Sobre la depredación del mar y mi vocación empresarial

Recuerdo bien la primera vez que, a causa de la filmación de un documental, me introduje a un estero atestado de cocodrilos en la ciudad de Puerto Vallarta, mismos que están ahí, amontonados, no porque haya muchos, sino porque ya no tienen más a dónde ir. Antes de aquella experiencia, mi admiración por la naturaleza obedecía al interés egoísta y superficial de disfrutar la belleza que ésta nos ofrece con su variedad de reinos, como si a la madre de todos nosotros le importara mucho ser admirada por sus verdugos. En fin, ahí dentro tuve la vivencia más reveladora: la de mi rol en la geografía terrestre. Lo que a tantos les ha costado la demencia, o el cansancio de cerebro por andar filosofando de más, yo lo descubrí dando un paseo por aquel lugar tan raro.

La caminata nos llevó, al equipo de filmación y a mí, por un sendero de ramificaciones resecas y espinosas, que hacían un ruido estrepitoso al romperse después de raspar con la piel de nuestros brazos. Con el suelo lo mismo, pues estaba repleto de vegetación muerta, que delataba, a cada paso, nuestra posición dentro del entorno. ¿Y delatar ante quién? Pues ante los pájaros, las termitas, los insectos rastreros, los voladores y los cocodrilos, éstos últimos los más temidos por todos, menos por mí, que me espanto más de los mosquitos: esos te matan muy pasivos y sin notoriedad alguna, devorado por un cocodrilo mínimo podría aparecer en primeras planas.

Cuanto más cerca de los cocodrilos estábamos, más presentes los miasmas que del agua emanaban, apestando el lugar con una mezcla de putrefacción, excreciones de animales y desechos humanos de todo tipo: olor como a refresco de limón con drenaje. Nunca me sentí más despreciado en mi calidad de persona por un entorno, que aunque bastante dañado por los de mi especie, conserva el gesto inequívoco de la naturaleza virginal: la hostilidad.


Tan cerca de los reptiles, con sus dientes enormes y rostros inexpresivos, me sentía muy seguro por ir acompañado, mientras elucubraba para mis adentros cómo es que se vería ese lugar amaneciendo. Imaginé los vapores flotando sobre el agua apestosa a la luz del alba y el silencio inquietante, corrompido únicamente por el chapoteo de los saurios, entrando y saliendo del agua a su antojo. ¡Peor aún de noche! Pues, sin lamparitas o antorchas, uno, a diferencia de los moradores del estero, no vería nada, y sólo podría, si acaso, aguzar el oído para intentar sobrevivir a las fauces de los lagartos. Un lugar temible.

Pues con todo y su fealdad, en este sitio tan desfavorable para ser persona uno sigue encontrando botellas de Coca-Cola, bolsas de plástico y demás porquerías manufacturadas por descendientes de Adán y Eva. ¡Que ningún ecosistema se salve de nuestra intromisión, como ninguna ciudad mexicana se salva de su calle 5 de Mayo!

Al principio de este texto, mencioné haber dado con el propósito de mi existencia: la vocación empresarial. A varios meses de aquel viaje entrometido, reflexiono y hasta maquino ideas millonarias, o uno de esos emprendimientos que a todos encantan hoy por hoy, que no hacen más que fomentar la depredación grosera a la que hemos sometido a nuestro feo entorno.

Así como existen las casas de playa, casas del lago y casas de campo, yo propongo, y doy licencia al emprendedor que la quiera explotar, la idea de las casas de estero. No es nada original, pues se trata de continuar el mismo concepto de las viviendas anteriores, el chiste de éstas es el cambio  drástico de locación. Imagínese vivir en un estero: sin vecinos ruidosos (los cocodrilos hacen unos sonidos guturales pero no ponen música ni hacen fiestas), sin vecinos silenciosos (¡quién va a querer ser su vecino en un lugar tan feo!), sin delincuencia (no se puede prometer del todo, pero no cualquiera se mete a una casa con cocodrilo guardián). ¡Tender la ropa en el mangle y pescar ostiones! Nada más con cuidado, que si se topa con el guardia de la casa, en una de esas le arranca un brazo.

