¿Y si sólo la llamáramos librería o biblioteca?

Si lo que uno quiere es educarse y formarse,
es de fuerzas humanas de lo que se trata, y en que,
sólo si lo conseguimos, sobreviviremos indemnes
a la tecnología y al ser de la máquina.

Hans-Georg Gadamer

 


En los últimos meses me he topado con demasiada, demasiada gente que no sabe la diferencia entre biblioteca y librería. Es conflictivo que nos quejemos sobre la poca cultura en el país; sin embargo, no conocemos las diferencias fundamentales acerca de uno de los recintos que nos ayudarían a sopesar estas deficiencias. Normalmente la gente piensa que no hay una diferencia entre los dos términos. También se piensa que si hay un café o una sala es símbolo de que se puede leer los libros sin adquirirlos. Al día de hoy se tendría que exigir una diferencia necesaria para estos términos, no hablando como un bibliófilo, sino como cualquier persona que busque estar informado.

Durante el renacimiento, y poco después, la biblioteca se diferenció de la librería gracias al uso de la palabra que le dio Montaigne. Por biblioteca se refería al acervo de libros para el uso de unos cuantos. Es decir, cuando un monje necesitaba consultar un material, este se acercaría a la biblioteca de la abadía. Aún antes, durante el medievo, existían dos términos: bibliotheca y bibliotheca privada. El primero se refería a la colección pública y el segundo a la privada. Mientras que para las colecciones que se hicieron durante estos siglos (tomando en cuenta la privación de los libros y su transformación del siglo IV al XII), se utilizaba el término bibliotheca u organon para referirse a lo que al día de hoy sería una colección o curación de una obra en específico.

¿Hasta qué punto es válida la confusión entre librería y biblioteca? Antes y durante del siglo XVI, en las pocas bibliotecas que se empezaban hacer públicas en Francia e Italia, se utilizaba el término librería para los recintos de burgueses e intelectuales que prestaban sus acervos para que los demás pudiesen leer. Sin embargo, para el siglo antes mencionado, los vocablos ya parecen difuminarse. Cien años antes de la creación del Diccionario de la Academia –en ese entonces –se colocaba biblioteca como privada y librería como pública. Al igual que librería tenía una ambigüedad en su sentido, podía hablar tanto de la colección para el público como del punto de venta. Es posible que, con el paso del tiempo, esta diferencia no se haya eliminado del todo. Otra posibilidad es que por su uso lexical se haya confundido. No obstante, esto ya no es así. Al día de hoy se distingue entre librería como la tienda donde se venden libros y biblioteca como el lugar para el acervo de material informativo o bibliográfico para su consulta. Sea que se deba por el léxico o porque la industria nos lleva a fijar términos para el consumo, la no distinción de la palabra nos lleva a un error atroz.

Aun cuando muchas librerías se ofrecen como un lugar para la convivencia, sea porque tienen espacios para consumir bebidas, salas, áreas para niños o presentaciones literarias; esto no exime a que se tengan que confundir los recintos. De la misma forma, las bibliotecas no tendrían por qué albergar espacios para videojuegos, eventos culturales o bullicio, ya que se pretende que sean un lugar para la concentración y la lectura o actividad intelectual personal. Existen otros espacios para la convivencia y la discusión de diversos temas. Por esto último es que las universidades celebran seminarios, congresos y coloquios.

No obstante, debemos tener la apertura hacia nuevas formas de biblioteca, al igual que nuevas formas de generar negocios rentables que puedan vender libros. La librería y la biblioteca no es sólo un espacio de consumo o consulta de material bibliográfico, es un espacio de convergencia entre lectores, escritores, libreros, editores, etcétera, mismos que son la fuente de donde emana una de las materias primas del conocimiento y la literatura: los libros.

 

Gregorio Cruz: @