cooperativa y aportación de mano de obra especializada en armar estas casas. Las herramientas necesarias se compraron con los recursos que entraron a la cuenta de esta iniciativa. La gente, que en un principio dudaba que esta ayuda se realizara –la presencia de grupos ofreciendo auxilio de todo tipo por esos días fue enorme; el cumplimiento del mismo, fue casi nulo– quiso apuntarse de inmediato en la lista de beneficiarios. Al final fueron edificadas en total 19 casas provisionales de este tipo. Lo de “provisionales” está por verse, porque la gente las ha ocupado como si fueran definitivas.

Muy pronto se determinó que había que pasar a dirigir los esfuerzos económicos y humanos para construir las casas definitivas. Las acciones gubernamentales sonaron sensatas en un principio porque parecía que no iba a imponer modelos de vivienda y lugares de edificación, como hasta ese momento habían hecho. Pero al final descargaron las obras en empresas privadas que sí impusieron modelos constructivos, controlaban y condicionaban la entrega de recursos a su participación, y no aseguraban la resistencia frente a sismos y otros peligros, como el volcánico, que en estos lugares es de la mayor significación: Cuautomatitla está a 15 kilómetros del cráter del Popocatépetl. La iniciativa Tamakepalis ofreció a la gente su asistencia técnica, cuando ya se contaba con un hecho crucial: la aportación de Banorte por 10 millones de pesos para edificación y arreglo de viviendas dañadas por el sismo. Una asamblea general de la comunidad aceptó la fórmula.

La Tosepan encontró, casi al comienzo de estas tareas, que Banorte ofrecía recursos para contribuir a la reparación de los inmuebles afectados. Concursó para obtenerlos y la empresa financiera hizo una evaluación del proyecto Tamakepalis, reuniéndose con los promotores y visitando la localidad en la que se trabaja. Aprobó la entrega de recursos al equipo y así se pudo estimular rápidamente la hechura de las obras. Este banco se volcó en ayuda a esta y otras comunidades del país y su director general, Carlos Hank González, fue a Cuatomatitla el miércoles 18 de julio a inaugurar la que para ellos es la casa construida número 100 en el país, pero para Tamakepalis es la segunda, porque la casa–escuela se acabó primero. La institución se comprometió a acompañar el proyecto durante tres años, y a contribuir con más recursos al buen desarrollo de la comunidad. Es posible que el edificio sede del gobierno local, también muy dañado aquel 19 de septiembre de 2017, reciba recursos de la Fundación Banorte.

Resultó muy importante la participación del querido músico Guillermo Briseño, tanto porque re–compuso con su grupo la canción llamada Un aplauso al corazón, para reunir fondos, como porque invitó a participar al arquitecto de la Facultad de Arquitectura de la UNAM Carlos González Lobo, quien impartió cursos en la comunidad de Santa Cruz Cuautomatitla para edificar una casa a la que define como “sismoresistente y crecedera”, modelo que ha sido probado por él en varias partes del mundo, con mucho éxito, por cierto. A esta edificación se le bautizó la “casa escuela”, porque fue la referencia para que se aprendiera de ella, durante su elaboración, las técnicas necesarias que permiten hacer viviendas resistentes a los sismos, adecuadas para las necesidades de cada familia, económicas en su diseño y con posibilidades de expandirse conforme la familia vaya necesitándolo. La mayor parte del dinero que se gastó en esta casa procedió de las captaciones hechas por la iniciativa Tamakepalis, y en su construcción intervinieron albañiles locales y de Cuetzalan, y sobre todo la mano de obras de la familia de don Francisco, propietario de este inmueble que parece indestructible: losa de cimentación reforzada, castillos en forma de libro integrados a los muros, capiteles reforzados en diagonal entre la estructura horizontal y la vertical, y un conjunto de recursos estructurales que la hacen muy resistente; su techo es de bóveda, lo que lo hace más económico, y la incorporación en la mezcla de piedra pómez –tan abundante en la zona por ser un producto volcánico, la hace más ligera y térmica.

Los brigadistas del CUPS han llegado en número de 19 a vivir durante sus vacaciones en la comunidad, trabajando actividades académicas y científicas con los niños, y en la enseñanza de ecotecnias y producción de alimentos con todos. El martes 17, el rector de la UAP, Alfonso Esparza Ortiz, visitó la comunidad apreciando lo que estos jóvenes preparatorianos realizan, así como las acciones de Cupreder e Ingeniería en las casas reconstruidas y restauradas. Esparza siempre acude a estas experiencias y, en su decir, son acciones extraordinarias en la formación de los estudiantes y se logra aportar la fuerza universitaria para contribuir al desarrollo comunitario. Él mismo se comprometió a que la universidad más importante de la entidad poblana y una de las más importantes del país continúe actuando en esta comunidad y las otras que se encuentran en el entorno de los volcanes.

Debería poner nombres de los que han hecho posible esta conjunción armónica de esfuerzos, pero son muchos, demasiados para el espacio disponible, y siempre se corre el riesgo de omitir a alguien. Lo dejo así, en la imagen de una ola de solidaridad mayoritariamente anónima pero extraordinaria. No están en esta tarea los que llevaron una despensa de Walmart para sacarse la selfi, los que prometieron y no regresaron, los que creyeron que el asunto se resolvía a la semana del temblor. Están los que sabían que un desastre es un proceso que dura mucho tiempo, demasiado en general, y que si se quiere ayudar haciendo comunidad hay que estar presente ahí, para enseñar aprendiendo, para actuar con la comunidad, para intercambiar. La limosna y la caridad se gastan a la semana y el verdadero beneficiario es el que descarga su culpa dando alguna cosita; el clientelismo busca ayudar a cambio de un voto, de la asistencia a un mitin, como hizo por acá Antorcha Campesina, entregando materiales para construcción procedentes de los recursos del erario federal. La solidaridad auténtica es la que se despliega hasta el final de un trabajo que no termina.