Pues resulta que ni para pensador de ideas millonarias funciono, porque un grupo de rapaces, que se oculta detrás de una palabra ideada para definir a un gremio, hizo fortuna con mi ocurrencia y hace varios años ya: los hoteleros. Estos genios de los negocios han de haber concebido una idea similar a la mía, con leves diferencias nada más. Imagino que, plasmadas en palabras, sus propuestas se leerían muy similares a esta de aquí abajo:

¡Qué mejor que disfrutar de unas vacaciones rodeado por la naturaleza! ¡Pero no naturaleza en pleno, que esa no le gusta a nadie! Relájese usted en el pedazo de playa, que compramos pasándonos la constitución mexicana por los órganos reproductivos, y encontrará limpio de plásticos, bolsas de papitas, y con suerte, hasta de molestas tortugas que salgan a desovar. ¿Que no quiere vecinos? Díganos de cuáles, aunque no encontrará de ningún tipo: a los ejidatarios ya los mandamos muy lejos, no sin haberles pagado, ¡que no somos criminales!, y del reino animal restante nomás dejamos a los que no se lo pueden comer, así que no tenga miedo. Del mar no nos hacemos responsables, pues si bien lo estamos envenenando de a poco, puede que quede por ahí uno que otro tiburón o que usted sea muy idiota y se nos ahogue. Si nada más quiere verlo, entonces acuéstese en una silla replegable de plástico, con sombrillita para que no le de cáncer (que al cabrón sol no le hemos llegado al precio) y disfrute de la belleza marítima, acompañado de un coctelito servido en copa de vidrio. ¡¿Qué más naturaleza quiere?! Ahora que si usted gusta de nadar, pero es más dulce que salado, puede hacerlo en una de nuestras pozas color azul azulejo, que no tiene agua maloliente ni cocodrilos devoradores de hombres… aunque depredadores de otras índoles puede que sí haya. ¡Mucho ojo!

El creador de esa frase genial que sentencia que <<detrás de todo gran hombre hay una gran mujer>> debería idear una parecida con respecto a lo aquí escrito y vendérsela a los hoteleros, que compran todo. Algo así como <<¡detrás de toda playa paradisiaca, había un gran humedal muy feo, que ya mandamos al otro mundo para su comodidad!>>. Es más, si les sirve la mía se las regalo, que no soy ejidatario para andar cobrando por nada.

¿Qué habrán pensando los primeros expedicionarios o nómadas pobladores del mundo cuando vieron por primera vez las costas de Jalisco, Quintana Roo o Guerrero? ¡Claro está! Seguro reflexionaron sobre los campos de golf de los que podrían disponer, y acerca de dónde y cómo construir unos cuantos hotelitos. Para eso está la creación, para que dispongamos de ella.

Embadurnarnos de filtro solar cremoso nos previene de desarrollar un cáncer terrible, por eso es que yo no me pongo: nuestra salvación de la bomba atómica cenital es condena para los arrecifes y sus habitantes. ¡Vaya aguafiestas! ¡Ahora resulta que uno no puede disfrutar del mar, porque hasta el bloqueador es veneno! De que se puede, se puede, el detalle está en detenernos a pensar cuánto disfrutará el mar de nosotros. Las pobres medusas, con su inmortalidad, ya se han de haber acostumbrado a ver mamíferos grandes nadando con playeras de futbol desde hace mucho tiempo, o a existir en agua mitad mar, mitad michelada y Bacardí. ¿Les gustará?

¡A disfrutar ahora, que el cuento se nos va a acabar y bien rápido! No se detenga a pensar en nada a la hora de vacacionar, que no es su culpa el desastre. Si Dios estuviera lúcido de su creación principal, la habría hecho alérgica al agua salada.

Por cierto que toda esta verborrea se me ocurrió cuando leí la noticia de que el grupo hotelero Vidanta está solicitando gente para el mejor trabajo del mundo: ser embajador de la marca en sus distintas propiedades, regadas en buena parte del Pacífico mexicano, percibiendo un sueldo de ciento veinte mil dólares anuales. ¡Por si alguien gusta mandar su CV!